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Mi familia Bestia

Mi familia Bestia

El rugido del oso pardo volvió a aterrorizar las montañas de Asturias, marcando el día de mi renacimiento. En mi vida anterior, ese sonido me llevó a una falsa esperanza y a la traición de quienes decían protegerme. Esta vez, con la memoria intacta, me negué a repetir los errores. Mi abuelo estaba en peligro, y solo yo podía salvarlo de la fiera que asediaba su casa. Diseñé un plan audaz y, a solas, me enfrenté al animal, que en realidad escondía un secreto atroz de mi hermanastra, Lucía. Logré rescatar a mi abuelo, pero la gratitud familiar fue reemplazada por una rabia incomprensible. Mi padre, Javier, apareció no para felicitarme, sino para condenarme. Ante los ojos atónitos de todo el pueblo, me abofeteó, me arrastró por el suelo y me desheredó públicamente, acusándome de causar todo el caos. Su madrastra, Isabel, y mi hermanastra, la verdadera culpable, Lucía, festejaban mi humillación con sonrisas ladeadas. ¿Cómo podía un padre, cegado por la devoción a su hijastra, rechazar a su propia sangre después de tanta valentía? La sensación de injusticia me perforaba el alma, dejándome sola y rota frente a la indiferencia de mi "familia". El silencio del pueblo era un eco de mi desesperación. Pero justo cuando la desesperación me paralizaba, las luces azules y rojas de la SEPRONA irrumpieron en la plaza. Lo que siguió no solo desenmascaró el robo del osezno por parte de Lucía, sino también la impactante verdad sobre una beca universitaria completa, mi billete a la libertad, que habían escondido. Con mis opresores bajo custodia y la verdad al descubierto, Sofía se enfrenta a un nuevo comienzo. ¿Podrá una joven renacida sanar sus heridas y construir un futuro lejos de las sombras de su pasado familiar?
Pasteles y Traición

Pasteles y Traición

Durante años, mi marido Javier lo controló todo: cada euro que ganaba como diseñadora gráfica, cada gasto. Me convenció de que su ahorro extremo era por nuestro futuro, por el sueño de un piso en el barrio de Salamanca, y yo creí que su férreo control era amor. Un día, celebré un gran éxito laboral con mis compañeros, invitándoles a pasteles que costaron 65 euros. Sin avisar, Javier canceló el pago públicamente, humillándome por "malgastar" nuestro dinero ganado con tanto esfuerzo. Ese mismo día, mi mundo se derrumbó: descubrí que le había comprado un bolso Loewe de 2.000 euros a Valentina, su joven y embarazada amante. Su "disciplina" era una farsa, y el "amor" que me profesaba, una cruel jaula. La dueña de la pastelería irrumpió en mi oficina, gritándome "estafadora" y arrojando tarta y café sobre mí, mientras mi tarjeta suplementaria era bloqueada. Me sentí despojada de toda dignidad, y cuando intenté divorciarme, Javier me agredió y me encerró en nuestra propia casa, aislándome del mundo. Prisionera, incomunicada, consumida por el terror: ¿cómo pude amar a un hombre capaz de tanta crueldad? Sola en la oscuridad, me ahogaba en la ira y el pánico, sin saber cuándo y cómo acabaría esta pesadilla. Pero, al límite de la desesperación, encontré un viejo móvil escondido, una diminuta chispa de esperanza para pedir ayuda. Justo cuando estaba a punto de enviarlo, Valentina, la amante de Javier, entró usando su propia llave, desencadenando una escena de furia desatada que nadie esperaba.
El chef humillado: Venganza en platillos

