Lewie Parenti
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Libros y Cuentos de Lewie Parenti
Mi Venganza, Mi Renacer
Urban romance El zumbido monótono del aire acondicionado no podía acallar mis propios gritos internos.
Después de dos días y dos noches suplicando, las palabras finalmente escaparon de mis labios resecos:
"Tía, por favor. Cancela la boda."
Mi tía Elena, la CEO de moda más importante del país, me analizaba con sus ojos afilados.
Yo creí que Carlos Torres, con su sonrisa encantadora, era mi príncipe azul.
Pero él me prometió el paraíso mientras excavaba mi tumba.
Recuerdo el metal frío contra mi piel, el olor a gasolina y su risa mezclada con la de Blanca Ruiz.
Me dejaron por muerta, arruinada y humillada.
Pero de alguna manera, desperté en mi cama, tres años antes de la tragedia, el día de mi compromiso oficial con él.
El terror era demasiado real, un veneno helado que corría por mis venas.
"Tía, quiero cumplir mi compromiso con la familia Delgado."
Mi tía frunció el ceño.
"¿Los Delgado? ¿Los productores de aguacate del norte? Fue una broma entre amigos."
"Para mí es real," dije con una firmeza que no sabía que poseía.
Mi vida anterior me enseñó que Ricardo Delgado era un hombre de honor.
Justo entonces, Carlos Torres irrumpió en la oficina, ignorándome por completo, hasta que sus ojos fríos se posaron en mí.
"Sofía. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Deberías estar en casa, preparándote para la fiesta de compromiso de esta noche."
Su voz, baja y amenazante, me paralizó de pánico.
"Se quedará conmigo," dijo mi tía, interponiéndose. "Ahora, si me disculpas, tenemos mucho de qué hablar."
Carlos se inclinó, su tono peligrosamente suave.
"Puedes esconderte detrás de tu tía todo lo que quieras, Sofía. Pero eres mía. Y harás lo que yo te diga."
Caí de rodillas, temblando incontrolablemente.
Esa misma noche, Carlos irrumpió en el penthouse.
"Te dije que vendría por ti," dijo con una calma que precedía a la tormenta.
"Ya no soy tu prometida," repliqué.
Él me agarró del brazo, con fuerza brutal.
"No vas a cancelar nada. Te lastimaré mucho más si sigues desafiándome."
Su mano se estrelló contra mi mejilla, enviándome al suelo.
Blanca Ruiz entró, fingiendo preocupación, y luego se llevó una mano al vientre, interrumpiendo todo.
"Oh… el bebé… creo que la tensión me está afectando."
Carlos, absorto en ella, me miró con una crueldad inhumana.
"¿Ves lo que provocas? Con tus estupideces, estás poniendo en riesgo a mi hijo."
"Ese hijo ni siquiera es tuyo, Carlos," solté, llena de un odio que no conocía.
En mi última vida, descubrí su engaño.
Él me agarró del pelo y me arrastró hasta una bodega oscura, sin ventanas.
"Te quedarás aquí hasta que aprendas a comportarte. Quizás un poco de tiempo a solas te ayude a recordar cuál es tu lugar."
La oscuridad era total.
El pánico se apoderó de mí, arañando mi garganta, asfixiándome.
"¡Carlos! ¡Sácame de aquí! ¡Por favor!"
Se rió.
"Oh, sí me atrevo, Sofía. Y cuando decida sacarte, rogarás por casarte conmigo."
La puerta se cerró con un golpe sordo, seguido por el sonido de la llave girando.
Me acurruqué en un rincón, temblando.
Estaba rota.
Las horas se desdibujaron, y el terror infantil de la oscuridad regresó.
Las sombras tomaron forma, susurrando mi nombre.
En medio de la locura, mis padres aparecieron en una luz cálida.
"Estamos aquí, mi niña. Todo está bien. Ven con nosotros."
Estiré mi mano para tocarlos.
Pero la puerta se abrió de golpe, y la voz de mi tía Elena rompió el hechizo.
"Sofía, por Dios, ¿qué está pasando? ¿Ese hombre te ha hecho algo?"
Las empleadas susurraron sobre Carlos y Blanca riendo, mientras yo me perdía en la oscuridad.
Una rabia fría y dura como el acero comenzó a gestarse en mí.
No volvería a ser su víctima.
