Secretos en el Ático
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dad. Situada en el corazón financiero de la ciudad, su estructura de cristal y titanio se alzaba como un dedo
jeres más ricas del país, pero con las costuras reforzadas y una abertura lateral que permitía una patada de trescientos sesenta grados si la situación lo requería. Su máscara, una delicada pieza de filigrana negra, le pe
o champán y poco juicio, pero sin amenazas detectadas -informó Sofía en un sus
tá por entrar al ruedo -respondió la voz metálic
iro contenido. El "j
d. Adrian era un hombre que operaba bajo una premisa única: el control absoluto. Había blindado su imperio contra adquisiciones hostiles y había blindado su vida privada contra cualquier tipo de lazo emoc
e atenuaron. No fue un silencio brusco, sino una onda de ch
de sus ojos. Se movía con la confianza depredadora de quien sabe que es el dueño no solo del edificio, sino de las vidas de quienes están dentro. Sofía lo observó desde
erederas de una petrolera, ya ebria de lujo-. Lástima que tenga un bloque de h
ctrico. Ella no apartó la mirada; su entrenamiento le dictaba que la sumisión era la primera señal de sosp
ia el escenario de los discursos, sino directamente
tuvo a menos de un metro. Su voz era un barítono profundo,
u tono profesional pero con un matiz de desafío-. Es fascinante ver cómo la
pacio que Sofía consideraba su zona de seguridad. El aroma de su perf
a detrás de la suya? -pregunt
n momento, el doble sentido de la p
? ¿Contra los intrusos
rera. Había algo en la cercanía de Adrian que estaba cortocircuitando su lógica. La forma en que él la miraba, co
o Sofía, bajando la voz hasta convertirla en una caricia aterci
eccionarlo en su propia casa. Por un segundo, la máscara de CEO impla
nó, aunque sus ojos
r -insistió ella, aunque sus pies
rra mortalmente en mi propia gala. Considér
puertas se cerraban, el silencio se volvió denso, casi sólido. El indicador de pisos subió rápidamente
pared de acero, sus manos apoyándose a ambos lados de la cabeza de Sofía.
ro eres la primera persona en este lugar que no pare
de pila por primera vez, sintiendo cómo el corazón le golpeaba la
na risa se
e a p
o no llegaron más allá del vestíbulo. Adrian la besó con una urgencia que rayaba en la desesperación, y Sofía, la muj
ti cometió el único error de su carrera profesional. Un error que, en pocas semanas, comenza