Feng Zhi Kui
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Libros y Cuentos de Feng Zhi Kui
Lo Siento Hijo Mío
Moderno El aire en el panteón era denso, cargado de tristeza, mientras sostenía entre mis manos la pequeña urna de Leo, lo único que quedaba de mi hijo de seis años.
Fue allí, en medio de mi desolación, buscando el consuelo de mi esposa Sofía, que la encontré, no llorando a nuestro hijo, sino riendo en un rincón apartado con Ricardo, su "amor platónico" de la universidad.
Me oculté, y las escuché: Sofía renegaba de Leo, lo llamaba un "accidente" y una "ruina" para sus mejores años, y lo peor, revelaba que no lo había llevado al extranjero para salvarlo, sino para someterlo a lo que ella burdamente llamó "eutanasia" para estar "libre, sin ataduras" con Ricardo.
Mi campeón, mi pequeño Leo, no había luchado en vano por su vida, solo para ser sacrificado por el egoísmo de su propia madre, quien además me despreciaba y me veía como un "bueno para nada", una carga.
El impacto de esta verdad monstruosa destrozó lo que quedaba de mí, transformando mi dolor en una furia helada. No era suficiente con huir, la justicia para Leo exigía una venganza que ni Sofía ni Ricardo jamás olvidarían. El Engaño de Nuestros Padres
Ciencia Ficción El aire en mi cuarto era pesado, cargado con la presión de un futuro que no pedí, hoy era el día de mi examen de ciudadanía.
Pero el nombre en la pantalla de mi celular me heló la sangre: Miguel, mi hermano, desaparecido hace tres años.
"No vayas al examen. No confíes en ellos. Te estoy buscando." Decía el mensaje, cada palabra taladrando mi mente.
Era imposible, las autoridades lo daban por muerto, mis padres adoptivos, Elena y Javier, me habían convencido de que siguiera adelante, de que lo aceptara.
Pero yo nunca les creí.
Mi pulso se aceleró, y un nuevo mensaje apareció, "¡ES UNA TRAMPA! ¡NO VAYAS!"
Miré a Elena, su sonrisa forzada, sus ojos duros, y la ira con la que destrozó la única foto que conservaba de Miguel.
Un brillo metálico en su muñeca, un tatuaje en el cuello de Javier, la verdad se revelaba: no eran mis padres.
Eran impostores que me arrastraban a una trampa, ¿pero por qué?
En un acto desesperado, grité el nombre de Ricardo, el mejor amigo de Miguel, la única persona en la que creía poder confiar.
Me ayudó a escapar, o eso pensé, hasta que un mensaje me advirtió: "RICARDO MIENTE. ÉL LOS CONTROLA."
Y lo vi, en la ventana, con una sonrisa fría y triunfante, el mismo Ricardo, mi salvador, era mi verdadero carcelero.
Mi corazón se rompió, no había escapado de una jaula, solo había llegado a otra.
Mientras intentaba huir de nuevo, mi teléfono sonó, era el Dr. Salazar: "Su hermano... Miguel, falleció esta mañana."
No, no otra vez, ¿era todo una alucinación, un truco de mi mente traumatizada?
"Muerto. Muerto. Muerto." La palabra resonaba.
Si Miguel estaba muerto, ¿por qué me había estado advirtiendo?. Solo había una forma de saberlo.
"Si mi hermano está muerto, quiero ver su cuerpo," dije, mi voz temblaba, pero era firme, "quiero ir a la morgue."
Era la única manera de saber la verdad, una verdad que estaba a punto de romperme o liberarme. La Venganza De Mamá
Suspense Un grito agudo.
Mi nieto Pedrito, de solo cinco años, cayó del balcón.
Sin pensarlo, me abalancé para atraparlo, protegiéndolo con mi cuerpo.
El dolor fue cegador: brazo roto, costillas fracturadas.
Pero mi hija Lucía solo corrió hacia él, gritándome: "¡Casi matas a mi hijo! ¡Eres una inútil!"
Mi yerno Miguel reforzó su desprecio: "Siempre causando problemas."
Tirada en el suelo, me di cuenta: ¿cinco años sirviéndoles, dándoles mi dinero, y así me pagan?
No me preguntaron si estaba bien, solo vieron una carga.
Escuché a Miguel decir en el hospital: "¿Quién va a pagar esto? No tenemos seguro para ella."
Lucía sugirió: "Que use sus ahorros. Para eso los tiene, ¿no? Para emergencias."
Luego, planearon la estocada final: querían la casa de mis padres, mi único patrimonio.
