Mei Jiao
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Libros y Cuentos de Mei Jiao
Corazón Roto, Alma Renacida
Urban romance El aire en la cocina del hotel Grand Palacio era espeso, una mezcla de aceite de trufa, sudor y el chismorreo constante de la recepcionista, la Chismosa.
De repente, un comentario de mi compañero, Marco López, el subgerente, me golpeó como un mazazo.
"Parece que hay un escándalo en el piso de arriba, en una de las suites de lujo… dicen que es una influencer de fitness muy famosa."
La gente murmullaba a mi alrededor, susurrando el nombre de mi novia.
"La gente está diciendo que es tu novia, Sofía."
Mi cuchillo se detuvo sobre el perejil.
La cocina quedó en un silencio sepulcral, y la sonrisa de triunfo de Marco me llenó de una ira fría.
"Qué pena, Ricky. Tanta chamba para que te pongan los cuernos en tu propio lugar de trabajo, qué humillación."
Mi corazón se apretó, pero no era la primera vez que vivía este momento.
La última vez, esta misma humillación me destruyó, me llevó a un abismo de dolor y locura.
Sofía, mi amor, murió en un accidente de coche mientras huía de los paparazzi que Marco había enviado.
Y yo, en mi desesperación, fui asesinado por él en un estacionamiento.
Pero esta vez… esta vez es diferente.
Porque volví.
Mis ojos se abrieron en esta misma cocina, en este mismo infierno, con el olor a ajo y cebolla anclándome a una nueva realidad.
Tengo una segunda oportunidad, y sé la verdad.
Sé que la mujer en esa habitación no es Sofía, sino Brenda, la prometida de Marco.
Esta vez, Marco no solo no ganará, sino que pagará con creces por cada gota de dolor que sembró.
"¿Y tú le crees a la Chismosa?" pregunté con una calma que lo descolocó.
La venganza se sirve fría, y la mía apenas estaba comenzando. El Incendio Que Cambió Todo
Fantasía El fuego rugía y el humo llenaba mis pulmones, mientras yo, Sofía Rivas, quedaba atrapada en nuestro lujoso apartamento en llamas.
Afuera, entre el caos y las sirenas, escuché la voz de mi esposo, el célebre chef Ricardo Méndez, una voz que me heló: "¡Sofía Rivas es mi esposa, tiene la voluntad de sacrificarse! ¡Salven a Elena Durán a toda costa!" .
En ese instante, todo encajó: Ricardo también había reencarnado y, a diferencia de nuestra vida pasada donde él me salvó priorizando a nuestro bebé, esta vez me abandonaba, embarazada de dos meses.
Viendo a Ricardo correr hacia el fuego por Elena, con los ojos inyectados en sangre, me di cuenta de que su arrepentimiento no era haber salvado a su esposa e hija, sino no haber rescatado a su doctora de cabecera.
"Bebé, en esta vida, no necesitamos un papá" , susurré mientras las llamas me consumían y Ricardo, indiferente y vacío, huía con Elena en brazos, sellando mi destino.
Logré escapar del infierno, solo para enfrentar su desprecio: Ricardo priorizó a Elena en la ambulancia, ignorando mis quemaduras y humillándome ante todos.
Permanecí tres días en coma, sola, sin una visita suya, solo me esperaban facturas de hospital impagables.
Ricardo apareció al quinto día, con Elena, quien lucía un costoso vestido y caminaba sin cojear, mientras él, protector, le reprochaba: "¡¿Qué, te duele que gaste dinero en suplementos para la Dra. Durán?!" .
Luego, Elena soltó la bomba: "¡Pronto me mudaré al apartamento de al lado del suyo!" , una clara provocación que Ricardo aprobó con cariño.
Él se negó a reconocer la verdad, insistiendo en su "pura camaradería" con Elena, me abandonó y juró que "trabajaría horas extras con frecuencia" con ella, dejando claro que yo no era más que una molestia.
