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Libros de Moderno para Mujeres

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Sofía: ¿Hija o Cenicienta?

Sofía: ¿Hija o Cenicienta?

Sofía Rojas miraba la lluvia golpear el taller de costura clandestino, las cicatrices en sus manos contaban la historia de una vida de explotación, un olor a tela barata y humedad pegado a su piel desde siempre. Un sobre elegante de la prestigiosa familia Vargas lo cambió todo: no era Sofía Rojas, la costurera, sino Sofía Vargas, la niña secuestrada hacía quince años, la hija perdida de la alta sociedad. Pero el regreso a la opulenta mansión fue un golpe helado; sus "padres" y "hermanos" la vieron con desprecio y burla, imponiéndole reglas humillantes para recordarle de dónde venía. El día del examen de ingreso a la escuela de diseño, bajo un aguacero torrencial, su padre le negó cien pesos para un taxi y la echó a la calle mientras la abofeteaba, gritándole: "¡Camina! ¡Así recordarás de dónde vienes!". Empapada y humillada, al llegar al examen, vio la pantalla gigante: su "familia" celebraba a Valentina, quien exhibía sus diseños robados. La voz del presentador alababa a la "joven promesa Valentina Vargas". En ese instante, la promesa de una fiesta de cumpleaños, las pruebas de humildad y el amor que tanto anhelaba se desmoronaron, eran solo una cruel farsa. Con una calma aterradora, Sofía rompió su solicitud de ingreso, tomó su teléfono y, con voz firme, le dijo a su mentora: "Profesora Elena, soy Sofía, acepto la beca. Me voy a Milán". Cuando regresó fugazmente a la mansión para despedirse, Valentina la humilló con un pastel embarrándoselo en la cara, mientras sus padres y hermano la culpaban a gritos: "¡Eres una malagradecida!". "¿Y la migraña de mamá? ¿Ya se le pasó?", preguntó Sofía, revelando la farsa de su "enfermedad". Justo cuando Valentina insinuaba que Sofía había hecho algo inapropiado para conseguir un vestido, su hermano Carlos intentó arrancárselo, humillándola aún más. Pero en un arrebato de furia controlada, Sofía le propinó a Carlos una bofetada resonante, rompiendo para siempre la imagen del hermano protector. "Solo... solo no entiendo por qué, no importa lo que haga, ustedes siempre eligen pensar lo peor de mí", les dijo, y el silencio fue su única respuesta, confirmando que nunca la habían querido. ¿Qué secretos ocultaban los Vargas para tratar así a su propia hija? ¿Por qué preferían el engaño y la crueldad a la verdad y el amor?
El Despertar de la Reina de los Ladrillos

El Despertar de la Reina de los Ladrillos

Soy Sofía Romero, una arquitecta prometedora, y la noche de la inauguración de la majestuosa Torre Solara, mi obra cumbre que mi prometido, Mateo, se atribuía, sentía que había tocado el cielo. Esos tres años de dedicación finalmente daban sus frutos. Pero la felicidad se desvaneció al instante cuando Isabel, la asistente de Mateo, me expuso ante cientos de invitados como una "trepadora inmoral", proyectando fotos y un video manipulado que pintaban una imagen falsa y repugnante. Mateo, con una falsedad repugnante, rompió nuestro compromiso y me despidió en medio del estruendo de la multitud. Mis colegas, antes admiradores, ahora me miraban con desprecio. Él e Isabel se reían, revelando su traición. Mi móvil, lleno de recuerdos y pruebas, fue brutalmente destrozado. Encerrada y sola, Isabel fingió un embarazo y me acusó de agresión, asegurándose Mateo de que esas mentiras se difundieran por toda la prensa. El dolor de la humillación se mezclaba con una furia helada. Me habían despojado de mi carrera, reputación y futuro por la ambición de un hombre y su amante. ¿Cómo podía la justicia estar tan ciega? ¿Podrían realmente salirse con la suya, dejándome arruinada para siempre mientras se burlaban de mí como una "huérfana sin contactos" ? Pero una chispa se encendió cuando la escuché. ¡Yo era Sofía Romero, de la poderosa familia Romero de Jerez de la Frontera! Con una furia inquebrantable, envié un mensaje a mi primo Alejandro desde mi viejo portátil, dispuesta a desatar una tormenta que les haría arrepentirse de haber nacido.
Fingió amnesia para romper nuestros votos

