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Atada a ti

Atada a ti

Mary RM

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Capítulo

Un juego idiota. Una mirada. Una sonrisa. Una conversación. Por todas esas cosas estoy... Atada a ti.

Capítulo 1 El juego

La voz del profesor diciendo que ya se acabó la clase y que no olvidemos entregar mañana el avance del trabajo, me saca un poco del letargo en el que me sumí nada más empezar esta hora.

Odio con todo mi ser la clase de Economía porque es muy tediosa, pero también la amo porque me hace conciliar el sueño que no consigo en casa, y al docente le importa un comino que me duerma en esta, siempre y cuando, entregue mis trabajos.

—Vamos a la cafetería—me dice Carla, mi mejor amiga, y que también estudia derecho conmigo. Las dos somos bastante luchonas y peleoneras, así que esperamos ser unas buenas abogadas en el futuro.

—Vamos—arrastro la voz antes de levantarme de forma perezosa del pupitre y colgarme la mochila en un hombro.

Carla y yo salimos del salón a paso lento. A mí todavía me cuesta volver a la realidad, y siento que estoy flotando en una nube, por lo que mi amiga tiene que sujetarme del brazo mientras caminamos hacia la cafetería de la escuela, la cual no está demasiado llena.

—Te voy a comprar un café, estás toda muerta—dice preocupada cuando me ayuda a sentarme en una silla—, y tenemos examen de Derecho Romano, ¿estudiaste algo?

—Sí—me rio mientras cruzo los brazos sobre la mesa para recostarme otro rato en ellos—. Ya sabes que mi papá no me quita el ojo de encima hasta que no termino de estudiar.

Suelto un bostezo y cierro los ojos. Creo que voy a reprobar ese condenado examen porque tengo un exceso de información en el cerebro. Mi papito lindo se enojará, ya lo sé, pero espero que esto le enseñe a que debe dejarme respirar de vez en cuando. Si no estoy estudiando, estoy en mi clase de piano.

Esta ya no es vida para mí.

—Está bien que él quiera que te conviertas en la mejor, pero está exagerando—gruñe Carla, negando con la cabeza.

—Ojalá alguien lo pudiera hacer entender—susurro—. Ve por ese café, Carlangas. Necesito despertar.

—Ya voy—me dice, al mismo tiempo que saca su cartera de la mochila—. Quédate ahí.

—No me voy a ir a ninguna parte, ¿cómo podría?—respondo con sorna.

—Tan chistosita como siempre—se ríe Carla antes de irse.

Escucho unos pasos suaves cerca de mí y mis fosas nasales perciben un aroma masculino pero muy particular. No es el típico perfume de hombre con toques cítricos, este es distinto. Sorprendida, abro un poquito los ojos y observo que un muchacho se sienta a unas cuantas mesas de distancia, pero justo en mi campo de visión.

Los ojos se me abren más y me enderezo de golpe al ver que es Ángel Linares: el hombre más jodidamente guapo que he visto en mi vida, pero que, obviamente, está fuera de mis ligas. De hecho, está fuera de las ligas de cualquier persona en este lugar porque nunca habla con nadie, siempre estudia, no despega la vista de sus libros o su laptop, la cual ahora mismo está utilizando.

Sé que estudia el tercer año de medicina gracias a mis compañeras, quienes son admiradoras secretas de este tipo. A mí también me gusta en cierto modo, no lo puedo negar, tiene un aura enigmática a su alrededor; sin embargo, también me da miedo. Ángel no se mete nunca en problemas, es muy tranquilo, pero algo en él no me gusta, me intranquiliza y me dice que no debo acercarme.

Me río y vuelvo a mi posición anterior para dormir un poco más. Estoy pensando puras tonterías; ya necesito ese maldito café.

— ¡Oh, por Dios!—susurra Carla, poniendo el café con cuidado en la mesa. Luego, se sienta de manera apresurada.

— ¿Qué, qué pasó?—pregunto, incorporándome otra vez.

—Ángel te miró cuando intentaste volver a dormir—dice, cerca de mi oído—. Fue solo un segundo, pero...

— ¿Y qué tiene eso de especial? Yo también lo miré cuando llegó—me encojo de hombros, intentando disimular la sensación de incomodidad que siento de forma repentina.

—Él nunca mira a nadie, ni siquiera por una fracción de segundo.

—Quizá pasó una mosca y se distrajo—me río y le dirijo una mirada a aquel sujeto, quien sigue estudiando, ajeno a nosotras y al resto del mundo.

—Te lo juro que no, te vio a ti. No estoy ciega, Olivia—gruñe—. Y no es la primera vez que lo hace, siempre te mira cuando nos lo cruzamos, que casualmente es bastante seguido. A mí me parece que le gustas.

