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Contrato con el Diablo: Amor en Cadenas

Contrato con el Diablo: Amor en Cadenas

Observé a mi esposo firmar los papeles que pondrían fin a nuestro matrimonio mientras él estaba ocupado enviándole mensajes de texto a la mujer que realmente amaba. Ni siquiera le echó un vistazo al encabezado. Simplemente garabateó esa firma afilada y dentada que había sellado sentencias de muerte para la mitad de la Ciudad de México, arrojó el folder al asiento del copiloto y volvió a tocar la pantalla de su celular. —Listo —dijo, con la voz vacía de toda emoción. Así era Dante Moretti. El Subjefe. Un hombre que podía oler una mentira a un kilómetro de distancia, pero que no podía ver que su esposa acababa de entregarle un acta de anulación disfrazada bajo un montón de aburridos reportes de logística. Durante tres años, limpié la sangre de sus camisas. Salvé la alianza de su familia cuando su ex, Sofía, se fugó con un don nadie. A cambio, él me trataba como si fuera un mueble. Me dejó bajo la lluvia para salvar a Sofía de una uña rota. Me dejó sola en mi cumpleaños para beber champaña en un yate con ella. Incluso me ofreció un vaso de whisky —la bebida favorita de ella—, olvidando que yo despreciaba su sabor. Yo era simplemente un reemplazo. Un fantasma en mi propia casa. Así que dejé de esperar. Quemé nuestro retrato de bodas en la chimenea, dejé mi anillo de platino entre las cenizas y abordé un vuelo de ida a Monterrey. Pensé que por fin era libre. Pensé que había escapado de la jaula. Pero subestimé a Dante. Cuando finalmente abrió ese folder semanas después y se dio cuenta de que había firmado la renuncia a su esposa sin siquiera mirar, El Segador no aceptó la derrota. Incendió el mundo entero para encontrarme, obsesionado con reclamar a la mujer que él mismo ya había desechado.
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El día que morí y renací

El día que morí y renací

A Sofía Garza le faltaba el aire, sentía una presión asfixiante en el pecho. Su hijo de seis años, Leo, la miraba con el rostro pálido de terror. Shock anafiláctico. Empeorando a cada segundo. Ahogándose, logró pronunciar el nombre de su esposo, Marcos, rogándole que llamara al 911. —¡Mami no puede respirar! —gritó Leo al teléfono. Pero Marcos, ocupado en una junta de "negocios" con su amante, Valeria, desestimó la llamada con indiferencia, diciendo que era solo un "ataque de pánico". Minutos después, volvió a llamar: la ambulancia que supuestamente había pedido para Sofía ahora iba en camino a recoger a Valeria, quien solo se había "tropezado" y torcido un tobillo. El mundo de Sofía se hizo añicos. Leo, un héroe en su pequeño corazón, salió corriendo a buscar ayuda, solo para ser atropellado por un coche. Un golpe seco y espantoso. Ella lo vio todo, como un fantasma en su propia tragedia, mientras los paramédicos cubrían su pequeño cuerpo destrozado. Su hijo se había ido, porque Marcos eligió a Valeria. Devastación. Horror. Culpa. La imagen de Leo la atormentaba, marcada a fuego en su alma. ¿Cómo podía un padre, un esposo, ser tan monstruosamente egoísta? Un arrepentimiento amargo y devorador le carcomía el alma. Valeria. Siempre Valeria. Entonces, Sofía abrió los ojos de golpe. Estaba en el suelo de su sala. Leo, vivo y sano, entró corriendo. Era una segunda oportunidad, aterradora e imposible. Ese futuro catastrófico no ocurriría. Recuperaría su vida, protegería a su hijo y haría que pagaran.
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El secreto de la loba blanca: Rechazada por el Alfa

El secreto de la loba blanca: Rechazada por el Alfa

El silencio del templo presionaba mis tímpanos, denso y asfixiante. Estaba sola frente al altar de mármol. Era mi Ceremonia de Unión, pero el novio no aparecía por ningún lado. Mi celular vibró contra mi cadera con una notificación: una transmisión en vivo de mi *Mate*, el Alfa Caín, saltándose nuestra unión para recibir a mi hermana, Eris, en su regreso a casa. En el video, él la sostenía como si fuera de cristal sagrado, con un título que rezaba: "El poder real reconoce al poder real". Cuando regresé a la Casa de la Manada, humillada y con el maquillaje corrido, no me recibieron con una disculpa. Me recibieron con una bofetada de mi madre. Eris, fingiendo un "Aura de Alfa" poderosa, alegó que mi simple aroma la estaba envenenando. Para "salvarla", mi familia me encerró en mi habitación como a un animal rabioso. Pero la verdadera traición llegó cuando escuché sus susurros conspiradores a través de la puerta. —Usa a Vera —dijo mi madre, con una voz escalofriantemente práctica—. Se recupera rápido. Podemos drenar su sangre semanalmente para Eris. Puede quedarse como sirvienta para criar a los cachorros de Caín y Eris. La sangre se me heló en las venas. No solo me despreciaban; planeaban cosecharme como ganado. Pensaban que yo era la Omega débil que exiliaron al Norte hace años para pelar papas. No tenían ni idea de que, en el Norte, yo no fui una sirvienta. Yo era la Comandante V, una guerrera forjada en hielo y sangre. Metí la mano debajo de mi cama y saqué mi bolsa táctica negra. —Que se joda el pastel de carne —susurré. No solo me iba. Iba a la guerra.
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La Esposa Descartada: El Ascenso de una Leyenda Legal