Mi corazón se llenó de una amargura helada al ver que despreciaba mi embarazo, no por el bebé, sino porque en su mente, lo usé para "chantajearlo" y salvar mi vida en la vida pasada.
Con un plan en mente, y esperando el momento de mi examen de ingreso a la universidad, descubrí su última traición: mi cupo, por el que me esforcé, había sido entregado a Elena.
"¡Ella merece ir a la universidad más que tú!" , me espetó con desdén, y me echó de la casa, dejándome de pie en la nieve.
Ese día, Sofía Rivas no solo decidió divorciarse, sino que, con determinación de acero y un sello rojo oficial, se propuso recuperar su destino y, con él, la vida que siempre soñó. El Sabor Amargo del Amor
Ciencia Ficción El aroma del mole de olla de la abuela, que para mí siempre fue sinónimo de hogar y de amor, llenaba cada rincón de nuestra casa.
Desde niña, mis manos habían aprendido el arte de la cocina, y todos en la familia me llamaban Sofía, la heredera del don de la "Maestra de la Tortilla".
Pero mi hermana menor, Isabella, siempre evitó los fogones, prefiriendo la moda y las conversaciones ligeras.
Por eso, nadie dudó que yo representaría a la familia en el Día del Concurso Nacional de Cocina Mexicana.
Hasta que todo cambió.
Una tarde, justo antes del concurso, Isabella se acercó a la cocina con una sonrisa extraña.
"Hermanita, ¿puedo intentar?", preguntó con una voz inusual.
La miré extrañada; a ella nunca le había interesado la cocina.
Algo en sus ojos me inquietó, pero le cedí mi lugar.
Sus manos torpes se movieron con una gracia y precisión que nunca le había visto, moliendo especias con un ritmo perfecto.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Era imposible.
El día del concurso, la tensión era palpable. Yo era la favorita, la promesa culinaria.
Pero Isabella estaba a mi lado, con una calma que me aterrorizaba.
El primer reto fue anunciado: tortillas ceremoniales, la especialidad de la abuela, ¡mi especialidad!
"¡Ay, qué nervios!", exclamó Isabella para que todos la escucharan. "Sofía lleva meses practicando para esto. Yo apenas sé cómo empezar. Ojalá mi don natural sea suficiente."
Sus palabras, llenas de falsa modestia, me golpearon. Miré a mi abuela, que sonreía con confianza desde el jurado.
La prueba comenzó.
Tomé la masa, pero estaba fría, sin vida. Intenté palmear la primera tortilla y se deshizo entre mis dedos.
Mis manos temblaban sin control. Ya no eran las manos de una chef.
Mientras tanto, Isabella era un espectáculo. Sus manos volaban.
Cada tortilla que salía de su comal era perfecta, redonda, inflada, con un aroma a maíz criollo.
El jurado y mi familia la aclamaban.
"¡Increíble! ¡Es un genio!", exclamó un juez.
Isabella, con lágrimas en los ojos, se dirigió al jurado.
"No es mi culpa. Este don... simplemente apareció. Mi hermana Sofía es la que ha estudiado, la que ha tenido a la mejor maestra. Pero creo... creo que se ha vuelto perezosa. Ha confiado demasiado en su técnica y ha olvidado el corazón."
La gente murmuraba. Las miradas de admiración se volvieron de decepción, todas dirigidas a mí.
Me sentí vacía, débil, como si mi talento me hubiera sido arrancado de golpe.
Intenté hablar, pero las palabras no salían.
Solo vi a mi abuela levantarse, con el rostro endurecido por la decepción.
"Me has avergonzado, Sofía", susurró con voz mortal. "Has manchado el nombre de esta familia. El lugar en la escuela culinaria de élite es para quien lo merece. Es para Isabella."
Cada palabra fue un golpe. Mi mundo se derrumbó.
No solo perdí el concurso, perdí mis recetas, mi futuro, y lo que más me dolía, perdí a mi abuela.
Isabella se acercó, me abrazó y me susurró al oído con voz llena de veneno y triunfo.