El chef humillado: Venganza en platillos

El aroma a ajo y romero fresco lo era todo para Sergio; su restaurante, "Sabor de Origen", era su santuario, su vida entera. Pero un día, mientras revisaba el menú, una notificación en su celular lo golpeó como un rayo: Mónica, su esposa, radiante y sonriente con su asistente, Diego, en una foto que hablaba por sí sola. La humillación pública se extendió por el restaurante como pólvora; sus empleados cuchicheaban, las miradas furtivas lo delataban como el cornudo oficial. Intentó negar lo innegable, escuchándola inventar excusas baratas que se desmoronaron al escuchar la voz de Diego, cariñosamente llamándola "Moni" a sus espaldas. El puñal se hundió más profundo cuando, tras bloquearla de su vida digital, Diego subió una foto de sus manos entrelazadas, con el anillo de bodas de Mónica brillando, y el texto: "Nuevos comienzos". La herida se infectó; la "disculpa" hipócrita de Diego, validada por la cuenta del propio restaurante, lo convirtió en el paranoico, el celoso, el desquiciado. Se sintió un extraño en su propia casa, un cocinero talentoso pero un tonto en los negocios, despojado de su dignidad por la familia de Mónica, quien lo veía como un "sirviente glorificado que olía a grasa". Cuando Mónica, en pánico, le exigió regresar a salvar la gala que Diego había arruinado, él, sintiendo la brisa marina de Oaxaca, respondió: "No. Ya no trabajo para ti". Lejos de implorar ayuda, ella siseó: "¡Te juro que voy a destruirte! ¡Haré que no vuelvas a conseguir trabajo en una cocina en tu vida!", mientras Diego la consolaba. Sergio colgó el teléfono, apagó el dispositivo y se sumergió en el mar, emergiendo libre, dispuesto a quemar los puentes con su pasado. Su carta de renuncia, enviada con fría formalidad, fue aceptada con una rapidez que confirmó su insignificancia para ella; ya no era un socio, sino un ingrediente caducado. Cuando ella arrebató la caja con el recetario de su abuela y lo arrojó a la basura, algo en él se rompió, pero no en el sentido que ella esperaba. Con una calma aterradora, recuperó el recetario, y antes de irse de su "hogar", destrozó a patadas el coche de lujo de Mónica, pintando la palabra "Zorra" en la puerta. El divorcio fue expedito, sellando el fin de una década; al ir por sus últimas pertenencias, escuchó a la familia de Mónica, sin saber que él estaba allí, denigrándolo y alabando a Diego. Mónica y su familia lo trataron con desprecio, acusándolo de celoso y patético. Sergio solo se rió, y sacando el acta de divorcio, les reveló: "Según este documento, ustedes y yo ya no estamos casados. El divorcio es definitivo desde hace tres días. Así que, en realidad, soy yo el que les está pidiendo que desaparezcan de mi vida". Mónica, pálida, intentó excusarse y suplicarle que regresara, revelando que había firmado los papeles de divorcio años atrás, listos para ser presentados. Sergio, con total control, se negó: "Tú no me necesitas a mí. Necesitas mi talento, mi nombre, mi capacidad para arreglar tus desastres. Pero a mí, a Sergio, ya no lo necesitas. Y yo, definitivamente, ya no te necesito a ti". Meses después, Sabor de Origen cerró, la empresa de Mónica quebró, y Diego huyó del país, dejándola sin nada; mientras, Sergio, en su nueva y exitosa cocina llamada "Raíces", sonreía.
Renacida: Mi Revancha Ahora

Renacida: Mi Revancha Ahora

Desperté con el sudor frío y el pitido monótono de una máquina, consciente de que lo último que vi fue la sonrisa triunfante de Daniela mientras mi coche caía al barranco. Estaba segura de haber muerto, pero aquí estaba, viva, en un hospital, con recuerdos que me asaltaban brutalmente. Reviví la universidad, donde mi tesis impecable fue tildada de plagio y mediocre, mientras Daniela, la holgazana, cosechaba elogios por su "genio innato", susurrándome falsas consolaciones, sus ojos brillando con una avidez que antes no entendía. Luego el trabajo, mi innovador proyecto robado y presentado por ella, mientras yo era despedida por "falta de iniciativa". Y luego Ricardo, mi Ricardo, el hombre que me amó y al que gradualmente me arrebató, hasta encontrarlos besándose en nuestro café especial. Me destrozó. Me hizo dudar de mí misma, me hizo sentir insignificante, mientras ella florecía sobre las ruinas de mi vida. La vi acercarse a mi coche destrozado después del accidente, sin lágrimas, solo con una fría satisfacción. "Sistema, el intercambio fue un éxito", susurró con una voz llena de codicia oscura. "Te entregué su desesperación final y su vida. Ahora, dame todo lo que ella pudo haber tenido. Su futuro, su éxito, su felicidad. Todo". Una luz enfermiza la envolvió, y entonces lo entendí. No era mala suerte. Era ella. Siempre fue ella, con un poder parasitario que me robaba mis logros, mi amor, mi vida entera. La ira, un odio puro y ardiente, me consumió. El deseo de justicia y venganza fue tan intenso que sentí cómo el universo se doblaba a mi voluntad. Y entonces, desperté. Diez años atrás. A dos semanas del examen final, el mismo que Daniela me robó para entrar a la mejor universidad. Una segunda oportunidad. Esta vez, el juego ha comenzado de nuevo, pero yo tengo el control.
El Precio del Silencio: Mi Hijo Casi Perdido