La Esposa Descartada: El Ascenso de una Leyenda Legal

Por tres años, renuncié a mi vida como "Némesis", la abogada invicta, para ser la esposa perfecta del fiscal estrella de la Ciudad de México, Santiago Vargas. Cambié mis expedientes legales por libros de cocina, creyendo que podía sanar al hombre que amaba. En nuestro aniversario, llegó a casa borracho, me besó desesperadamente y susurró el nombre de otra mujer. "Valeria", suspiró. "Sabía que volverías a mí". Pero el veredicto final sobre nuestro matrimonio llegó en un restaurante. Cuando un mesero derramó una jarra de café hirviendo, Santiago no dudó. Se abalanzó para proteger a su exnovia, Valeria, de unas cuantas gotas. El resto de la jarra cayó sobre mi brazo, causándome quemaduras de segundo grado. Él entró en pánico por las leves marcas rojas en la mano de Valeria, llevándola de urgencia a un hospital privado. Ni siquiera miró mi piel ampollada. Solo me entregó su tarjeta de crédito. "Toma un taxi a urgencias", dijo. "Te llamo al rato". Ese fue el momento en que la esposa devota murió. Salí de ahí y nunca miré atrás. Tres meses después, me encontraba frente a él en un tribunal, representando al hombre que él estaba procesando en el caso más importante de su carrera. No tenía idea de que la tranquila ama de casa que había desechado era la leyenda legal conocida como Némesis. Y estaba a punto de destruir su perfecto e impecable récord.
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El Libro Negro: Cuando El Amor Se Convierte En Cero

El Libro Negro: Cuando El Amor Se Convierte En Cero

Tenía un "Libro Negro" donde restaba puntos a mi matrimonio cada vez que mi esposo, el Capo de Chicago, elegía a su amante sobre mí. Cuando el saldo llegara a cero, el contrato se rompería para siempre. El día del aniversario de la muerte de mi padre, Dante me obligó a bajar de nuestro coche blindado en medio de una tormenta torrencial. ¿La razón? Isabella lo llamó llorando por una llanta pinchada. Me dejó tirada en el arcén de la carretera para correr a socorrerla, sin importarle mi seguridad. Segundos después, un vehículo fuera de control me atropelló. Desperté en la unidad de trauma, desangrándome. El médico llamó a Dante desesperado: necesitaba el código de desbloqueo de su banco de sangre privado para salvarme a mí y a nuestro bebé de ocho semanas. Pero la voz de Dante resonó fría en el altavoz: "Isabella se cortó el dedo con el gato del coche. Guarden la sangre para ella, es la prioridad. Busquen otra bolsa". Escuché cómo mi esposo condenaba a muerte a su propio heredero por un simple rasguño de su ex. Sentí cómo la vida de mi hijo se apagaba dentro de mí mientras él consolaba a una mentirosa. Con el corazón destrozado y el cuerpo roto, abrí el libro por última vez con manos temblorosas. "Por Isabella, sacrificó a nuestro hijo. Puntuación: Cero". Dejé los papeles de divorcio firmados sobre su escritorio junto al cuaderno y desaparecí, decidida a que Dante Moretti nunca más volviera a verme, ni siquiera cuando se diera cuenta de que había quemado su propio mundo.
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La Sombra de la Envidia

La Sombra de la Envidia

El chirrido de las llantas fue lo último que escuché. Luego, un golpe seco y un dolor que me atravesó antes de la oscuridad total. Mi último pensamiento: Javier, mi novio, con quien apenas horas antes había compartido nuestra felicidad en redes sociales. Pero su imagen se mezcló con la cara de Daniela, mi mejor amiga, gritándome por teléfono: "¡Sofía, eres una tonta! ¿No te das cuenta de que Javier solo juega contigo? ¡Te está engañando!" Ella me envió un video borroso, un supuesto Javier entrando a un hotel con otra mujer. Mi mundo se derrumbó. Sin hablar con él, sin darle oportunidad de explicarse, terminé mi relación, ahogándome en el dolor de una traición orquestada por quien más confiaba. Días después, Daniela, enfurecida porque Javier ni siquiera la miraba, me atacó. "¡Si no es mío, no será de nadie, y tú me lo quitaste!" Fue lo último que gritó antes de acelerar su coche y arrollarme. Me dejó morir sola en el frío asfalto. La traición, el dolor, el arrepentimiento… todo se mezcló en un último suspiro. ¿Cómo pude ser tan ingenua? ¿Cómo no vi el odio y la envidia en los ojos de quien consideraba mi hermana? El engaño fue burdo, pero funcionó con mi mente nublada por la inseguridad. Sentía una profunda injusticia, una confusión. ¿Por qué yo? ¿Por qué ella? ¿Por qué la vida me arrancó de esa manera? Y entonces, desperté. En mi cama, junto a Javier, en el mismo día del anuncio de nuestro noviazgo. El universo, por alguna razón, me había dado una segunda oportunidad. Esta vez, no sería la tonta ingenua. Esta vez, yo tomaría el control de mi destino.
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Justicia en El Infierno