Fingió amnesia para romper nuestros votos

Estaba sellando nuestras invitaciones de boda con lacre carmesí cuando escuché a mi prometido a través de la puerta entreabierta de su despacho. Alejandro no estaba recitando la poesía que me había escrito durante los últimos siete años. Estaba planeando los detalles de su traición. —Si finjo amnesia después del “accidente” de esta noche, puedo aplazar la boda sin que la familia detenga la fusión —se rio Alejandro, mientras el hielo tintineaba en su vaso. —¿Y Sofía? ¿El Canario? —preguntó su amigo. —Sofía es una propiedad. A las propiedades se les da mantenimiento, no te diviertes con ellas. Mientras ella juega a la enfermera, yo consigo un permiso médico para acostarme con Camila. Mi mundo se hizo pedazos. Huí hacia la noche lluviosa, cegada por las lágrimas, hasta que unos faros pusieron mi mundo de cabeza. Desperté entre los restos del coche, con el brazo destrozado y sabor a sangre en la boca. Alejandro llegó momentos después. Pero no corrió hacia mí. Pasó por encima de mi cuerpo ensangrentado para consolar a Camila, que tenía un rasguño insignificante en la frente. —Aquí estoy, mi amor —le susurró a su amante, mirándome con nada más que un frío desprecio—. No te preocupes por ella. Esa aguanta todo. Me dejó tirada en la calle. A la mañana siguiente, la historia ya estaba escrita: el trágico Don había perdido la memoria de su prometida, pero milagrosamente recordaba a su “verdadero amor”, Camila. Me echó de nuestro penthouse mientras yo todavía estaba en cirugía. Él creyó que había ganado. Creyó que el Canario simplemente moriría de frío. Pero olvidó una cosa. Yo sabía dónde escondía los cadáveres. Literalmente. Entré en medio de su propuesta pública, aventé mi anillo sobre la mesa y dejé una nota debajo. *Recuerdo todo. Y tú también.* Luego, subí a un avión con su diario secreto en mi bolso. El imperio estaba a punto de arder.
Despertar de un Mal Sueño

Despertar de un Mal Sueño

Moribunda en un catre, en un rancho olvidado, lo último que vi fue la sonrisa de mi hermano adoptivo, Miguel, en una revista. A su lado, en páginas de sociedad, Catalina, su hermana, radiante con mis padres en su fiesta de debut. Ellos vivían la vida que me robaron, mientras yo trabajaba hasta la extenuación, enferma y sola. Veinte años habían pasado desde que me abandonaron; Miguel me cambió por un magnate, yo terminé en la miseria. El llanto arrepentido de mis padres, cuando me encontraron por fin, fue el sonido que me acompañó a la oscuridad. Desperté con un grito. "¡No entienden! ¡Aquí no tenemos futuro!" era la voz de Miguel, la misma discusión que inició mi infierno. Me miró con una codicia impaciente y dijo: "Sofía, diles tú. Juntos encontraremos una vida mejor, te lo prometo". En mi vida anterior, seguí su promesa, confié en él, pero esta vez, solo sentí un asco profundo. Miguel recordaba el destino, pero no el precio que yo pagué. Mi madre me preguntó: "¿Mija, estás bien? Estás pálida". La miré, miré a mi padre, y el aire de mi juventud llenó mis pulmones, pero mi alma era vieja y cansada de ser víctima. "No voy a ninguna parte, Miguel", mi voz sonó extraña, firme. Avanzando, lo miré a los ojos y repetí: "Dije que no voy a ninguna parte contigo". Entonces, abracé las piernas de mi madre y solté un grito desgarrador. "¡Mamá! ¡Papá! ¡Miguel me da miedo! ¡Dice que si no me escapo con él, me va a hacer daño! ¡No dejen que me lleve!" El silencio fue absoluto. "Miguel, ¿qué significa esto?", preguntó mi padre, su voz como trueno bajo. "¡No! ¡Yo no dije eso! ¡Está mintiendo!", tartamudeó él. Pero yo temblaba visiblemente, aferrada a mi madre. Había ganado la primera batalla. La guerra apenas comenzaba, y esta vez, la historia sería escrita por mí.
Me Toca a Disfrutar La Vida

Me Toca a Disfrutar La Vida

Morí en la cama del hospital, con el olor a desinfectante en los pulmones. Cáncer de hígado en etapa terminal. Mi muerte fue el culmen de tres años de infierno, de servidumbre disfrazada de amor, soportando a mi "enfermo" esposo y a su "amada" -mi supuesta amiga, Yolanda. Había sido su sirvienta personal, limpiando, cocinando, y soportando los arrebatos de un hombre que simulaba Alzheimer, mientras mi propia salud se desvanecía. En mi lecho de muerte, con mi hija Luciana a mi lado, escuché la verdad que me destrozó el alma: Máximo y Yolanda se reían y hablaban de casarse, y de cómo Luciana era una "estúpida" por creer que Yolanda era su "verdadera madre". Su risa fue la respuesta de Máximo. Él nunca estuvo enfermo. Era todo una farsa para tenerme sirviéndoles sin quejas. El dolor físico desapareció, reemplazado por la fría comprensión de una traición monstruosa. Mis últimos segundos de vida se llenaron de rabia y desesperación. Pero en lugar de la oscuridad, abrí los ojos. No había olor a desinfectante, sino a jamón y mariscos, y la luz del sol sevillano inundaba mi salón. Estaba de pie, con un delantal, en medio de una fiesta. Yolanda y Máximo estaban allí, y mi hija me pedía más sangría, como si fuera mi jefa. Era el día en que todo comenzó. La fiesta de bienvenida para Yolanda. La Sangría, roja y fría en mi mano, se convirtió en mi arma. Levanté la mano y se la arroje a la cara. "Estoy empezando a vivir", les dije, y por primera vez en años, sonreí de verdad.
Venganza para mi Amiga en Coma