El Precio del Silencio: Mi Hijo Casi Perdido

El auditorio de la prestigiosa escuela de arte bullía, pero el fulgor del escenario no cegaba tanto como el dolor en mi pecho. Ahí estaba Ricardo, mi ex, el famoso mariachi que nos abandonó, sonriendo a su nueva familia perfecta. Con un carraspeo, anunciaron al ganador de la beca de honor: "¡Santiago Vargas!". No era Mateo, mi hijo. A mi lado, sentí su mano helarse, la luz de sus ojos desvanecerse. Había puesto su alma en cada nota, la beca era nuestra, un tesoro en casa. Pero ahora, la recibió el hijo de un político corrupto. La gente aplaudía, mientras Ricardo abrazaba a Santiago y a su "compañera" . Luego, el director, incómodo, anunció un "intento de fraude" por parte de "otro aspirante" . Las miradas de desprecio se clavaron en nosotros. "Míralos, son ellos." "Una familia de la calle, queriendo colarse." "Qué vergüenza." La humillación me golpeó, dejándome sin aire; Ricardo ni siquiera nos miró. Lo había vendido a su propio hijo. Arranqué a Mateo de allí, caminando entre murmullos, las lágrimas y las palabras ahogadas en mi garganta. Llegamos a nuestro pequeño departamento, un mundo de distancia de aquel lujo. Mateo se encerró en su cuarto. El silencio era pesado, asfixiante. Horas después, un sexto sentido, esa alarma materna, me hizo ir a su habitación. La puerta cerrada con llave. "¿Mateo? Mijo, ábreme." Silencio. "Mateo, por favor." El pánico subió como marea helada y golpeé la puerta con el hombro. La cerradura cedió. Lo encontré en el suelo, pálido, junto a un frasco de pastillas vacío. Mi mundo se derrumbó. El grito no fue humano; fue el de un animal herido, de un corazón destrozado. Con su cabeza en mi regazo, me envolvió una desesperación negra. Lo había perdido todo: mi pareja, mi dignidad, y casi a mi hijo. En ese abismo de dolor, un vago recuerdo: una vieja caja de madera de mi abuela. Nunca le había prestado atención. Contenía un álbum de fotos y cartas amarillentas. Una chispa de instinto me dijo que era mi única esperanza. Cuando los paramédicos se llevaron a Mateo, temblorosa, la abrí. Fotos antiguas, blanco y negro: mi bisabuelo, un revolucionario. Y entre las cartas, un nombre que lo cambiaba todo. Una conexión oculta con una figura clave de la historia de México, cuyo legado de justicia aún resonaba. La desesperación se volvió furia fría y clara. No destruirían a mi hijo. No nos pisotearían impunemente. Con el álbum en mano, decidí: no me escondería, no lloraría más. Iba a luchar. Me planté frente a la Secretaría de Cultura, el imponente edificio que simbolizaba el poder que me había aplastado. Esperé. Dos hombres corpulentos salieron de un coche negro: los matones del político. "Lárgate de aquí, señora. No queremos problemas." "No me voy hasta que se haga justicia para mi hijo." El hombre rio, me arrebató el álbum y lo tiró al suelo. Las fotos de mis ancestros se esparcieron por la acera sucia. "La justicia es para quien puede pagarla," dijo, empujándome. Caí de rodillas. Cuando levantó la mano para golpearme, una voz autoritaria resonó a nuestras espaldas. "¿Qué está pasando aquí?" Un hombre de traje, con mirada penetrante, bajaba de un coche oficial. Era un alto funcionario del gobierno. Miró a los matones, el álbum destrozado y finalmente a mí. Sus ojos se detuvieron en una foto boca arriba: la de mi bisabuelo. El funcionario palideció, recogió la foto con cuidado y me miró con incredulidad y respeto. "¿Usted es familia de él?" En ese instante, supe que la balanza de la justicia, por primera vez, se inclinaba a mi favor. La esperanza, una llama pequeña y temblorosa, volvió a encenderse en mi corazón. ¿Podrá Sofía, una madre sola, enfrentar al poder y la traición que casi destruyen a su familia, o la sombra de Ricardo consumirá su nueva esperanza?
La Verdad Quebró un Hogar