"Si nos la pones a nuestro nombre, podemos usarla como garantía para un préstamo."
¿Mi casa, mi futuro, a cambio de mi propia atención?
Recordé mi vida antes, mi paz, mi libertad.
¿Todo fue una mentira?
Una claridad fría me invadió. Los miré a la cara.
"No," dije, mi voz más firme que nunca.
"¿Cómo que no? Mamá, es por tu bien," replicó Lucía, atónita.
"Dije que no," repetí, mi barbilla en alto. "Esa casa es mía. Y mi dinero es mío. No les voy a dar nada más."
Su máscara se cayó, revelando el desprecio absoluto.
"¡Eres una vieja egoísta!"
"¿Qué hacen por mí? ¿Explotarme? ¿Usarme como su criada?"
"Se acabó, Lucía. Se acabó."
La furia en sus ojos era aterradora, pero por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo. Sentí que despertaba de una larga pesadilla. Mi Amor, Mi Verdugo
Romance Me llamo Patrick. Amaba a Scarlett Salazar, la Reina del Tequila, una mujer que dejó todo, incluso a su adinerada familia, para estar con un humilde jimador como yo. Juntos, soñamos con un futuro lejos de su imperio.
Pero su familia impuso una condición cruel: debía tener un hijo para asegurar su linaje, no conmigo, sino con Leon Hewitt, el heredero de la familia rival. Me pidió que esperara, una y otra vez, mientras ella compartía su cama y su vida con otro hombre, una tortura silenciosa que me consumía.
Fui acusado falsamente de envenenar a su hija y sabotear una fiesta, sufriendo humillaciones públicas y brutales palizas, mientras Scarlett, la mujer que una vez lo arriesgó todo por mí, se mostraba indiferente o incluso me culpaba. En un momento de pura desesperación, fui empujado por ella y golpeé mi cabeza, viéndola correr a consolar al hombre que se burlaba de mí, mi rival.
¿Cómo era posible que el amor que me había prometido ser eterno se transformara en una indiferencia tan fría, en una traición constante que me dejaba en un abismo de dolor y desconfianza? ¿Por qué la mujer que una vez me salvó la vida ahora parecía mi verdugo?
Mi corazón, que creía ya no sentir nada, tomó una decisión final. Huí de ese infierno, renunciando al amor que me había destrozado. Me refugié en un remoto pueblo, convirtiéndome en un maestro, buscando la paz en la simplicidad, lejos de intrigas y mentiras. El Precio del Silencio: Mi Hijo Casi Perdido
Moderno El auditorio de la prestigiosa escuela de arte bullía, pero el fulgor del escenario no cegaba tanto como el dolor en mi pecho.
Ahí estaba Ricardo, mi ex, el famoso mariachi que nos abandonó, sonriendo a su nueva familia perfecta.
Con un carraspeo, anunciaron al ganador de la beca de honor: "¡Santiago Vargas!".
No era Mateo, mi hijo.
A mi lado, sentí su mano helarse, la luz de sus ojos desvanecerse.
Había puesto su alma en cada nota, la beca era nuestra, un tesoro en casa.
Pero ahora, la recibió el hijo de un político corrupto.
La gente aplaudía, mientras Ricardo abrazaba a Santiago y a su "compañera" .
Luego, el director, incómodo, anunció un "intento de fraude" por parte de "otro aspirante" .
Las miradas de desprecio se clavaron en nosotros.
"Míralos, son ellos."
"Una familia de la calle, queriendo colarse."
"Qué vergüenza."
La humillación me golpeó, dejándome sin aire; Ricardo ni siquiera nos miró.
Lo había vendido a su propio hijo.
Arranqué a Mateo de allí, caminando entre murmullos, las lágrimas y las palabras ahogadas en mi garganta.
Llegamos a nuestro pequeño departamento, un mundo de distancia de aquel lujo. Mateo se encerró en su cuarto.
El silencio era pesado, asfixiante.
Horas después, un sexto sentido, esa alarma materna, me hizo ir a su habitación. La puerta cerrada con llave.
"¿Mateo? Mijo, ábreme."
Silencio.
"Mateo, por favor."
El pánico subió como marea helada y golpeé la puerta con el hombro.
La cerradura cedió.
Lo encontré en el suelo, pálido, junto a un frasco de pastillas vacío.
Mi mundo se derrumbó.
El grito no fue humano; fue el de un animal herido, de un corazón destrozado.
Con su cabeza en mi regazo, me envolvió una desesperación negra.
Lo había perdido todo: mi pareja, mi dignidad, y casi a mi hijo.
