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Su Traición, Mi Renacer

Su Traición, Mi Renacer

El olor a gasolina y aceite de motor era mi perfume, el aire que me daba vida. Pero esa tarde, mi exnovio Mateo apareció y lanzó la bomba: había vendido mi Impala del 67, "El Fantasma" , la obra de arte que me tomó dos años restaurar, a su ex. Y no a cualquiera, a Valentina, la corredora de autos ciega de la que nunca dejaba de hablar con lástima y admiración. Sentí un pistón fallar en mi corazón. "No tenías derecho" , susurré, mientras mis ojos ardían. Él intentó justificarlo: "Valentina lo necesita para volver a las carreras, tú dijiste que era una bestia salvaje" . Pero el universo digital que solo yo podía ver, el foro de automovilistas que parpadeaba en mi monitor, me reveló la verdad. Un usuario llamado 'LaTuercaFloja' lo escribió crudamente: "El plan es sabotear el coche. Un fallo en los frenos en la recta final. Quieren que parezca un accidente trágico" . Mi creación, mi Fantasma, iba a ser el arma en un asesinato. La traición me golpeó como un choque frontal. Mateo esperaba mi colapso, pero lo que encontró fue un hielo puro. "¡Largo de aquí, Mateo! ¡Ahora!" , grité. Él se fue, dejando un portazo que hizo vibrar mi taller, pero su amenaza resonó más fuerte: "No te atrevas a acercarte a esa carrera" . Cada palabra amable de él, cada gesto de apoyo, se retorció en veneno. Comprendí que para Mateo, mi coche nunca fue una pasión compartida, sino una herramienta en su juego de ambición. No había tiempo para el dolor, solo para la acción. El foro parpadeó de nuevo: "Sofía es la única que puede detenerlo. Ella construyó ese coche. Ella conoce su alma" . Subí a mi motocicleta, el motor rugiendo como un grito de guerra, y salí hacia la noche. Iba a salvar a mi coche, a una mujer inocente, y a exponer al monstruo que se había escondido detrás de la máscara de mi amor. Mi determinación era ahora un motor V8 a toda potencia.
La Pasante Venenosa y Tonta

La Pasante Venenosa y Tonta

Fui despedida el día en que un aguacero torrencial inundó la ciudad. Mi jefe me miraba con decepción, como si fuera la culpable de todos los males del mundo. A su lado, Laura, la pasante, lloraba con ojos rojos e hinchados, sus hombros temblaban en una actuación digna de un Oscar. "Ximena, no puedo creer que hayas intimidado a Laura y saboteado la propuesta del cliente" , dijo mi jefe, su voz grave y distante. Ricardo, mi novio y colega, la persona en quien más confiaba, asintió lentamente, sin mirarme a los ojos: "Sí, jefe. Vi cómo Ximena le gritaba a Laura. Y el archivo del proyecto… Ximena fue la última en modificarlo" . Sentí un frío glacial recorrerme la espalda. Era la traición, pura y helada. Laura, con solo un mes en la empresa, tenía una habilidad sobrenatural para torcer la realidad, diciendo las mentiras más descaradas con la cara más inocente. Yo, que intenté ser su mentora, me convertí en su víctima. "No es cierto" , susurré, pero mi voz era débil. Laura sollozó más fuerte: "Ximena, sé que no te agrado… pero no pensé que llegarías a esto para deshacerte de mí" . "Recoge tus cosas, Ximena" , ordenó el jefe con frustración. Esa noche, la depresión me golpeó con la fuerza de un tren. Perdí mi trabajo, mi reputación y al hombre que amaba, todo en un solo día. Mi nombre estaba manchado en la industria, Ricardo dejó de contestar mis llamadas. Me hundí en un pozo oscuro del que no parecía haber salida. Y entonces, una mañana, abrí los ojos. La luz del sol se filtraba por mi ventana, cálida y brillante. No había nubes de tormenta en el cielo. Tomé mi celular: la fecha me dejó sin aliento. Era el día en que Laura, la pasante, llegó a la empresa. Había regresado. No sabía cómo ni por qué, pero me habían dado una segunda oportunidad. Una sonrisa lenta y fría se dibujó en mis labios. Esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, no sería la víctima. Esta vez, ellos pagarían.
Mi Venganza, Su Prisión