La Verdad Quebró un Hogar

En el sofocante aire de la casa, preparaba mis humildes frijoles, ignorando a Doña Elena, mi suegra, quien me hostigaba desde su mecedora. "¿No piensas servirme, Sofía?" su voz era un lamento calculado que yo ya no soportaba. Mi respuesta, fría y cortante, la detuvo: "No soy tu sirvienta, Doña Elena." Ella y mi esposo, Marco, me acusaban de ingratitud, de ser una "conflictiva" , después de todo lo que "me habían dado" . Pero lo que me quitaron, jamás podrán pagarlo. Entre lágrimas teatrales y gritos de "¡Auxilio! ¡Esta mujer intenta matarme!" , Marco me confrontó. "¡Supera lo que pasó!" dijo él, sellando mi quiebre. Mi voz estalló en un susurro peligroso: "¿Que supere que tu madre me obligó a beber sus porquerías de hierbas, hasta que perdí a mi bebé?" La verdad los petrificó, pero mi dolor era desestimado. Esa noche, Marco lanzó billetes sobre mi cama, su voz vacía: "Es dinero. Suficiente para que te vayas lejos. Ya causaste suficiente dolor con… tu pérdida." Pisoteó los zapatitos de estambre que tejí para nuestro hijo, sentenciando: "Ya supéralo. Podemos tener otros hijos." En ese instante, algo dentro de mí se rompió y se endureció. La calma helada me invadió. "Lárgate," le ordené, señalando la puerta. "¡Y llévate a tu madre contigo! ¡No los quiero volver a ver en mi vida!" La guerra acababa de empezar, y esta vez, yo no sería la víctima. Lucharé por la justicia de mi hijo y por la verdad, cueste lo que cueste.
Mi Esposa Cruél y Su Amante

Mi Esposa Cruél y Su Amante

La noche en que mi esposa dio a luz, el aire del hospital olía a una mezcla extraña de antiséptico y la felicidad que creía mía. Pero la voz de mi esposa, Clara, clara y nítida, rompió la ilusión: "Alfonso, di a luz a gemelos de padres diferentes. El que tiene una marca de nacimiento en el hombro es tu hijo, el otro es de mi esposo." El mundo se detuvo. Mi madre, a mi lado, se desplomó, víctima de un infarto masivo, todo por la traición que acababa de escuchar. En un instante, mi alegría de ser padre se pulverizó en la ceniza amarga de ser un hijo huérfano. Mi teléfono vibró con un mensaje de Clara: "Solo me llevaré a un niño, el hijo de Alfonso. El otro te lo dejaré a ti. Considéralo una compensación." ¿Compensación por destruir mi vida? Mi madre muerta, mi esposa y un bebé desaparecidos con su amante, y yo, abandonado con el niño que era la prueba viviente de mi traición. Semanas después, mi tragedia personal se convirtió en el chisme de la oficina. Luego, el golpe final: Clara nombró a Alfonso como líder de mi proyecto, humillándome públicamente. La injusticia me asfixió, pero por mi hijo, me aferré. Luché hasta el colapso, terminando de nuevo en el hospital. Al regresar, mi trabajo, meses de esfuerzo, había desaparecido de mi computadora. Corrí a la sala de juntas y vi a Alfonso presentando mis diapositivas como suyas. Clara, en pantalla, lo defendió, tildándome de mentiroso. Algo dentro de mí se rompió. "¡Mientes!", le grité, abalanzándome sobre Alfonso. Mi puño conectó con su mandíbula. El caos estalló. Los guardias me arrastraron. "¡Está despedido!", gritó Clara. Pero me quité el gafete, lo lancé al escritorio y dije, con una calma que no sentí: "No puedes despedirme. Renuncio." Luego, mirando a Alfonso: "Y quiero el divorcio. Inmediatamente." En ese momento, en medio del desastre, sentí una extraña liberación. La pesada carga se aligeró. Me había perdido a mí mismo, pero acababa de recuperarme.
Regreso a Mi Hogar Verdadero