En ese abismo de dolor, un vago recuerdo: una vieja caja de madera de mi abuela.
Nunca le había prestado atención.
Contenía un álbum de fotos y cartas amarillentas.
Una chispa de instinto me dijo que era mi única esperanza.
Cuando los paramédicos se llevaron a Mateo, temblorosa, la abrí.
Fotos antiguas, blanco y negro: mi bisabuelo, un revolucionario.
Y entre las cartas, un nombre que lo cambiaba todo.
Una conexión oculta con una figura clave de la historia de México, cuyo legado de justicia aún resonaba.
La desesperación se volvió furia fría y clara.
No destruirían a mi hijo.
No nos pisotearían impunemente.
Con el álbum en mano, decidí: no me escondería, no lloraría más.
Iba a luchar.
Me planté frente a la Secretaría de Cultura, el imponente edificio que simbolizaba el poder que me había aplastado.
Esperé.
Dos hombres corpulentos salieron de un coche negro: los matones del político.
"Lárgate de aquí, señora. No queremos problemas."
"No me voy hasta que se haga justicia para mi hijo."
El hombre rio, me arrebató el álbum y lo tiró al suelo.
Las fotos de mis ancestros se esparcieron por la acera sucia.
"La justicia es para quien puede pagarla," dijo, empujándome.
Caí de rodillas.
Cuando levantó la mano para golpearme, una voz autoritaria resonó a nuestras espaldas.
"¿Qué está pasando aquí?"
Un hombre de traje, con mirada penetrante, bajaba de un coche oficial.
Era un alto funcionario del gobierno.
Miró a los matones, el álbum destrozado y finalmente a mí.
Sus ojos se detuvieron en una foto boca arriba: la de mi bisabuelo.
El funcionario palideció, recogió la foto con cuidado y me miró con incredulidad y respeto.
"¿Usted es familia de él?"
En ese instante, supe que la balanza de la justicia, por primera vez, se inclinaba a mi favor.
La esperanza, una llama pequeña y temblorosa, volvió a encenderse en mi corazón.
¿Podrá Sofía, una madre sola, enfrentar al poder y la traición que casi destruyen a su familia, o la sombra de Ricardo consumirá su nueva esperanza? El Precio De Su Arrogancia
Romance Diez días antes de mi boda, estaba sentado en el balcón, enrollando pacientemente un cigarro para Lina, un ritual que ella amaba. Era mi acto de devoción, un recordatorio de cómo había renunciado a mi herencia, al imperio vinícola de mi familia en La Rioja, todo por ella.
De repente, la voz suave de su nuevo becario, Flynn, llenó el silencio: "Lina, ¿también le enrollas los cigarros a mano a él?".
Su risa fue corta y despectiva, un sonido helado que nunca había dirigido hacia mí.
Luego, las palabras que destrozaron mi mundo: "Claro que no. Él es solo un perrito faldero que tengo a mi lado. Tú, Flynn, tú eres mi esperanza para el futuro".
El cigarro a medio terminar se deshizo entre mis dedos. El aroma del tabaco, antes sinónimo de lujo y amor, ahora apestaba a traición.
¿Un "perrito faldero"? ¿Así me veía ella después de cinco años, después de que soportara su desprecio, de que aceptara su falso "apoyo" financiero que era en realidad mi propio dinero canalizado?
Ella creyó que me tenía domesticado, que su secreto estaba a salvo.
Pero lo que no sabía era que, en ese instante, mientras su risa resonaba en mis oídos y la joya de la abuela volaba por el balcón, yo ya estaba marcando un número que no llamaba desde hacía cinco años.
La partida de ajedrez acababa de empezar, y yo iba a reclamar cada pieza. Fuga a Buenos Aires: Salvar a Mi Bebé
Suspense Javier me abrazaba por la espalda, sus manos sobre mi vientre de ocho meses.
Durante años, este momento fue todo lo que deseé: ser madre, construir una familia con el hombre que amaba.
De pronto, un escalofrío me recorrió mientras el ecógrafo revelaba la verdad: no eran gemelos, sino un solo bebé.
Mi médico de confianza, insistido por Javier, había mentido; la alegría de mi esposo por "nuestros hijos" era una farsa.
El aire se me escapó cuando escuché su plan: Javier y su amante, Isabella, sincronizando el parto para robarme a uno de los bebés y asegurar el "legado" de los Álvarez.
Mi vida, mi matrimonio, todo lo que creí, se desmoronó con una claridad brutal.
¿Cómo pudo hacerme esto el hombre por el que lo sacrifiqué todo?
El horror no me paralizó; en ese instante, el miedo se transformó en una fría determinación.