"Gracias por el regalo, hermanita. El sistema funciona a la perfección."
Caí al suelo, mi cuerpo convulsionando, un dolor insoportable me desgarraba por dentro.
En la oscuridad de mi inconsciencia, tuve una visión.
Me vi a mí misma, radiante, cocinando, y de mi cuerpo salían hilos de luz dorada, de energía, de conocimiento.
Al otro extremo de esos hilos estaba Isabella, absorbiéndolo todo, como un parásito.
Vi cómo el "sistema" era una red invisible que me drenaba la vida.
Comprendí: ¡me lo habían robado!
Cuando desperté, sola y débil, en una clínica de pueblo, mis puños se apretaron.
No podía dejar que Isabella ganara.
Recordé las historias de la abuela, sobre un antiguo mercado en Oaxaca, "El Corazón de la Tierra", un lugar ancestral lleno de poder.
Me subí a un autobús, temblando de fiebre, mientras veía la cara sonriente de Isabella anunciada como "La nueva reina de la cocina mexicana".
Iba a recuperar lo que era mío, aunque me costara la vida. Vendida por un Sueño de Lujo
Moderno El olor a aceite y metal era el único perfume que había conocido como hogar, mi taller, "El Engrane de Oro", el legado de mi familia.
Llevaba ciento ochenta y tres días con un letrero de "Se Vende" colgado, una lápida para mi historia, por culpa de desarrolladores ambiciosos y la insistencia de Isabella, mi prometida.
Sesenta y dos veces, hombres con trajes caros pisotearon el suelo manchado de grasa que tanto amó mi padre; sesenta y dos veces, Isabella me presionó para vender, usando la promesa de nuestra boda como un arma dulce y venenosa.
"Miguel, piénsalo", me decía con esa voz suave. "¿Y nuestra boda, Isa?". "En cuanto vendas, mi amor", respondía.
El día que firmé la venta, algo se rompió dentro de mí, más fuerte que cualquier motor V8, más fuerte que cualquier taladro neumático. Mi alma se hizo añicos.
Esa noche, mientras ella celebraba nuestro "futuro" con el abogado de la constructora, yo cambié mi estado en Facebook de "En una relación con Isabella Reyes" a "Soltero", un clic silencioso pero definitivo.
Al día siguiente, en la fiesta de celebración, vi a Isabella riendo junto al abogado de ojos de serpiente. Su mano estaba en su espalda, un gesto demasiado familiar, y ella no se apartó.
Fue entonces. Ella ya no era la mujer que me cuidó cuando tuve gripa. Era una extraña que vendió mi alma.
La venta del taller no era el principio de nuestro futuro, era el fin del mío con ella. Necesitaba escapar de esa mentira.
Cuando me pregunté a dónde ir, una llamada de un número desconocido ofreció una chispa de vida: mi solicitud para el programa "Jóvenes Constructores" había sido pre-aprobada, el sueño comunitario de mi padre.
"¿Estás seguro?", preguntó una voz al otro lado de la línea. "Más seguro que nunca", respondí, sin saber que era el disparo de salida de mi nueva vida. Mi Dinero, Mi Destino: La Batalla por la Dignidad
Moderno Trabajé cuarenta años como cocinera en la bodega, soñando con mi jubilación y cuidar a mi nieto. Pero el día que Lucía, la novia de mi hijo, quedó embarazada, mi marido Javier me exigió algo inesperado: firmar unos papeles para ceder mi pensión vitalicia.
No era para Javier ni para mi hijo Mateo, sino para Sofía, la amiga de la infancia de Javier, su primer amor y quien, supuestamente, "la necesitaba". Mi corazón se detuvo al ver su nombre. Cuando los confronté, escuché la verdad de sus bocas: mi marido llevaba años dándole su sueldo a Sofía, y mi esfuerzo de toda una vida era para ellos un "asunto menor".