"Tía," dije, mi voz aún débil pero firme. "Llama a los Delgado. Diles que acepto. Me casaré con Ricardo Delgado. Me iré al norte. Lo más lejos posible de aquí." Adiós, Mi Esposa Cruél
Romance Durante cinco años, mi matrimonio con Sofía Del Valle fue un desierto helado.
Ignorado, humillado y tratado como una sombra en mi propia casa, vivía por la remota esperanza de un cambio prometido por la abuela de Sofía, Doña Elena.
Pero mi mundo se hizo pedazos cuando la escuché.
Con una risita coqueta, susurraba el nombre de Ricardo Montemayor, nuestro "mejor amigo", y hablaba de una "sorpresa" para una gala benéfica.
Mi sorpresa.
Mi "virginidad", subastada al mejor postor como un espectáculo.
Confronté a Sofía, mi voz apenas un susurro frente a su burla cruel.
"La sorpresa eres tú, querido", siseó, regodeándose al explicar cómo planeaba venderme.
Me arrastraron a un cuarto, desnudaron y encerraron, solo para descubrir una cámara oculta, mis humillaciones retransmitidas a las amigas de Sofía para su deleite lascivo.
"¡Mírenlo! ¡Es más flaco de lo que pensaba!", se rio una voz chillona. "Pero tiene potencial. ¡Es más divertido que ir de compras!"
La vergüenza era un dolor físico, cada palabra una nueva herida.
No era ira, ni tristeza, solo un vacío inmenso y helado.
Aturdido y drogado, fui exhibido en una caja acrílica, "Lote #1: La Pureza Intacta", mientras la puja subía.
"¡Veinte millones, de parte del señor Rodríguez!" , exclamaban.
"Y el ganador no solo se lleva el premio por una noche," añadió Sofía con su voz cargada de malicia, "también recibirá un video exclusivo del… evento principal. Calidad 4K."
Justo cuando la oscuridad me envolvía, la abuela de Sofía, Doña Elena, irrumpió con la furia de una diosa vengadora.
"¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?!", rugió mientras ordenaba liberarme de mi prisión de cristal.
En medio del caos, escuché su voz resonar por los altavoces, revelando un secreto: una cláusula matrimonial que le permitía anular el matrimonio si la dignidad del esposo era agredida.
"A partir de este momento," declaró, "el matrimonio entre Sofía Del Valle y Elías Mendoza está disuelto."
Sentí un atisbo de esperanza mientras me llevaban a un avión, lejos de la pesadilla.
Mi destino era México, y un nombre resonaba en mi mente, un eco de un pasado feliz: Camila. Mi Voz, Tu Castigo: El Diario Revela Todo
Moderno La noticia de la muerte de Isabela apenas fue un murmullo; todos la recordaban como la "trepadora" que se aprovechaba de la fama de su exmarido, Javier, el ídolo pop.
En un programa de televisión de máxima audiencia, Javier, con una sonrisa fría, se burló: "Digamos que la vida le dio lo que se merecía".
El público y las redes sociales lo secundaron, reafirmando la imagen de ella como una villana obsesiva.
Pero entonces, el presentador sacó una vieja caja de zapatos, revelando su "diario en audio": unas cintas de casete que prometían la verdad.
Mi corazón se encogió al escuchar la primera cinta: "Javier... mi amor. Estamos casados".
Aquella voz joven, pura y eufórica, era la mía, veintitantos años atrás, antes de que el brillo de la fama y la traición de Javier apagaran mi luz.
La cinta continuó, desvelando cómo lo llamaba "Mi Clavelito", cómo pagaba las facturas cantando hasta el amanecer para que él pudiera componer.
Después, escucharon cómo le supliqué al director de "Alma Gitana" para que le diera a Javier el papel principal, sacrificando mi propia oportunidad porque "su éxito era más importante".
El estudio quedó en silencio mientras Javier, mi exmarido, palidecía, su falsa máscara de arrogancia hecha añicos.
La verdad, ignorada y pisoteada durante años, surgía ahora de viejas cintas, revelando mi amor incondicional, mi dedicación silenciosa y mi dolorosa traición.
El mundo me creyó una villana, pero ¿qué pasaría cuando escucharan cómo Javier me llamó "vulgar" y me usó mi trauma infantil como arma para destruirme?
Con cada nueva cinta, mi voz rota cuenta la historia no de una trepadora, sino de una mujer traicionada, aniquilada, y finalmente, redimida por la verdad.