Justicia en El Infierno

Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de mi muerte. El día que San Miguel cayó, el cielo no lloró, se rompió en un aullido silencioso. Mi pueblo no buscó respuestas en los cielos, me buscaron a mí. Me culparon de todo: la plaga, la sequía, la invasión bárbara que nos destruyó. En la plaza pública, ante los ojos de todos, mi propio hermano, el Príncipe Carlos, y mi prometido, Diego Mendoza, me sentenciaron. No bastó con matarme. Para apaciguar a la multitud, me desollaron viva. Sentí el frío del acero separando la piel de mis músculos, escuché los gritos, una mezcla de horror y alivio. Con mis huesos, construyeron la Lámpara de las Almas; con mi piel, faroles. Ahora estoy aquí, en el inframundo, un lugar gris y sin fin. Mi alma, un retazo, es arrastrada ante el Juez. Las almas de mi pueblo susurran y me señalan. "¡Castigo eterno para la traidora!" "¡Que arda para siempre!" Los gritos más fuertes vienen de Carlos y Diego. "Hermana, si es que alguna vez puedo llamarte así, nos traicionaste a todos," me dice Carlos, su rostro lleno de odio. "Cada vida perdida pesa sobre tu conciencia, Sofía," añade Diego, "tu castigo apenas comienza." Pero el Juez del Inframundo golpea su mazo. "El Espejo del Pasado revelará la verdad," su voz retumba. Un espejo de plata líquida aparece. Muestra el palacio de San Miguel, hace muchos años. Una niña flaca, yo, volviendo a casa con mi hermano. "Sofía, mi pequeña hermana, te encontré," dice Carlos, abrazándome, "Nunca más dejaré que nada te pase, te protegeré siempre." ¿Protección? ¡Qué fácil es hablar de protección cuando eres el verdugo! En la siguiente imagen, una trampa de la supuesta "dulce" Aurora Vargas, a quien Diego defendió, me obliga a humillarme ante el Príncipe Bárbaro. ¿Valió la paz lograda con tanta humillación? La verdad es un veneno que todos temen. Pero yo no, yo la mostraré.
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La Máscara de un Hermano

La Máscara de un Hermano

En Medellín, mi nombre era Sofía, pero todos me conocían como "La Patrona", la reina implacable del imperio de esmeraldas. Mi crueldad tenía un único propósito: proteger a Mateo, mi hermano menor, mi único tesoro. Años atrás, él me salvó de una bala y quedó destrozado; lo envié a España, le di una nueva identidad, "David Rojas", una nueva cara, una nueva vida, lejos de mis enemigos. Hoy, Mateo regresó para mi fiesta de compromiso, una sorpresa que planeé meticulosamente. Pero lo que encontró no fue calidez, sino una furia ciega. Mi prometido, Ricardo, cegado por celos absurdos, lo confundió con mi amante. Lo atacó sin piedad, golpeándolo brutalmente con un palo de golf, destrozando la pierna que una vez sanó y la cara que con tanto esmero reconstruí. Mi propio jefe de seguridad, Chucho, a quien conozco de toda la vida, no pudo reconocer a mi hermano. La identidad falsa que creé para protegerlo se convirtió en su condena. Ricardo usó cada detalle de "David Rojas" para probar que era un impostor, un estafador. Llegué allí y, para horror de mi hermano, mantuve una fría fachada, diciéndole a Ricardo que se "deshiciera de la basura". Mateo yacía desangrándose, sintiendo la traición de todos, incluso la mía. La ironía es que mi meticuloso plan para su seguridad lo había llevado a este infierno. ¿Cómo era posible? ¿Cómo mi amor y mis precauciones podían terminar en esta agonía para el único hombre que amo? ¿Qué clase de monstruosidad permití que creciera a mi sombra? Pero entonces, Chucho mencionó el nombre: "David Rojas", y el itinerario falso que yo misma había creado. En ese instante, todo se detuvo. Mi corazón se partió al comprender la verdad. Mi hermano. Mi Mateo. Destrozado en el suelo de mi apartamento. Mi ira, contenida por tanto tiempo, despertó. El infierno, Ricardo, el infierno acaba de abrir sus puertas para ti.
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