Intentaron acorralarme, ofrecerme una miseria por mi propio dinero. La rabia me llevó directo a casa de Sofía, donde descubrí a mi propio hijo entregándole regalos mientras ella le envenenaba contra mí. La abofeteé, y mi marido, sin dudarlo, me agredió, echándome de la casa de su amante.
Volví a la mía, donde Javier ni siquiera me pidió perdón. Amenazó con traer a Sofía a vivir con nosotros si no firmaba. Y entonces lo supe: si querían mi dinero y mi casa, que lo tuvieran. Con una maleta en la mano, salí de mi vida de cuarenta años, mientras Sofía y Javier me rociaban con agua sucia desde el balcón, riéndose de mi "estupidez".
Pero en mi corazón no había lágrimas, solo una calma helada. La venganza es un plato que se sirve frío, y yo acababa de empezar a cocinar el mío. Venganza DE Una Abuela
Moderno Mi nieto Mateo era la luz de mi vida, un chico de diez que soñaba con ser ingeniero. Vendía tamales conmigo, sin quejarse. Pero un día, todo se vino abajo.
Lo asesinaron por intentar grabar al hijo del alcalde, un matón. ¿La policía? Declaró que fue una riña de pandillas, limpió las manos del asesino y culpó a mi Mateo. ¡Caso cerrado!
Me convertí en una paria. El pueblo me evitaba, los medios, controlados por el alcalde Morales, me difamaron como una loca extorsionadora. La esposa del alcalde me ofreció dinero sucio para callarme, pero al rechazarlo, las amenazas se hicieron reales. Mi casa amaneció pintada con insultos: «MATEO RATA». La policía, cómplice del poder, me agredió y pisoteó la única foto de mi Mateo. Estaba sola, sin voz, sin dinero.
¿Cómo iba a pelear contra un sistema tan corrupto? ¿Cómo obtener justicia cuando todos los hilos se movían en su contra? La rabia y la desesperación me consumían.
Pero entonces, vi la Medalla al Valor Heroico de mi hijo, un infante de marina muerto en servicio. Recordé las palabras del Almirante en el funeral: «Su familia es nuestra familia. Nunca estarán solos». Con esa medalla como mi única esperanza, sin nada que perder, vendí mis pocos ahorros y viajé doce horas hasta la base naval. Allí, bajo el sol poniente, con la medalla en la palma, me arrodillé frente a la reja, esperando. ¿Respondería el Almirante a la promesa hecha a un héroe? Mi lucha por la justicia apenas comenzaba. Tarde para el Arrepentimiento
Romance Un torero carismático. Una bailaora talentosa. Su amor, un sueño español. Pero tras una noche de caos en una verbena, mi esposo, el famoso Mateo Vargas, declaró públicamente: "El hijo de Valeria es mío". Con esas palabras, no solo negó a nuestro propio hijo por nacer, sino que me acusó, insinuando que mi embarazo era fruto de una infidelidad.
La humillación fue insoportable. Fui obligada a abortar a nuestro bebé mientras Mateo mimaba a su supuesta amante, Valeria Soler. Ambos se confabularon, tendiéndome trampas una tras otra, haciéndome pasar por mentirosa, manipuladora y loca. Me empujaron al abismo, dejándome al borde de la muerte física y emocional. Mi propio hogar se convirtió en una prisión donde yo era un fantasma.
¿Cómo pudo un hombre al que entregué mi alma transformarse en tal monstruo? ¿Cómo pude ser tan ciega, tan ingenua? Sentí que no había límite para su crueldad y la de ella.
Pero la desesperación me dio un nuevo propósito. Ya no era la víctima, sino la estratega. Para el cumpleaños de Valeria, preparé un "regalo" inolvidable. Delante de todos, expuse la verdad: la conspiración de Valeria con su verdadero amante y la cruel realidad de mi aborto forzado. Mateo, cegado por la furia, se desató contra Valeria, quien perdió al bebé y terminó encarcelada. Mi familia, los Montenegro, trajo justicia, despojando a Mateo de todo. Yo renací, abandoné el pasado y bailo mi propia vida, más fuerte y libre. Le puede gustar
Su Heredero, Su Huida
Jin Yi Ye Xin Yo era la mujer que sacó a mi esposo, el magnate tecnológico Damián Ferrer, de la miseria. Nuestra historia era un cuento de hadas moderno que todos conocían.
