La apuesta del CEO
ntras se encontraba en su escritorio, revisando documentos y gestionando la interminable lista de tareas, su mente no dejaba de regresar al momento en que él le confesó que no solo la veía como un j
n cuestionamientos, no podía ser su única faceta. Pero Emma no iba a permitir que sus emociones se nublaran por esa intrincada mezcla de atracción y de
l la miraba desde su escritorio, cada vez que ella pasaba por la entrada de su oficina, pero no intercambiaban palabras. Ella lo ignoraba, concentrándose en el trabajo com
la tarde, cuando el reloj marcaba las 6:00 p.m., Emma estaba a punto de salir. Tomó su bolso, cerró su computadora
pero ahora con un toque de suavidad que el
un instante antes de girarse hacia
con una tranquilidad inquietante. "Quiero hablar.
azules. "¿De qué se trata esta vez? ¿Piensas que m
abras. Luego, un leve atisbo de una sonrisa apareció en su rostro. "No e
go de siempre, donde tú eres el ganador y yo la p
i necesitara un momento para ordenarse, y luego se dirigió a la ventana de su oficina. "Lo que te dije
a verdad era que no quería escuchar más excusas, no
cuenta de que, para mí, todo esto ha sido un engaño desde el princi
ngaño, Emma. Lo que te dije no fue solo un juego, ni una broma. Cua
aire, pero ella no quería sucumbir a ellas. Él había estado jugando con su vida, con su orgullo. No podía permitirse creer en ninguna
. "Sé que no me crees. Y no te culpo. Pero lo que estoy tratando de decirte es que... no solo te vi como un re
as sus pensamientos chocaban entre sí. ¿Cómo podía ser esto posible?
, "deberías empezar por demostrarlo. No me hagas más prom
de decir. "De acuerdo," dijo él en voz baja. "No te haré más promesas vacías. Pero, lo que
a descolocaba. Ella había estado tan concentrada en proteger su orgullo, en manteners
preguntó ella, sintiendo cómo su mundo se tambale
ntre ellos desaparecía. "Significa que estoy dispuesto a demostrarte que hay
bería creer en él? ¿Debería rendirse y permitir que Sebastián la atrapara en sus redes de
irada con él. "No sé si puedo creer en ti. No sé si p
a esa respuesta. "Lo entiendo. Solo te pido que
astián, tendría que dar el paso ella misma, aunque le aterraba la idea. Porque, en el fondo, sabía que lo que él estaba pidiendo no solo
Sebastián que se quedó allí, en silencio, mirando su vacía silla, preguntándose si alguna vez lograría gana