Ahora, que el mundo me escuche. La Señorita Esconde su Identidad
Moderno Mi vida era un cuento de hadas de lujos y manicuras francesas, hasta que un influencer me estafó un millón de euros, forzándome a una "rehabilitación" en un olivar de Jaén.
Allí, con las manos llenas de callos, el destino me reunió con Carmen, mi madre biológica, de una forma totalmente inesperada.
Pero este reencuentro me lanzó directamente a las fauces de una pesadilla: su marido Ricardo y la hija de él, Valeria, me humillaron y difamaron sin piedad, etiquetándome como una "prima pueblerina" en cada oportunidad.
La campaña de desprestigio se intensificó con fotos maliciosas en redes, y en el colegio, la propia Valeria me acusó falsamente de hacer trampa en un examen, buscando mi expulsión.
¿Cómo podía defenderme de tanto odio infundado, de una familia que debería haberme acogido, pero solo me ofrecía desprecio y mentiras? La impotencia me carcomía.
Lo que ellos ignoraban era que yo, Sofía, la supuesta "campesina fracasada", era en realidad una artista anónima con un secreto que mi padre, dueño de Bodegas Imperiales, estaba a punto de revelar.
No solo limpiaría mi nombre, sino que cada una de sus humillaciones sería la pieza clave en el jaque mate que estaba por servir.
Iba a demostrarles a todos que la "niña" a la que creyeron destrozada apenas estaba comenzando a construir su verdadero imperio. El Hilo del Destino Que Tejo
Moderno Durante diez años, mi vida en la suntuosa hacienda de Mateo fue una existencia opulenta, pero vacía, marcada por la indiferencia y el desprecio disimulado.
En la fiesta de dieciocho años de su hermana Sofía, la niña que crié, la nueva amante de Mateo, Valentina, me ofreció un "té de hierbas" con una sonrisa fría y calculada.
Minutos después, un dolor desgarrador me consumió desde el vientre; la sangre que corrió por mis piernas confirmó mi peor temor: me habían envenenado para provocar un aborto y así, en mi agonía, me forzaron a firmar los papeles del divorcio.
En el gélido suelo de mármol, Sofía, la misma a quien acuné, me escupió que una "mujer de pueblo" como yo nunca mereció su apellido ni darle un heredero a Mateo, y la traición superó cualquier dolor físico.
Pero mientras firmaba, mi mano no tembló; con el morral de mi abuela y la promesa de una deuda pagada, me levanté decidida a reconstruir mi vida en la tierra que me vio nacer, transformando mi dolor en la fuerza para un nuevo y auténtico comienzo.
Mi partida fue el primer hilo de una trama de resistencia, empoderamiento y revelaciones que sacudirían los cimientos de quienes creyeron haberme quebrado. Le puede gustar
Anhelando al hombre incorrecto
Elysian Sparrow Pasó diez años persiguiendo al hombre correcto, solo para enamorarse del incorrecto en un fin de semana.
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Sloane Mercer ha estado locamente enamorada de su mejor amigo, Finn Hartley, desde la universidad. Durante diez largos años, ha estado a su lado, reparándolo cada vez que Delilah Crestfield, su novia, le destrozaba su corazón.
Cuando Delilah se compromete con otro hombre, Sloane piensa que finalmente podrá tener a Finn para ella. No podría estar más equivocada.
Desesperado y con el corazón roto, Finn decide presentarse en la boda de Delilah y luchar por ella una última vez. Y quiere a Sloane a su lado.
A pesar de sus dudas, ella lo acompaña a Asheville, esperando que estar cerca de Finn de alguna manera lo haga verla como ella siempre lo ha visto.
Todo cambia cuando conoce a Knox Hartley, el hermano mayor de Finn, un hombre que no podría ser más diferente a su amigo. Es peligrosamente magnético. Knox entiende a Sloane y se propone atraerla a su mundo.
Lo que comienza como un juego arriesgado entre ellos, pronto se convierte en algo más profundo. Sloane está atrapada entre dos hermanos: uno que siempre ha roto su corazón y otro que parece decidido a conquistarlo... sin importar el costo.
AVISO DE CONTENIDO:
Esta historia está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Explora temas de romance oscuro como la obsesión y el deseo con personajes moralmente complejos.
Aunque es una historia de amor, se recomienda discreción al lector. De Joven Pobre A Esposo Adecuado
Little Red Cap La vida me dio una bofetada sin mano, dejándome de la realeza a vendedora de bolsos de lujo, los mismos que antes compraba sin pestañear.