Entonces descubrí que estaba embarazada. Pero el bebé no era mío. Era un embrión creado por él y mi peor enemiga, implantado en mí sin mi consentimiento. Yo solo era una madre sustituta para su heredero.
Cuando mi madre estaba muriendo, se negó a ayudar, dejando que pereciera por negligencia médica porque estaba demasiado ocupado con su amante.
Cuando intenté irme, hizo que inhabilitaran a mi abogado y me encerró en nuestra mansión, prisionera en una jaula de oro. Me sujetó contra una pared y me dijo que yo era su propiedad para siempre.
Después de que me sometió a un aterrador procedimiento médico solo para recordarme quién tenía el control, supe que el hombre al que había salvado era un monstruo.
No solo me había traicionado; había asesinado a mi madre y robado mi cuerpo.
Así que hice un trato con su mayor rival. Le vendí mi participación mayoritaria en su empresa por quinientos millones de dólares y un plan para desaparecer. En la cubierta del superyate que llevaba mi nombre, fingí un aborto espontáneo, provoqué una explosión y me arrojé al mar.
Damián Ferrer creería que estaba muerta. Creería que había llevado a su esposa y a su preciado heredero al suicidio.
Que viviera con eso. Renacer para su amor salvaje
Flyhigh El día de mi boda, la pantalla gigante del salón debía mostrar un video romántico de mi prometido y yo.
En su lugar, proyectó un video sórdido, un deepfake de mí con otro hombre.
Mi prometido, el célebre magnate tecnológico Eduardo Kuri, me señaló frente a toda la alta sociedad de la Ciudad de México.
—Amelia Montenegro, eres una vergüenza.
Mi propio padre dio un paso al frente, no para defenderme, sino para condenarme. Me repudió públicamente, anunciando que tenía otra hija, más bondadosa, que tomaría el lugar que me correspondía.
Hizo un gesto hacia un lado, y mi media hermana ilegítima, Dalia Ramírez, apareció, con un aire inocente y frágil.
Traicionada por los dos hombres que más amaba, huí del salón, consumida por la humillación. Al salir corriendo a la calle, un coche me arrolló con una fuerza espantosa.
Mientras moría, floté sobre mi propio cuerpo destrozado. Vi cómo Eduardo y Dalia se abrazaban, su misión cumplida. Pero entonces lo vi a él. Joaquín Elizondo, un invitado a la boda, cayó de rodillas a mi lado, su rostro desfigurado por un dolor primitivo, animal.
Abrí los ojos de nuevo. Estaba de vuelta en mi penthouse, apenas unos días antes de la boda que se suponía que sería mi fin. Mi Perro, Mi Venganza
Hua Jian No creí que mi décimo aniversario de bodas pudiera ser peor.
Ricardo, mi esposo, me citó en "La Cima" , el restaurante más exclusivo de la ciudad, un lugar adornado con pétalos de rosa y velas que gritaban romance.
Pero la película no era mía.
Mi corazón se hizo pedazos al verlo ahí, no solo, sino con Isabella, su "gran amor perdido" de la universidad, entregándole una cajita de terciopelo.
Luego escuché la risa de mi hija, Valentina, diciéndole: "Papá, ¿le gustó el regalo a Isa?" y a Ricardo sonreírle.
Isabella, con una crueldad helada, añadió: "Tu papá me dijo que el ingrediente principal es algo que tu mamá odiará. Eso lo hace aún más delicioso."
¿Y luego Valentina gritó: "Sí, el estúpido de Churro. ¡Por fin nos deshicimos de ese perro molesto!"
Mi pequeño chihuahua, mi compañero fiel. ¿Era una broma cruel?