No iba a ser su víctima.
Fingí resignación, mientras secretamente trazaba mi escape y mi venganza. Venganza para mi Amiga en Coma
Moderno Mi vida era arte y sol en un apartamento florentino, un lienzo de tranquilidad y promesas.
Una llamada de México detonó la explosión de mi mundo.
"Sofía, es Clara. Hubo un incidente. Está en el hospital. En coma."
Abandoné mis estudios, mi vida artística, todo, y veinticuatro horas después estaba en Ciudad de México.
Allí, mi Clara, la bailarina folclórica llena de vida y de talento, yacía pálida e inmóvil, prisionera de un laberinto de tubos.
La versión oficial hablaba de un intento de suicidio, de una difamación que la destrozó.
Pero yo sabía lo que todos ignoraban.
Sabía la verdad.
Detrás de esa tragedia, detrás de cada calumnia y cada lágrima de Clara, estaba Valeria.
La misma víbora que juró destruir a mi mejor amiga, la que lo consiguió.
Una furia fría se apoderó de mí, más intensa que el dolor.
Ver a Clara así, la mujer que amaba la danza más que a su propia vida, era una injusticia que clamaba venganza.
Mi corazón dejó de llorar por un instante para empezar a calcular.
Sabía que la única forma de llegar a Valeria, de desmantelar su vida pieza por pieza como ella había hecho con Clara, era a través de Mateo, el peón.
Él, el exnovio ignorante, la llave a su círculo.
Así fue como, dos semanas después, en la bulliciosa estación del metro Balderas, Sofía la estudiante de arte se transformó en la inocente becaria que apenas llegaba a fin de mes.
Mi plan de venganza había comenzado. Le puede gustar
Rechazada por mi ex, deseada por su padre
Glitch Petal Tras seis años de relación, Joslyn fue abandonada justo antes de su boda, cuando su novio prefirió a su primer amor antes que a ella.
Entonces llegó una propuesta inesperada, de Connor, el padre adoptivo de su exnovio. "Cásate conmigo. Tendrás todo lo que quieras y podrás vengarte de él".
El acuerdo tenía sus ventajas: una generosa asignación mensual, abundantes recursos a su alcance, un marido que prácticamente nunca estaba en casa y el puro placer de restregarle a su exnovio su nueva posición social.
Pero el esposo distante que esperaba se volvió posesivo.
Mientras su ex le suplicaba públicamente que le diera otra oportunidad, Connor la atrajo hacia sus brazos. "Si vuelves a decir eso, te expulsaré de la familia para siempre".
Solo más tarde Joslyn descubrió la verdad: Connor había pasado seis años planeando hacerla suya.
Creyendo que solo era un trato beneficioso, ella aceptó.
¿Viajes constantes? Una completa mentira. ¿Y la promesa de que cada uno viviría su propia vida? Otro engaño cuidadosamente urdido. En su noche de bodas, él la tenía inmovilizada bajo su cuerpo, y sus besos le robaban el aliento. Y noche tras noche, seguía volviendo a casa, completamente obsesionado con ella. La esposa rechazada es multimillonaria
Leeland Lizardo Durante siete años fui la esposa perfecta y silenciosa, ocultando mi verdadera identidad mientras trabajaba como enfermera de urgencias.
Hasta que mi multimillonario esposo irrumpió en mi sala con una mujer cubierta de sangre en sus brazos. Era Allena, la prometida de su primo.
Me empujó con violencia para protegerla. Al examinarla, mis instintos médicos revelaron la repugnante verdad: una hemorragia interna masiva causada por relaciones sexuales salvajes. Él me arrojó un cheque de cien mil dólares para comprar mi silencio. Poco después, cuando sus amigos me acorralaron para humillarme, él volvió a empujarme para salvar a su amante de un simple café derramado. Mi cuerpo salió volando y mi brazo se estrelló contra una mesa de cristal, abriendo una herida profunda que empapó la alfombra de sangre.
Él se quedó paralizado, pero ni siquiera intentó ayudarme; seguía abrazándola a ella. Recordé cómo tuve que falsificar un aborto y esconder a nuestra hija durante cinco años porque él amenazó con destruirme si alguna vez quedaba embarazada. Todo mi amor y sumisión se convirtieron en puro asco.
Con escalofriante calma, me até un torniquete con los dientes, estampé mi sangre directamente en su impecable traje a medida y lo miré a los ojos.
"Terminé contigo."
El contrato matrimonial expira en tres días. Es hora de despertar a mi verdadera identidad, vaciar su penthouse y dejarlo rogando entre las ruinas. ¿Cómo domar a un boxer salvaje?
