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Secretos en el Ático

Capítulo 4 El Primer Día en el Infierno

Palabras:1324    |    Actualizado en: Hoy, a las 06:13

urí. No necesitó tiempo para desperezarse; el entrenamiento de años la puso en pie antes de que el segundo timbrazo pudiera

ndo dejara de dar vueltas. "Solo es el primer trimestre", se recordó

con un pequeño pulso eléctrico desde una aplicación en su reloj, se contraía de forma uniforme. No era una faja convencional; este dispositivo distribuía la presión para no dañar los órganos, p

de cuello rígido y una corbata delgada. El uniforme de la invisib

ando unos informes en la parte trasera de un SUV b

ue esa puntualidad sea una constante y no u

ero, señor Thorne -respondió ella, ocupando el asiento del cop

a bolsa de valores para evitar tres puntos ciegos que detectó en los informes previos. Mientras el coche

ptara este vehículo en el puente? -preguntó él de repent

trónica. Su voz era técnica, fría, perfecta. Pero por dentro, el mareo provocado por el movimien

vo que seguirlo a través de tres plantas diferentes, supervisando reuniones, escaneando rostros y verificando la integridad de

mi despacho -ordenó Adrian mie

r el perímetro del comed

omerá conmigo. Necesito repasar los protoc

e a él era el mayor peligro. El olor de la comid

humado. El olor a pescado inundó la habitación cerrada. Sofía sintió que el mundo

reguntó Adrian, notando que

es que me envió -mintió ella, clavando la vista en la tab

de seguridad se desmaye por f

propio cuerpo. Adrian la observaba con una intensidad inquietante. Había algo en su mirada que no er

mentó él, dejando su cubierto de plata-. Y muy solitaria.

n mi línea de trabajo, señor Th

a es... refrescante. Casi parece qu

o ella podía sentir. Era el sensor térmico del panel de compresión: estaba detectando un aumento de

se fijó en la palidez

revisarlo personalmente. Con su permiso -se levant

de seguridad y cerró la puerta con pestillo. Se apoyó contra el mármol, respirando agitadamente

ce llorar. Se miró al espejo. Su vientre, liberado, mostraba una

rró, acariciando la tela sobre su pie

s firmes acercándose a la puerta

so 4 -la voz de Adrian, justo detrás de la puerta, so

itivo de compresión, sintiendo cómo el panel volvía a apretar su cuerpo, y se aboto

una expresión que mezclaba la sospecha con u

a contra el marco de la puerta-. En mi empresa no se miente. Si tien

dando sus sentidos. La cercanía era letal. Sus ojos bajaron por un segundo a los la

sido un episodio de agotamiento por el calor

a rozar la mejilla de ella para comprobar su temperatura, pero se detuvo a pocos centímetros. E

ndo a un susurro ronco-. No me gusta que mis empleados ten

día había sido una victoria pírrica. Había mantenido el secreto, pero había despertado al caz

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