Ricardo remató: "Tu mamá siempre amó más a ese perro que a las personas. A ver si con esto aprende cuál es su lugar."
La náusea me invadió. Las dos personas que más amaba habían sacrificado a mi Churro para sellar su despreciable nueva unión. ¿Cómo pudieron ser tan monstruosos?
Con el alma en cenizas, mi cerebro de abogada se encendió. No tenían idea de con quién se estaban metiendo. Renacida En Tu Amor Brillo
White La música clásica llenaba el gran salón, pero para mí, Sofía Rivas, sonaba a marcha fúnebre mientras observaba a mi esposo, Alejandro Vargas, el flamante magnate inmobiliario.
Su perfecta sonrisa no era para mí, sino para Mariana Soto, la joven a su lado, la misma que, meses atrás, había sido el "error" de una noche y que, ahora, reaparecía milagrosamente embarazada tras un desastre natural.
Mis suegros me interceptaron, sus miradas frías como advertencia, exigiéndome "comprensión" para la "pobre chica sin nadie", antes de reprenderme por mi palidez.
Mariana, con su estudiada inocencia y una mano protectora sobre su vientre, se acercó para agradecer la "amabilidad" de Alejandro, actuando la víctima perfecta.
"No te preocupes", le dije, mi voz cortante como cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres".
La confrontación culminó cuando, al acercarse Alejandro, Mariana dramatizó una caída, y él, sin dudarlo, me miró con una fría y dura acusación: "¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!".
Mi mundo se desmoronó mientras él me exiliaba a un apartamento, supuestamente para darle "tranquilidad" a Mariana, pero en realidad, para echarme de mi propia casa.
La traición se grabó aún más profundo cuando, tras mi decisión de divorciarme, él contestó una llamada de Mariana y se fue corriendo, dejándome sola, con sus palabras vacías de "no me dejes" resonando.
El estrés y el vacío me consumían, los mareos se hicieron constantes, un susurro de algo mucho más oscuro anidando en mí.
Las publicaciones de Mariana en redes, con fotos de su vientre y Alejandro, eran puñaladas diarias, diseñadas para humillarme.
"¡Congelaste las cuentas! ¡Estás siendo increíblemente egoísta y cruel!", me gritó Alejandro, indignado al ver que protegía mis finanzas.
"Todo lo que tengo lo he construido yo misma, y no voy a permitir que tú ni nadie me lo arrebate", respondí, mi voz ahora firme, mientras me preparaba para la fiesta de revelación del género del bebé, un último acto público.
La revelación en la fiesta fue cruel, Mariana, fingiendo amenazas, insinuó que yo era la culpable, y mi suegra, sin mediar palabra, me abofeteó.
El pánico estalló cuando Mariana simuló un problema con el bebé; en el caos, le entregué a Alejandro los papeles de divorcio que había preparado.
"Firma ahora, Alejandro, o te juro que convertiré tu vida en un infierno del que ni tu madre podrá salvarte", exigí, y él firmó, sin saber que liberaba mi venganza.
De nuevo en casa, encontré mi estudio invadido por las cosas del bebé de Mariana, y Alejandro me echó sin un ápice de arrepentimiento.
Conduje bajo la lluvia, huyendo de una vida que ya no era mía, y un mareo se apoderó de mí, deteniendo el coche en una carretera desierta.
Llamé a Alejandro, mi voz un hilo, pidiendo ayuda, pero él, sin dudarlo, me colgó, argumentando que Mariana lo "necesitaba", dejándome a mi suerte.
La desesperación me invadió, pero unas luces se acercaban: Ricardo Morales, el rival de Alejandro, apareció de la nada.
Ricardo me ayudó a salir del coche, y la oscuridad me venció, lo último que escuché fue: "No se preocupe, yo la cuidaré".
Desperté en su casa, segura, y él, sorprendentemente amable, me reveló que me había estado observando, que siempre supo que yo no merecía lo que Alejandro me estaba haciendo.
El médico llegó con un diagnóstico demoledor: cáncer de páncreas en etapa grave.