Justo cuando pensaba que nada más podía sorprenderme, él, Mateo, el chico becado que solía seguirme con la mirada, cruzó la puerta de la tienda, transformado en un hombre imponente y millonario.
Mi corazón traicionero empezó a latir desbocado, mientras sus ojos oscuros me analizaban con una sonrisa casi imperceptible.
Aunque ahora era un poderoso magnate, para mí, seguía siendo el Mateo que, en la prepa, aceptaba mis almuerzos bajo el pretexto de ser "mi tutor" en un trato secreto inquebrantable.
Pero nuestro secreto no duró: la envidia de la profesora de física y la crueldad de Raúl lo expusieron.
Raúl, ciego de celos, lo golpeó brutalmente, y por protegerme, Mateo lo soportó todo en silencio para no perder su beca.
"Si me expulsan, no puedo ir a la universidad. Y si no voy a la universidad... nunca podré darte nada", me dijo, mientras lo llevaba a rastras a la clínica de mi familia.
Me destrozó ver cómo ese noble chico, que juraba protegerme, recibía golpes por mí, una "princesa" acostumbrada a que el mundo girara a su alrededor.
Y yo, cegada por la ira y el dolor, usé la influencia de mi padre para destruir a Raúl, sin medir las consecuencias.
Esa fue la última vez que le vi.
Me fui a la universidad, esperando que me buscara, pero nunca lo hizo.
Hasta que la vida nos golpeó, mi familia lo perdió todo, y yo me vi obligada a trabajar en una cafetería para sobrevivir.
Un día, mi celular sonó y era su voz, profunda y madura, "Me enteré de lo que pasó. Lo siento tanto" , me dijo.
De la nada, hizo una transferencia millonaria para ayudarme y, como en el pasado, no aceptó un "no" por respuesta.
"Una vez me dijiste que era un trato. Tú me ayudabas con las tutorías, yo te pagaba con comida. Bueno, ahora el trato se invierte".
Y así, de nuevo, nos conectamos en un torbellino de emociones y recuerdos.
Hasta que una tarde, la campana de mi cafetería sonó y él apareció, de pie, más alto y delgado que nunca, con esa sonrisa tímida.
"Vine solo para verte. Y para asegurarme de que estabas bien", susurró, mientras me abrazaba.
"Voy a trabajar muy duro, Sofía. Voy a conseguir un buen trabajo, y voy a sacarte de aquí. Te lo prometo. Te daré una vida mejor."
En ese momento, apareció Raúl, para burlarse de nuestro reencuentro, pero Mateo, con una calma aterradora, le soltó una verdad demoledora, "Con mi cerebro y determinación, construiré un futuro que con tu dinero heredado, jamás podrías imaginar" .
Mateo se marchó, dejándome con la sensación de que, a pesar de todo, siempre lo elegiría a él.
Años después, en esa misma tienda de lujo en la que trabajo, el destino irrumpió con Mateo.
Me entregó bolsas y bolsas de bolsos de diseñador, y dijo, "Te espero afuera... súbete, tenemos mucho de qué hablar".
En el coche, me reveló que su padre biológico, un magnate tecnológico, lo había encontrado y él, siendo su único heredero, había comprado la deuda de mi padre.
Él había cumplido su promesa de darme una vida mejor, pero a pesar de la cercanía, mantenía una extraña distancia emocional, como si yo fuera solo un "proyecto de caridad".
Frustrada y con el corazón en la mano, decidí salir con otro hombre, Carlos, para intentar borrarlo de mi cabeza.
Pero Mateo no lo permitió, saboteando cada cita, demostrando ser un genio controlador con un lado posesivo aterrador.
Hasta que, agotada, lo enfrenté: "Mateo, tú y yo solo somos amigos. Necesito que respetes eso".
Él apareció en la puerta de mi casa, pálido y con los ojos rojos, y con la voz llena de un doloroso arrepentimiento, me confesó una verdad aplastante.
"Te he amado desde el primer día que me hablaste en el salón de clases, Sofía. Te he estado perdiendo por mi estúpido miedo. No puedo... no puedo verte con otro".
Me arrodillé con él, y entre lágrimas, le susurré, "Llegas diez años tarde... me has hecho sufrir como nadie, y te amo como a nadie" .
Nos besamos, y me volví a sentir en casa.
Nos convertimos en una pareja poderosa, y en nuestro primer aniversario, me pidió que me casara con él.