Sable Thorn Al regresar a su ciudad natal para una cita a ciegas, Verena esperaba encontrar estabilidad, pero no a Asher, un rudo entrenador de boxeo que parecía tener demasiada confianza en sí mismo.
Cuando le preguntó por qué alguien como él había optado por una cita a ciegas, respondió que simplemente era exigente con las mujeres. ¿Su opinión? Demasiado superficial. Desde luego, no era alguien en quien pudiera confiar.
Convencida de que no era de fiar, ella mantuvo las distancias. Sin embargo, el hombre aparecía por todas partes, llenando sus días de comentarios burlones y encuentros sospechosamente oportunos.
Verena supuso que se trataba de un simple coqueteo, sin darse cuenta de que él llevaba años esperándola en silencio.
Hasta que un día, las cosas dieron un giro. Cuando ella lo acorraló y lo desafió, el hombre, por lo general descarado, se puso rojo.
"Soy un tipo decente", insistió, mientras ella luchaba por no reírse de su inesperada inocencia. Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta
Autumn Breeze Fui al Registro Civil para pedir una copia de mi acta de matrimonio. Llevaba tres años casada con el heredero de los Cooley, o al menos, eso creía.
El funcionario me miró con pena a través del cristal y soltó la bomba:
"No hay registro. El acta nunca se devolvió. Legalmente, usted es soltera".
El mundo se me vino encima. Gray me había prometido encargarse del papeleo el día de nuestra boda.
Justo en ese momento, mi teléfono vibró. Una notificación de un álbum compartido titulado *Nuestro pequeño secreto*.
Al abrirla, vi una prueba de embarazo positiva y mensajes de texto fechados esa misma mañana:
"Aguanta un poco más, nena. Hoy se libera el dinero del fideicomiso. Mañana echo a esa mula estéril a la calle y seremos libres".
Era mi esposo hablando con Brylee, mi mejor amiga y dama de honor.
Entendí todo de golpe con una náusea violenta. No era una esposa, era un accesorio necesario para cobrar una herencia.
Me usaron para cumplir el requisito de tres años del fideicomiso. Se burlaban de mi infertilidad -la cual sufrí por salvarle la vida a Gray en un accidente- mientras ellos esperaban a su "verdadero heredero" a mis espaldas.
Planeaban dejarme sin un centavo, sin reputación y humillada al día siguiente.
Me limpié las lágrimas y saqué mi labial rojo sangre del bolso.
En lugar de confrontarlos llorando, llamé al enemigo mortal de la familia, el despiadado magnate Hjalmer Barrett.
"Sé que odia a los Cooley", le dije con voz firme al teléfono. "Yo tengo las llaves para destruirlos y quitarles todo. A cambio, quiero casarme con su hijo, la Bestia de Wall Street".
Esa noche volví a casa con una sonrisa, lista para convertir sus vidas en un infierno. Nunca más seré tuya
IReader Desde que Ryan la acogió, Camila había intentado ser razonable y agradable, adaptándose a sus cambios de humor.
Él la había criado, pero ella nunca lo vio como pariente; estaba segura de que terminarían juntos.
El día que cumplió veinte años, lista para confesar sus sentimientos de nuevo, la mujer que él amaba regresó al país.
La joven escuchó a su tío hablando con sus amigos sobre ella: "Camila es solo una niña para mí; nunca podría verla de esa manera. La única persona a la que amo es Olivia".
Ella se alejó, y Ryan se derrumbó.
Más tarde, en su boda, Camila sonrió radiante en su vestido blanco de novia. Ryan suplicó: "Me arrepiento, Camila. Por favor, no te cases con él".
Con calma, ella dijo: "¿Puedes dejarme ir? Mi esposo me está esperando". De exesposa humilde a magnate brillante
Dream Weaver Durante tres años, Christina se dedicó totalmente a cuidar su amado, solo para que el hombre en quien confiaba la desechara sin piedad. Para colmo, él trajo a su nueva amante, convirtiéndola en el hazmerreír de la ciudad. Liberada, perfeccionó sus talentos olvidados y dejó a todos boquiabiertos con un éxito tras otro. Cuando su exmarido descubrió que en realidad ella siempre era un tesoro, el remordimiento lo llevó a buscarla de nuevo. "Cariño, volvamos". Con una sonrisa fría, Christina le escupió: "Déjame en paz". En ese momento, un magnate impecablemente vestido la rodeó con su brazo: "Ahora está casada conmigo. ¡Guardias, sáquenlo ahora!".