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Morir por su verdadera felicidad

Capítulo 2 

Palabras:894    |    Actualizado en: 08/08/2025

Alanís habían aceptado, sus rostros una mezcla de des

asillo, la señora Alanís me alc

é que has tomado una decisión. Pero...

a pedir antes d

ía en nosotros. Pero tú... a ti podría escucharte. Solo queremos que vuel

que si Gerardo me veía, alguna parte latente de su memori

ís apareció d

sa, Emilia. No podemos escaparnos.

ras, nacidas de toda una vida de

a que su esperanz

no se conmovería por mi

junto a un lago a horas de la ciudad. Era el lugar

e madera viejo y destartalado, lanzando piedras al agua. Llevaba ropa que no era

i mirada se detuvo en él, y en ese instante,

reguntó. Su voz

o mi propia voz en calma-. No

jó. Frunci

er contigo. Ka

cía me hablaba con una calidez que era solo mía. La voz de este extraño f

andy Ponce, con el pelo peinado hacia atrás, el agua

La sacó del agua, envolviéndola en una toalla grande. Se preocupó por ell

tado tallando. Lo puso en la mano de ell

tro se iluminó. Se puso de pu

ró, subiéndole la capucha de la sudadera

o durante tres semanas antes de que lo encontráramos

e su hombro. Se quedó helada. Su mano se disparó,

aguda y llena de pánico-. ¡Estaba herido y n

ojos. No necesité decir una pa

más fuerte-. Por favor, no me lo quites. Sé quién eres. Eres su pro

rvando a Kandy, su expresión feroz y protectora. Era un per

olor y alivio. Realmente la amaba

ía atarlo a mí con un pasado que no r

-dije con calma, mi voz sacando

, desco

llevarlos a ambos

abrieron d

Qu

fría y clara-, él no vendrá conmigo.

era conmigo, había estado frenético por encontrarla. Apenas había comido o dormido. Había amen

ya era demasiado tarde. Había to

ado sobre él, una sombra permanente. Y esa sombra se había t

ue eso suced

voz suave pero firme-. Sus padres sab

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Morir por su verdadera felicidad
Morir por su verdadera felicidad
“En la Ciudad de México, todo el mundo sabía que Gerardo Alanís vivía por y para mí, Emilia Herrera. Él era mi sombra, mi protector, mi mundo entero, y nuestro futuro juntos parecía inevitable. Pero mientras agonizaba por la ELA, lo escuché susurrar: «Emilia, mi deber contigo ha terminado. Si hay otra vida, ruego poder estar con Kandy». Mi mundo se hizo pedazos. Su devoción de toda la vida no era amor, sino culpa por Kandy Ponce, una mujer que se había quitado la vida después de que él la dejara. Al renacer, encontré a Gerardo con amnesia, profundamente enamorado de Kandy. Para darle la felicidad que realmente deseaba, oculté mi propio diagnóstico de ELA de inicio temprano y rompí nuestro compromiso, diciéndoles a sus padres: «No lo encadenaré a una mujer moribunda por un sentido del deber que ni siquiera recuerda». A pesar de mis esfuerzos, la inseguridad de Kandy la llevó a incriminarme, acusándome de tirar su anillo de compromiso y de prenderle fuego a la mansión. Gerardo, creyéndole, me arrojó a un pozo lodoso y más tarde me estranguló, gruñendo: «No vales ni la mitad que un perro. Al menos un perro es leal». Durante un secuestro, salvé a Kandy, casi muriendo en el intento, solo para despertar en un hospital y enterarme de que Gerardo no había escatimado en gastos para ella, mientras que a mí me habían abandonado. ¿Por qué la eligió a ella, incluso cuando su cuerpo instintivamente me buscaba a mí? ¿Por qué creyó sus mentiras? Le había dado todo, incluso mi vida, para liberarlo. Ahora, yo sería verdaderamente libre. Me casé con mi hermano, Jeremías, que siempre me había amado, y dejé a Gerardo atrás, susurrando: «Sé feliz, Gerardo. Estamos a mano. No volveré a verte jamás».”
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