Regreso a Mi Hogar Verdadero

Salí de ese laboratorio subterráneo, si es que a tres años de encierro se le puede llamar salir, arrastrando mis piernas inútiles, recordatorio constante de la crueldad de mi esposo, Rodrigo. El aire fresco, un lujo olvidado, golpeó mi rostro pálido y demacrado, contrastando con el resplandor de Elena, la supuesta "alma gemela" de Rodrigo, radiante a su lado mientras a mí la suciedad y la desnutrición me desfiguraban. Él, director millonario de "Innovaciones Globales", me miró con desdén gélido: "Sofía, le robaste a Elena el premio, casi la matas. Arrodíllate y pídele disculpas si quieres seguir siendo la señora de la Torre." Mi corazón, antes entregado, se encogió ante la burla velada de Elena, que actuaba la víctima perfecta. En mi mente, la voz del sistema, que me trajo aquí para conquistar a Rodrigo, sentenció: "Misión fallida, favorabilidad -100. ¿Desea renunciar y volver a casa?" Tres años encerrada, acusada de plagiar mi propio trabajo, incriminada en un accidente que yo previne, mis piernas rotas por su orden, mi hijo Carlitos envenenado con mentiras en mi contra, todo mientras Rodrigo creyó cada palabra de Elena, la verdadera manipuladora. La humillación, el dolor y la traición me abrumaban; no quedaba nada que salvar. "Sí", le susurré al sistema, "quiero volver a casa". Pero el destino, o la ironía, tenía otros planes. Justo cuando Rodrigo, impaciente por mi silencio, se acercaba para arrastrarme, mi cuerpo comenzó a desvanecerse en partículas de luz, dejándolo sumido en un pánico ciego. Me marché, desaparecí del mundo. Sin embargo, mi verdadero martirio estaba por revelarse. No regresé a casa, sino que mi conciencia fue lanzada a un vacío perturbador, donde descubrí la amarga verdad: Rodrigo no quería castigarme con el encierro, sino convertirme en el último sacrificio para Elena, su "alma gemela". Necesitaban un donante de corazón, y yo era la candidata perfecta, mi existencia, borrada, mi corazón, arrancado para su felicidad postiza. La cruelmente orquestada "enfermedad cardíaca" de Elena, la médica sobornada, todo un plan diabólico. La furia me invadió como nunca antes. ¿Sacrificar a la madre de su hijo por una mentira, por una mujer que no merecía vivir, y peor aún, manipular a mi propio hijo para odiarme? ¡Era insoportable! Pero justo cuando la jeringa sedante se acercaba, la voz desesperada de Carlitos irrumpió en la sala de operaciones: "¡PAPÁ, NO! ¡Leí su diario! ¡Elena es la mentirosa! ¡Ella lo planeó todo!" Rodrigo quedó paralizado al ver en la mano de nuestro hijo mi diario, la verdad expuesta. No importaba lo tarde que fuera, algo en mí renacería. Mi corazón se detuvo, pero una nueva misión me esperaba. El sistema me dio una opción: regresar y rectificar, salvar a Rodrigo de su oscuridad, y en el proceso, salvar también la vida de mi sobrina, quien en mi mundo original, se estaba muriendo. Tuve que aceptar, regresando no al vacío, sino al momento exacto en que mi vida se desmoronó, esta vez para cambiar mi destino y el de aquellos a quienes amo.
El Precio del Perdón Negado

