El Lamento De Mi Alma Perdida

El Lamento De Mi Alma Perdida

Livia

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Capítulo

Odiaba a mi hermano Gabriel. Me culpaba por la muerte de nuestros padres y me trataba como basura. Mi prima Ximena, a quien él adoraba, me hacía la vida un infierno en secreto. Cuando por fin encontré el amor y el valor para enfrentarlo y escapar de esa casa, un coche me atropelló y morí. Ahora, como un fantasma, lo veo consumirse por la culpa. "¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente?", gritaba, sin saber que yo flotaba a su lado. Él no tenía idea de que su preciada Ximena era la víbora que me había atormentado durante años, ni que su indiferencia me había empujado a la tumba. Pero la muerte no fue el final. Fue el comienzo de mi venganza. Ahora, atrapada entre dos mundos, observo cómo la verdad sale a la luz, destruyendo todo lo que él creía saber y arrastrándolo a una locura de la que no podrá escapar.

Capítulo 1

Odiaba a mi hermano Gabriel. Me culpaba por la muerte de nuestros padres y me trataba como basura. Mi prima Ximena, a quien él adoraba, me hacía la vida un infierno en secreto.

Cuando por fin encontré el amor y el valor para enfrentarlo y escapar de esa casa, un coche me atropelló y morí.

Ahora, como un fantasma, lo veo consumirse por la culpa.

"¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente?", gritaba, sin saber que yo flotaba a su lado.

Él no tenía idea de que su preciada Ximena era la víbora que me había atormentado durante años, ni que su indiferencia me había empujado a la tumba.

Pero la muerte no fue el final. Fue el comienzo de mi venganza.

Ahora, atrapada entre dos mundos, observo cómo la verdad sale a la luz, destruyendo todo lo que él creía saber y arrastrándolo a una locura de la que no podrá escapar.

Capítulo 1

Renata POV:

Lo odiaba. Odiaba a Gabriel, mi propio hermano, con una intensidad que quemaba mi alma hasta mucho después de que mi cuerpo hubiera dejado de existir. ¿Por qué, Gabriel? ¿Por qué nunca pudiste verme? ¿Por qué el odio era lo único que tenías para ofrecerme?

Su voz resonaba en mi memoria, fría como el hielo de un invierno eterno. "No sé de qué hablas, Renata. Siempre fuiste un problema. Un peso." Cada palabra era una bofetada. Cada vez. Anoche, el destino decidió que mi sufrimiento había durado demasiado. Una luz cegadora. El chirrido de unos neumáticos. Y luego, nada.

Mi vida se apagó en un instante. Un impacto brutal, seco, que me arrancó de la existencia. Pero yo lo veía. Ahora, él se arrastraba por la casa, una sombra de lo que fue. Su mente, antes tan aguda, ahora era un laberinto de culpa y arrepentimiento. Se había vuelto loco, poco a poco. Loco por mí.

La muerte. Paradójicamente, la muerte me trajo una paz que la vida jamás me concedió. Fue como quitarme un peso de siglos de encima. Tenía dieciocho años. Dieciocho años de respirar un aire que siempre me pareció enrarecido, sucio. Ahora, por fin, era libre.

El golpe me lanzó por los aires. Sentí un dolor punzante, como mil agujas atravesándome, pero fue fugaz. Un breve estallido de sensaciones antes de la oscuridad. Agradecí que fuera rápido. Agradecí no haber tenido tiempo de sentir el miedo paralizante, de luchar por una vida que no quería.

Mi cuerpo. Bueno, lo que quedaba de él. Estaba destrozado, irreconocible en algunos lugares. Una muñeca de trapo rota en el asfalto. Pero yo no era mi cuerpo. Yo era una brisa fría, un susurro invisible que flotaba sobre la escena. Podía verlo todo, sentirlo todo, pero ya nada me afectaba físicamente.

La gente se agolpaba. Sus rostros eran un lienzo de horror y piedad. Murmullos de "Qué tragedia", "Tan joven", "Pobre criatura". Lágrimas sinceras, al menos esas sí lo eran. Mi nueva forma, esta alma errante, siguió a mi cuerpo inerte. Floté junto a la ambulancia, observando cómo mi envoltorio mortal era tratado con una delicadeza que nunca conocí en vida.

En el hospital, las luces eran blancas y frías. Manos expertas examinaron lo que quedaba de mí. Susurros médicos, términos que ya no importaban. Después, el destino final de todos los cuerpos: la morgue. Una sala aún más fría, con más luces blancas. Fui depositada en una de esas gavetas metálicas.

Unos minutos después, una enfermera y un médico revisaron mi ropa destrozada. Buscaban algo, una pista, un nombre. No encontraron nada. Ni cartera, ni identificación, ni teléfono. Era una incógnita, incluso en la muerte. La enfermera suspiró. "Qué lástima. Tan joven, y mira qué cara tan bonita tenía antes del impacto."

El médico asintió con tristeza. "Parece menor de edad. Pobre de su familia, si es que la tiene. El dolor que sentirán..." Ah, sí. La ironía. Mi cartera, mi teléfono, todo lo que me conectaba con el mundo, había desaparecido la noche anterior. Robado. Qué conveniente para mi hermano. Mi identificación, mis tarjetas, incluso el poco dinero que tenía. Y mi teléfono, el único medio para contactar con Daniela y Tristán.

El robo ocurrió justo después de la última gran pelea con Gabriel. ¿Coincidencia? Ya no creía en ellas. La verdad es que no recuerdo todo lo que llevaba. Mi mente estaba hecha un desastre esa noche. Dolor, rabia, y la desesperación de escapar. La enfermera, una mujer de mediana edad con ojos cansados, me limpió con delicadeza. Vi una lágrima silenciosa rodar por su mejilla. Una lágrima por una desconocida. Algo que Gabriel nunca me dio.

Me pregunté qué expresión tendría Gabriel cuando se enterara. ¿Horror? ¿Sorpresa? ¿O quizás una extraña sensación de alivio? Mi alma, ahora libre, quería respuestas. ¿Cuánto tardaría en venir por mí? ¿O simplemente me dejaría pudrirme en este frío cajón, olvidado, como siempre?

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