Luego, en nuestra boda, Raúl apareció, y al intentar humillar a Mateo, lo derroté con una confesión que lo dejó pálido.
El padre de Mateo reveló que él era el presidente y único heredero del imperio tecnológico en el que nos movíamos, dejando a Raúl humillado.
De vuelta en su antigua casa, le dije: "No cambiaste tu destino, solo estuve aquí para verlo florecer".
Y sellamos nuestro amor con un beso, sabiendo que nuestro "para siempre" era real y absoluto. Ya No Era La Novia Abandonada
A Chu El evento "Aura de Moda" era la cumbre de mi éxito, mi marca "Renacer" brillaba como patrocinador principal, y mis diseños eran la envidia de todos.
Pero entonces, Ricardo Vargas y Sofía irrumpieron, su mera presencia un eco de la humillación que me infligieron hace cinco años, cuando mi mundo se hizo pedazos en el altar.
Me humillaron, escupieron veneno sobre mi pasado y se burlaron de mi supuesta desgracia, sin saber que su desprecio solo alimentaba mi fuego interior.
¿Acaso olvidaron que la mujer que abandonaron a las puertas de una iglesia fue capaz de levantarse y construir un imperio con sus propias manos?
Se atrevieron a dudar de mi felicidad, de mi valía, e incluso de mi anillo de bodas, ese que Ricardo intentó arrancar de mi dedo con una furia ciega, para luego arrastrarme y encerrarme como un animal.
Mientras yacía herida en la oscuridad, la voz de una amable limpiadora me dio la clave: mi esposo, el poderoso Marcos Vélez, venía a buscarme.
Y cuando Ricardo me arrastró de regreso para consumar su cruel espectáculo de humillación pública, blandiendo un cinturón para castigar mis manos, Marcos Vélez apareció, y con un solo golpe, el destino de Ricardo cambió para siempre. La Traición del Mole
Chen ziluo Hoy, nuestro séptimo aniversario de bodas, se suponía que sería un día de dulces recuerdos.
Pero el único sabor que sentía era la amargura de la traición, una foto en mi teléfono, mi esposo Ricardo y su asistente, Valentina, besándose apasionadamente en su oficina.
"A Ricardo le aburren los sabores tradicionales, Sofía. Él prefiere un juego más… prohibido. Y ese juego soy yo", leí el mensaje y mi mundo se vino abajo mientras seguía envolviendo tamales, los favoritos de Ricardo, para una celebración que nunca sería.
Horas después, las risas de Ricardo y Valentina resonaron en mi hogar, y mi pequeña Lucía se detuvo en seco al ver a la mujer colgada de su brazo.
"¡Qué bien huele!", exclamó Valentina, "Pero, ay, Ricardo, ya sabes que a mí el mole no me gusta. Se me antojan unos tamales de dulce, de esos rositas."
"Sofía, hazle unos tamales de dulce a Valentina", ordenó Ricardo, sin siquiera mirarme, su voz fría.
Con una calma que no sentía, le respondí: "No hay. Hice de mole, tus favoritos, para celebrar nuestro aniversario".
La respuesta de Ricardo fue violenta: gritó, tiró del mantel, destrozando todo, salpicando mole en Lucía y en mí, y nos encerró en la cocina, prometiendo una cena en el mejor restaurante para Valentina.
Acurrucada con Lucía en el suelo frío de la cocina, con el olor a mole y humillación impregnado en nosotras, supe que mi matrimonio no estaba roto, sino muerto.
Ricardo lo había matado mucho antes.
A la mañana siguiente, las risas crueles de Ricardo y Valentina nos recibieron.
"Pronto todo lo de tu papá será mío, escuincla. Y tú y tu mamá se irán a la calle, que es donde pertenecen", le dijo Valentina a Lucía.
Cuando Lucía la enfrentó, Valentina le derramó café caliente en el brazo. Ricardo entró, y en lugar de defender a nuestra hija, la abofeteó.
"¡Ni se te ocurra volver a tocarla!" , grité, abalanzándome sobre él.
"Mi lugar ya no es aquí", le anuncié. "Quiero el divorcio, Ricardo. Ahora mismo."
Su sonrisa torcida y cruel me heló: "Te vas a quedar aquí. Tú y ese estorbo. Y voy a hacer de cada día de tu vida un infierno".
En la oscuridad de la cocina, planeé mi escape. Le había entregado un acuerdo de divorcio legal entre sus documentos, que él, confiado en su control, había firmado.
