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La tensión se percibe en el ambiente de la manada Luna Creciente, puesto que, en esos días, sus habitantes han sufrido amenazas y ataques por parte de los lobos solitarios, que andan como ermitaños y causan problemas en diferentes manadas.
Mientras una parte de los lobos guerreros rodea los límites de Luna Creciente, otro grupo ha ido a enfrentar a los intrusos que la asedian. El alfa, Mateus, también investiga los intentos de las brujas sangrientas de romper las barreras que los separan. Este último rumor mantiene a los miembros de la manada aterrorizados.
Aquella tarde de verano, la pequeña Gia juega con su espada de madera junto a su amiga Lía, a pesar de que su padre le había ordenado que no saliera de casa debido al revuelo en la manada, causado por la amenaza de sus enemigos, el asedio de los lobos solitarios y el rumor acerca de las brujas sangrientas.
-¡Gia, mira! -Lía capta su atención-. ¡Es el alfa, tu padre! ¡Corre, antes de que nos vea!
Ambas chicas huyen del parque a toda velocidad. Gia, quien desde muy pequeña ha desarrollado una velocidad impresionante, es la primera en llegar a su casa, seguida por Lía, quien se dirige a toda prisa a su hogar.
Con su espada de juguete en las manos, su vestido de tela gruesa y de color marrón, y su cabello peinado en una larga trenza que su mamá le había hecho, Gia se oculta en el armario de la sala y, por medio de la rendija, observa lo que acontece allí. Ese día, el alfa había salido con varios hombres de la manada y todos llegaron tan alterados como se fueron.
Gia observa en silencio mientras oculta su olor para que nadie perciba su presencia. Ella es la única licántropa en toda la manada capaz de hacer aquello, pero nadie conoce su don, pues lo mantiene en secreto por temor a que los demás la vean como una amenaza.
Nota que hay un niño que llora desconsolado y, por alguna extraña razón que desconoce, siente su dolor. Asimismo, experimenta un sentimiento de desamparo que le hace brotar lágrimas saladas de los ojos.
«¿Quién es ese niño?», piensa Gia.
De repente, percibe que él la mira, y, en efecto, sus ojos dorados se conectan con los suyos, como si supiera que ella está allí dentro. Gia se abraza a sí misma al sentirse descubierta, pero más por la extraña corriente eléctrica que le recorre el cuerpo. Su corazón late con intensidad y su mirada gris no puede apartarse de la del chico, por más que lo intente. Antes de que alguien más note la fijación del niño, y como consecuencia ella quede delatada, él desvía la mirada.
En ese momento, el sentimiento gélido de desamparo y el vacío doloroso de la desesperanza en el chico menguan, siendo reemplazados por la necesidad de proteger a la niña.
***
Los días transcurren, y con ellos la curiosidad de Gia sobre el extraño chico aumenta. Todavía se desconoce su origen y el motivo por el cual el alfa lo llevó a la manada.
-¿No me dirás quién es ese niño y por qué papá lo trajo a Luna Creciente? -le pregunta Gia a su madre, intrigada, en especial por los extraños sueños que ha tenido desde aquel encuentro con el chico de ojos dorados.
La luna de la manada la observa con el ceño fruncido, como si también ignorara el asunto que el alfa ha mantenido en misterio.
-Lo único que sé es que la manada Luna Dorada fue atacada por las brujas sangrientas. Como consecuencia, el alfa y la luna de allí murieron. Bueno, en realidad, todos los lobos de esa manada fueron asesinados -responde su madre.
-¿Papá participó en esa batalla? -vuelve a preguntar Gia con tono curioso.
-Mateus se vio envuelto por casualidad, ya que se encontraba cerca de aquel territorio junto a los guerreros de nuestra manada. Él no me ha explicado cómo llegaron a ese lugar ni cómo encontraron al niño. Mucho menos sé cuál es el plan que tiene para él.
Gia agarra una de las galletas que su madre había puesto a enfriar y le da un mordisco. La luna la observa sonriente y busca el jarabe de chocolate para decorar el aperitivo recién horneado.
En ese momento, el alfa Mateus entra a la cocina con el niño, a quien no habían visto desde el día en que lo trajo a la manada. Junto a ellos, entran dos guerreros. Los dos niños se miran con nerviosismo y timidez, pero Gia se sonroja y le evade la mirada.
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