— ¿Cómo vas a creer eso?—me burlo, y le doy un trago cuidadoso a mi café para no quemarme—. Si algo tenemos en común es la biblioteca, por eso nos lo topamos seguido.

—Vamos a hacer algo—se frota las manos y sonríe perversamente antes de echarle un vistazo a Ángel—. ¿Qué te parece si te le acercas e intentas hablarle?

—La clase de economía te enloqueció, ¿verdad?—entorno los ojos.

—Algo—admite sonriendo—. De verdad, Oli, acércate y veamos qué pasa. Quiero comprobar mi teoría de que le gustas.

—No pasará nada—digo con indiferencia—. Él no habla con nadie, ya hemos visto que ignora a cualquier persona que se acerca o le intenta hablar.

—Contigo podría hacer una excepción.

—Yo no le gusto, deja de insinuar semejante mentira—me cruzo de brazos—. Solo haré el ridículo si me acerco.

—Si te atreves a hacerlo, independientemente de cual sea el resultado, te daré mil pesos.

— ¡¿Qué?! ¿Por qué gastarías tanto por...?

—Por satisfacer mi curiosidad si soy capaz de gastarlos—se ríe.

— ¿Y si no lo hago, qué?—la reto. Me siento un poco tentada a obtener esos mil pesos, me servirían bastante.

—Si no, tendrás que dármelos tú.

— ¿Pero qué...?

—Tú decides—se encoje de hombros.

—Me niego, no me puedes obligar a dártelos—respondo triunfante.

—Vamos, Oli, hazlo—hace un puchero—. De verdad no me puedo quedar con esta duda clavada.

— ¿Me los vas a dar aunque él me ignore?—le pregunto, y ella asiente.

—Dile un simple hola, espera a ver qué pasa, y esos mil pesos son tuyos—me asegura.

Volteo a ver a Ángel, y este sigue muy concentrado en sus cosas. Estoy segurísima de que no me hará caso, pero sí que lo hará cualquier persona que me vea haciendo esto.

—Seré la comidilla de todo el mundo—gimo de angustia—. ¿Por qué se te han metido ideas tan absurdas en la cabeza?

—Que cobarde eres—masculla, lo cual es un puñetazo a mi orgullo—. No pasa de que te ignore y ya. Y sí, quizá la gente hable de ti, pero yo les diré a todos la verdad, que te pagué, ¿contenta?

—Hmm... eso me parece mejor—sonrío y me levanto de la silla.

Sé que no debo ceder ante las niñerías que me pide mi amiga, pero es que no puedo evitarlo. Carla me proporciona momentos de diversión que jamás vivo en mi casa por pasármela estudiando o haciendo lo que mi padre ordena. Gracias a ella y a nuestros tontos juegos, mi vida no es tan amarga.

— ¿Irás?—cuestiona emocionada.

—Iré. Esos mil pesos no me vienen mal.

Suelto un suspiro audible y comienzo a caminar hacia aquella mesa. El corazón se me acelera mucho y me cuesta no ponerme a temblar como una gelatina; pero tengo que hacerlo, quiero también saber que pasa, aunque ya me lo imagino: voy a llegar y me va a ignorar, entonces tendré los mil pesos, pero regresaré sin dignidad a mi mesa.

Ángel se mueve de repente y se estira un poco en la silla, lo que suma puntos a mi nerviosismo. Me detengo de golpe a la mitad del camino, ya no deseando continuar con esto. Doy media vuelta y me encuentro con la mirada decepcionada y furiosa de Carla.

Me va a matar si no hago esto, estoy segura. Y me quitará mil pesos, romperá mi alcancía de cochinito.

Gruño por lo bajo, y otra vez giro para seguir mi caminata hacia Ángel, que ya volvió a su posición de estudio.

De pronto, ya estoy en su mesa y me siento en la silla que está frente a él.

Y entonces, pronuncio las palabras que nunca debí pronunciar; aquellas palabras que cambiarán mi vida para siempre.

— ¿Te molesta que me siente aquí?—le pregunto, esperando recibir silencio por respuesta.

Sonrío y estoy a punto de levantarme para irme, pero, entonces, Ángel cierra la laptop y me mira. Sus ojos color miel son más impresionantes de cerca y me cortan la respiración.

«Te está mirando, ¡te está mirando! Respira, Olivia, respira.»

—Disculpa, no te quería molestar—murmuro, aunque sé que no me va a responder—. No debí sentarme aquí.

—No me molestas—me dice, sonriendo, lo que me deja helada como un témpano de hielo. Su voz, que nunca he escuchado antes, es hermosa—. De hecho... estaba esperando a que lo hicieras.

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