Mi Venganza, Su Prisión

El rugido del avión de rescate sonaba como la salvación, pero para mí, Sofía, solo aumentaba la ansiedad en aquel sofocante aeropuerto improvisado. De repente, mi esposo, Miguel, me tomó del brazo con una fuerza inusual, su rostro contraído por la frustración mientras gritaba: "¡Sofía, no podemos irnos! ¡No puedo dejar a Carlos aquí!". Alegaba que Carlos era su primo, su responsabilidad, alguien que debía regresar a salvo. Escuché sus palabras, las mismas palabras que retumbaron en otra vida, y un escalofrío me recorrió: no era un sueño, había renacido. El recuerdo de mi vida anterior me golpeó como un maremoto: la epidemia, el avión gubernamental, y Carlos, supuestamente su primo, pero en realidad su amante, la misma que nos retrasó maquillándose para su "triunfal" regreso. En esa vida pasada, yo rogué, los otros voluntarios me acusaron de egoísta, y Miguel, con su falsa rectitud, me obligó a esperar con mentiras, llamándome egoísta. Esperamos. Carlos llegó, perfecto, y el avión partió, directo a mi perdición. Al aterrizar, Miguel me señaló y, con una falsa preocupación, dijo: "Ella tiene fiebre. Estuvo en contacto cercano con un paciente infectado ayer." ¡Era una mentira cruel y calculada! Fui aislada, interrogada, torturada psicológicamente por un sistema que creyó a mi "heroico" esposo. Morí sola, no por la enfermedad, sino por una infección hospitalaria, con mi cuerpo debilitado y mi espíritu roto. Mis padres, rotos de pena, fallecieron poco después, y Miguel, el "viudo afligido", heredó todo. Se casó con Carlos, y vivieron felices sobre mis cenizas y las de mis padres. Pero ahora estoy aquí, de nuevo en este infierno, con el mismo avión rugiendo y el mismo manipulador repitiendo sus mentiras. La rabia pura me invadió, mis puños se cerraron, y al mirar a Miguel, ya no vi al hombre que amaba, sino a mi asesino. "No," dije, mi voz tranquila pero firme, interrumpiéndolo. Miguel parpadeó, sorprendido. "¿No qué?" "No vamos a esperar, Miguel." Me sacudí su mano. Me giré hacia los atónitos voluntarios y proclamé, con mi voz resonando: "Carlos no es tu primo. Es tu amante. Y no voy a arriesgar la vida de dieciocho personas por la vanidad de una mujer que necesita una hora para ponerse rímel en medio de una evacuación de emergencia." El silencio fue absoluto, roto solo por el avión. Miguel palideció, su máscara se hizo añicos. Esta vida, pensé, no será una repetición. Será una venganza.
Su Imperio Cae, Su Amor Se Eleva

Su Imperio Cae, Su Amor Se Eleva

El grito de pánico de mi hijo Leo atravesó nuestro departamento en la colonia Narvarte. Estaba convulsionando, poniéndose morado, su pequeño cuerpo completamente rígido. Solté todo, lo levanté en brazos y corrí hacia el hospital, solo para que me dijeran que la ambulancia más cercana tardaría veinte minutos. Mi única esperanza era mi Tsuru de diez años que no paraba de cascabelear, una reliquia humillante de antes de que mi esposo, el magnate inmobiliario Fernando del Valle, se declarara en bancarrota. Pero el tráfico era un infierno, y un desvío me escupió en pleno Zócalo, donde billetes de quinientos pesos caían del cielo como si lloviera. Y allí estaba él, Fernando del Valle, en un escenario montado en una azotea, con los brazos extendidos como un rey, junto a una joven, hermosa y muy embarazada Janeth Morales, su despiadada agente de bienes raíces. Mi esposo "en bancarrota" estaba, literalmente, haciendo llover dinero, orquestando un obsceno truco publicitario. Lo llamé, desesperada. "Fernando, ¡es Leo! Está mal, no puede respirar. Estoy atorada en el tráfico. Te necesito". Me ignoró, afirmando que se escondía de los acreedores en un motel de Cuautla, y luego colgó para besar tiernamente a su amante. No nos amaba. Estaba en una azotea con su amante embarazada, tirando más dinero del que yo había visto en un año, mientras nuestro hijo luchaba por cada bocanada de aire. La furia y la traición se sentían como ácido en mi estómago. ¿Cómo podía mentir tan descaradamente, tan monstruosamente, mientras nuestro hijo se moría? ¿Cómo podía elegir un espectáculo público y una nueva familia por encima de su propio hijo? Una presa dentro de mí se rompió. El amor, la confianza, los años que le había dedicado a este hombre... todo se había ido. Él había tomado su decisión. Ahora yo tenía que salvar a nuestro hijo. Sola.