Ricardo, sin dudarlo, prometió conseguir al mejor equipo médico, mientras mi corazón se hundía en el abismo. Ojos Robados, Corazón Roto
Li Xiamu Corrí por los pasillos estériles del hospital, con el corazón desbocado.
Después de semanas de oscuridad, Ricardo, el amor de mi vida, por fin había despertado.
Al llegar a su puerta, grité su nombre, las lágrimas de felicidad nublando mi vista.
Pero en la habitación, junto a mi prometido, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, con una sonrisa de triunfo.
«¿Quién eres tú?», me soltó Ricardo, con una voz helada que no reconocí.
Luego de 15 años juntos, me miraba con mis propios ojos, los ojos que le doné para que pudiera volver a ver.
«Mi prometida está aquí, aléjate», añadió, y mi mundo se vino abajo.
Isabel, con falsa compasión, me dijo: «Sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes».
«¿Sirvienta?», susurré, confundida.
Su madre, con una risa cruel, sentenció: «Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella le donó las córneas».
La hermana de Ricardo añadió: «Eres una trepadora. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte. La gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí».
La humillación me quemaba. Me habían robado a mi hombre, mi sacrificio, mi identidad.
«¡No! ¡Eso es mentira! ¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!», grité.
Pero su madre ordenó a seguridad que me sacaran al grito de: «¡Vuelve a la mansión ahora mismo! ¡Tienes que preparar la cena! ¡Es lo único para lo que sirves!».
Él solo me miró con indiferencia mientras me arrastraban fuera, rompiéndome el corazón.
Atrapada en esa mansión, me obligaron a cocinar para los que me habían destruido.
Un día, Isabel derramó té caliente sobre mí y Laura, su hermana, me empujó contra la estufa.
Yo, con la piel ardiendo, susurré: «Por favor, necesito algo para la quemadura».
Laura se rio: «Deberías estar agradecida de tener un techo. Limpia ese desastre. Ricardo tiene hambre».
«Por favor, solo déjame hablar con él. Él me escuchará», supliqué.
Entonces, Laura me empujó de nuevo, y mi mano chocó con la olla caliente.
«¡Ya basta!», gritó una voz, era Ricardo, con el ceño fruncido.
Isabel y Laura mintieron, diciendo que me había quemado sola y que estaba obsesionada.
Él se acercó y, sin dudarlo, me soltó: «No sé quién eres, pero ya me cansé de tus mentiras y tu escándalo. Isabel es la mujer que amo. Tú no eres nadie».
Me agarró el brazo herido.
«No vuelvas a molestar a mi familia».
Me soltó con un empujón.
El hombre que me prometió amor eterno, me trataba como basura.
Ese día, mientras limpiaba, vi cómo desenterraban los cactus, el símbolo de nuestro amor.
«¡No! ¡Deténganse! ¡Son míos!», grité, defendiéndolos.
Isabel se burló: «Nada en esta casa es tuyo. Eres una empleada. Quítate o te despido».
Ricardo apareció y, con rabia, empezó a arrancar los cactus con sus propias manos.
Me lanzó uno, las espinas se incrustaron en mi brazo.
«¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa!», me gritó.
«Lárgate. Estás despedida», sentenció Isabel.
Me arrojaron mis cosas a la calle. Me quedé allí, en la acera, arrodillada, mi vida reducida a cenizas y espinas.
¿Cómo pude perderlo todo por la amnesia de él y la malicia de ellos?
Debería haber muerto en ese terremoto.
Un día mi esposo me amó, me adoró, y al día siguiente me golpeó y me echó a la calle.
Me encontró Eduardo, el primo de Ricardo. Me miró con compasión, curó mis heridas.
«Cásate conmigo», me dijo. «Te protegeré. Nadie volverá a lastimarte».
Asentí, sin entender aún por qué.
Pero esa noche, Ricardo encontró algo que podría cambiarlo todo: un viejo álbum lleno de fotos nuestras.