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Morir por su verdadera felicidad

Morir por su verdadera felicidad

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Capítulo 1 

Palabras:1506    |    Actualizado en: 08/08/2025

ivía por y para mí, Emilia Herrera. Él era mi sombra, mi protect

y otra vida, ruego poder estar con Kandy». Mi mundo se hizo pedazos. Su devoción de toda la vida no er

almente deseaba, oculté mi propio diagnóstico de ELA de inicio temprano y rompí nuestro compromiso, diciéndo

illo de compromiso y de prenderle fuego a la mansión. Gerardo, creyéndole, me arrojó a un pozo lodos

o para despertar en un hospital y enterarme de que Gerardo no había e

tintivamente me buscaba a mí? ¿Por qué creyó sus mentir

mías, que siempre me había amado, y dejé a Gerardo atrás, susurran

ítu

undo sabía que Gerardo Alanís viv

de el momento en que mis padres murieron y los Alanís me

ba con los chicos que me miraban de más, quien prometió casarse c

anillo de diamantes y un futuro que todos veían como inevitable.

ueó, ni siquiera cuando

Investigó cada tratamiento experimental, despidió a los médicos que perdían la es

ás afortunada del mundo, por ser

os, mientras el mundo se d

u voz cargada de un do

nto un fantasma contra mi oído-. He pagado mi deuda. Si

físico, incluso para

ada por la medicación,

Kandy

años atrás, cuando Gerardo desapareció tras u

n una mujer, una música llamada

y con ella, su vida como

después, se había

do era amor. No lo era. Era culpa. Una penitenci

truida de responsabilidad. Su cor

on su último y desesperado

ces,

emidades fuertes y firmes bajo mi cuerpo. Estaba sen

a señora Alanís hablaban

rle la memoria? ¿Un enfoque más agresivo? -preguntó

su memoria podría causar daño cerebral permanente -res

l día que encontraron a Gerardo, el día en que l

a de

nética de alegría, desesperada

que su vida era una mentira no sentía más

mnesia. Y en algún lugar, Ka

e hacerlo bien. Una oportunidad de e

interponerme

n esta nueva vid

je, mi voz tranq

Alanís se volvieron h

que hacer algo -dijo la s

lo fuercen. Déjenl

esta vez, el resultado fuera

esultados llegaron como una amarga confirmación. ELA de ini

s Alanís. Los encontré en el solárium, sus rostro

ncelar el

suspendidas en el aire

jadeó, llevándose

stás diciendo?

lanís, con voz grave-. Porque tiene amnes

niforme-. Pero no de

édico sobre la me

os, me quedan unos pocos años. Ger

tutores, las personas que me ha

a. No seré una carga para él. No lo encadenaré a una mujer

e había dicho en mi vida. En mi vida pasada,

lágrimas-. ¡Gerardo te ama más que a su propia vida! ¡En el momento e

eco doloroso de una v

Era del investigador privado que había

a Gerardo sentado junto a un lago. Una joven de ojos br

do, se transformó. La miró con una ternura, una adoración cruda y pura que y

ebelde de la cara. Sonrió, un

el peso de las verdades no dichas. El señor y la señora Ala

amnesia. Ese es un amor que viene del alma

zo, mi decisión era algo s

enlo ir. Déjenme ir. E

evantó la vista, sus ojos ll

harás,

remías un pequeño punto de calor en el frío-. Me voy al extranjero

a la vida que estaba

ra mí misma que para ellos-

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Morir por su verdadera felicidad
Morir por su verdadera felicidad
“En la Ciudad de México, todo el mundo sabía que Gerardo Alanís vivía por y para mí, Emilia Herrera. Él era mi sombra, mi protector, mi mundo entero, y nuestro futuro juntos parecía inevitable. Pero mientras agonizaba por la ELA, lo escuché susurrar: «Emilia, mi deber contigo ha terminado. Si hay otra vida, ruego poder estar con Kandy». Mi mundo se hizo pedazos. Su devoción de toda la vida no era amor, sino culpa por Kandy Ponce, una mujer que se había quitado la vida después de que él la dejara. Al renacer, encontré a Gerardo con amnesia, profundamente enamorado de Kandy. Para darle la felicidad que realmente deseaba, oculté mi propio diagnóstico de ELA de inicio temprano y rompí nuestro compromiso, diciéndoles a sus padres: «No lo encadenaré a una mujer moribunda por un sentido del deber que ni siquiera recuerda». A pesar de mis esfuerzos, la inseguridad de Kandy la llevó a incriminarme, acusándome de tirar su anillo de compromiso y de prenderle fuego a la mansión. Gerardo, creyéndole, me arrojó a un pozo lodoso y más tarde me estranguló, gruñendo: «No vales ni la mitad que un perro. Al menos un perro es leal». Durante un secuestro, salvé a Kandy, casi muriendo en el intento, solo para despertar en un hospital y enterarme de que Gerardo no había escatimado en gastos para ella, mientras que a mí me habían abandonado. ¿Por qué la eligió a ella, incluso cuando su cuerpo instintivamente me buscaba a mí? ¿Por qué creyó sus mentiras? Le había dado todo, incluso mi vida, para liberarlo. Ahora, yo sería verdaderamente libre. Me casé con mi hermano, Jeremías, que siempre me había amado, y dejé a Gerardo atrás, susurrando: «Sé feliz, Gerardo. Estamos a mano. No volveré a verte jamás».”
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