Solo necesitaba el momento perfecto para mi venganza.
El caos estalló un sábado cuando Lucía, harta de Valentina, la pateó, y esta la empujó, haciendo que la cabeza de mi hija golpeara la mesa.
Un hilo de sangre brotó de su sien y el pánico me invadió.
"¡LA MATASTE! ¡VOY A MATARTE, VALENTINA! ¡LO JURO!", grité, golpeando la puerta.
Ricardo llegó, y Valentina, llorando, lo manipuló: "¡Ricardo, mi amor! ¡Ayúdame! ¡Esta niña salvaje me atacó y Sofía me está amenazando de muerte!".
Él me gruñó: "¿Qué demonios hiciste ahora, Sofía?" .
"¡Fue ella! ¡La empujó!" , lloré. "¡Lucía no se mueve, Ricardo! ¡Tenemos que llevarla a un hospital!" .
Su respuesta fue cruel: "La llevaré al hospital. Pero con una condición. Pídele perdón a Valentina. De rodillas" .
"Ponte de rodillas y suplícale a Valentina que te perdone por haber criado a una hija tan agresiva. O la dejo aquí, en el suelo, hasta que se desangre. Tú decides."
Por Lucía, me arrodillé, la humillación quemándome la garganta.
"Perdóname, Valentina. Te ruego que me perdones".
Ricardo, con gélida satisfacción, exigió más: "No es suficiente. No parece sincero. Valentina quería tamales de dulce, ¿recuerdas? Vas a prepararlos. Ahora mismo. Los mejores tamales de dulce que hayas hecho en tu vida".
Amasé los tamales con lágrimas, el veneno de mi odio mezclándose con el dulce. Cuando terminé, me derrumbé.
Ricardo, al principio indiferente, entró en pánico al verme inconsciente.
Vio mis moretones, cicatrices de su propia violencia, y una culpa abrumadora lo golpeó.
En la ambulancia, entre Lucía y yo, susurró: "Perdóname, Sofía. No sé en qué me convertí".
Desperté en el hospital, y Ricardo, con una muñeca, intentó redimirse, pero Lucía, con una frialdad adulta, lo rechazó: "No quiero tu muñeca. Y no me llames princesa. Tú no eres mi papá" .
"Tú no eres mi papá. Mi papá no me pega. Mi papá no deja que esa mujer mala me lastime. Vete", le dijo Lucía.
Mi risa seca resonó. "¿Como antes, Ricardo? ¿Lo de ayer, o lo de hace años, cuando me abandonaste por tu amante?"
Cuando le pregunté si Valentina le había dicho que Lucía no era su hija, su silencio confirmó que su crueldad nació de una mentira.
Horrorizado, Ricardo obtuvo una prueba de paternidad que confirmó que Lucía era suya.
Dejó a Valentina y llamó a la policía para denunciarla por agresión a un menor, fraude y extorsión.
Valentina, acorralada, gritó maldiciones, pero Ricardo, ya sin nada que perder, la entregó a las autoridades.
Al día siguiente, Ricardo nos esperaba en casa. "Lo siento", dijo, su voz ronca.
"Ahorrátelas, Ricardo. Solo venimos por nuestras cosas", le corté.
Le entregué el sobre que lo hizo palidecer. Era el acuerdo de divorcio, firmado por él mismo.
"El daño que nos hiciste a mí y a mi hija no se arregla con dinero, Ricardo", le dije. "Hay cosas que se rompen para siempre. Y tú rompiste esto".
Lucía y yo nos fuimos, dejándolo sollozando en la sala.
En el taxi, Lucía preguntó: "¿A dónde vamos ahora, mami?".
"A donde queramos, mi amor. A empezar de nuevo". Y por primera vez en años, respiré libre. LA CHICA
YorickoP "La chica": ella era una habitante de la calle, analfabeta, sin apellidos, cabello rubio, ojos con evidente heterocromía, muy delgada, sucia, con la ropa raída y edad incierta.
Un día fue atropellada por el auto super lujoso de un hombre serio, calculador, amargado y despiadado que tuvo que detener su camino porque había muchos testigos alrededor y con sus teléfonos listos grabando todo, así que le ordenó a su chofer que saliera y se hiciera cargo de lo que fuera que hubieran golpeado.
Al tenerla en el automóvil el olor nauseabundo que desprendía ella, lo asqueaba, pero solo fue una primera impresión, el tiempo lo hará desearla, anhelarla y buscarla con desesperación.