El Precio del Perdón Negado

La cena de gala anual de los Robles, un escaparate de poder y opulencia, era el último lugar donde quería estar. Pero mi madre, Doña Elena, siempre maestra de las apariencias, había insistido para demostrar la "unidad" familiar. Apenas entré, los susurros me persiguieron como sombras: "Ahí está Armando Robles... dicen que estuvo preso... no, en una clínica por drogas... qué terrible, parece un monstruo". Ignoré las miradas de lástima y desprecio, y me acerqué a la barra. Allí, mi hermanastro Diego apareció, con su sonrisa de mártir. Me ofreció champaña, insistiendo en un brindis "por el pasado". "No bebo", respondí secamente. Él sabía por qué. "¿Todavía me culpas por ese pequeño... accidente?", preguntó con falsa inocencia, refiriéndose a la noche en que Sofía, mi exesposa, me había desfigurado con ácido. En ese instante, Sofía se acercó, y para mi sorpresa, le dijo a Diego que me dejara en paz. Pero Diego, el eterno manipulador, se deshizo en lágrimas, atrayendo la atención de todos. Sofía, cayendo en su trampa habitual, se volvió hacia mí, con el rostro endurecido. "Armando, ¡ya basta! ¡Discúlpate con él y tómate esta copa! ¡Ahora!". Me aferró la nuca y me obligó a abrir la boca. El champaña helado quemó mi garganta dañada. Me doblé, tosiendo, y un chorro de sangre salpicó el impecable mármol. Un silencio sepulcral llenó el salón, solo roto por un parpadeo en la pantalla gigante. La imagen cambió de un niño sonriente a un video granulado. Era una celda oscura, y yo, atado a una silla, siendo torturado. El sonido del látigo, mis gritos ahogados, las risas crueles de los guardias... todo llenó el salón. Caí de rodillas, suplicando entre sollozos, reviviendo mi infierno ante cientos de miradas. Cuando mis ojos encontraron los de Sofía, le dije: "Quiero el divorcio ahora. Y no quiero nada de ti. Quiero ser libre de todos ustedes. Me han quitado todo". Mi madre, en su pánico, intentó negar lo que se veía en pantalla. Diego, el vil, me acusó de haber filtrado el video para dar lástima. Y Sofía, tan predeciblemente, dudó de mí. "Armando... ¿tú... tú hiciste esto?". Esa pregunta. Fue el golpe final. Esa noche, encerrado en mi antigua habitación, supe que mi única salida, mi verdadera libertad, no era vivir. Era escapar.
La Venganza del Hijo Débil

La Venganza del Hijo Débil

Mi hermano Leo murió tras una herida de novillo en nuestra hacienda. Mis padres, líderes del imperio del tequila, solo vieron su muerte como una "debilidad", no una tragedia. Solo yo, Mateo, quise darle un funeral digno. Les pedí dinero, pero mi padre me negó hasta un centavo, riéndose de mi "drama" y obligándome a ganarlo como jornalero. Su influencia me cerró todas las puertas de trabajo en Jalisco. Mi "hermano" Ricardo, el hijo que mis padres siempre desearon, me empujó a las garras del brutal prestamista El Caimán. Fui golpeado salvajemente, pero logré enterrar a Leo con dinero manchado por la desesperación. Pero el horror llegó después: Ricardo me confesó con una sonrisa macabra que él había provocado el accidente de Leo. ¡Había asesinado a mi hermano! Y mis padres, que lo sabían, me castigaron a mí por mi duelo, por no ser el "hombre fuerte" que ellos querían. ¿Cómo podría un "hijo débil" como yo luchar contra la frialdad y traición de mi propia sangre? Una noticia viral expuso su crueldad, desatando el escándalo. Desesperados por el honor, en el sagrado Día de Muertos, mi padre, incitado por Ricardo, intentó profanar la tumba de Leo, golpeándome frente a todos. Ese día, la dinastía Agave de Reyes firmó su propia condena. Mi padre y mi madre habían cavado su propia tumba, y la de Ricardo. ¡Ahora, la verdadera justicia para Leo y para mí está a punto de comenzar!