Venganza para mi Amiga en Coma

Mi vida era arte y sol en un apartamento florentino, un lienzo de tranquilidad y promesas. Una llamada de México detonó la explosión de mi mundo. "Sofía, es Clara. Hubo un incidente. Está en el hospital. En coma." Abandoné mis estudios, mi vida artística, todo, y veinticuatro horas después estaba en Ciudad de México. Allí, mi Clara, la bailarina folclórica llena de vida y de talento, yacía pálida e inmóvil, prisionera de un laberinto de tubos. La versión oficial hablaba de un intento de suicidio, de una difamación que la destrozó. Pero yo sabía lo que todos ignoraban. Sabía la verdad. Detrás de esa tragedia, detrás de cada calumnia y cada lágrima de Clara, estaba Valeria. La misma víbora que juró destruir a mi mejor amiga, la que lo consiguió. Una furia fría se apoderó de mí, más intensa que el dolor. Ver a Clara así, la mujer que amaba la danza más que a su propia vida, era una injusticia que clamaba venganza. Mi corazón dejó de llorar por un instante para empezar a calcular. Sabía que la única forma de llegar a Valeria, de desmantelar su vida pieza por pieza como ella había hecho con Clara, era a través de Mateo, el peón. Él, el exnovio ignorante, la llave a su círculo. Así fue como, dos semanas después, en la bulliciosa estación del metro Balderas, Sofía la estudiante de arte se transformó en la inocente becaria que apenas llegaba a fin de mes. Mi plan de venganza había comenzado.
El Precio de Mi Amnesia

El Precio de Mi Amnesia

El olor a antiséptico del hospital y mi perfume caro, una mezcla que siempre me revolvía el estómago. Ahí estaba yo, Ximena, cruzada de piernas, mirando mi celular con aburrimiento, junto a Marco, mi esposo, un extraño inconsciente en la cama. Todos decían que llevábamos tres años casados, pero para mí era un desconocido que, tras un accidente que le borró la memoria, se aferraba a mí con una devoción asfixiante. La puerta se abrió de golpe y entró Elena, la madre de Marco, con los ojos hinchados de tanto llorar. "¿Qué le hiciste a mi hijo?", me acusó, temblorosa. Levanté la vista de mi teléfono, molesta. "Señora, por favor. Su hijo se pasó de copas, eso es todo. Intoxicación por alcohol". Entonces, su voz se quebró al revelarme la verdad: Marco había donado un riñón por mí hacía un año. "Morirá si no lo operan, necesita un trasplante", suplicó, mostrándome el diagnóstico. Yo, incrédula y riéndome, arrugué el informe y lo tiré a la basura. "¿Un riñón?", solté, burlona. "¡Qué patético! Seguro usó trucos así para casarse conmigo". Ella cayó de rodillas, rogando que lo salvara, que le diera una oportunidad. Pero, verla así solo desató mi rabia y la humillación. "¡Levántese y deje de hacer estas payasadas! Todos me dicen que lo amábamos, pero yo no siento nada por él. ¡A quien amo es a Diego!", grité, mientras mis guardias la arrastraban fuera. "¡Ximena, te arrepentirás!", vociferaba ella, "¡Lo vas a matar!". En mi cabeza, mi amnesia era perfecta, él no podría culparme. No sabía que, esta vez, Marco no se recuperaría. Él se estaba despidiendo para siempre y yo, en mi egoísmo, no tenía ni la más remota idea. Y él, desde algún lugar entre la vida y la muerte lo único que escuchó fue: «A quien amo es a Diego».
Mi Talento Robado

Mi Talento Robado

El sudor me corría por la frente, mezclándose con la pintura barata de calavera. Mis dedos, adoloridos, apenas sentían las cuerdas de la guitarra, mientras el traje de charro se sentía como una armadura sofocante. Por una noche entera de cantar, apenas ganaba para la renta y la comida, trabajando siete días a la semana, mientras mi primo Alejandro se compraba un coche deportivo nuevo cada seis meses. Él vivía una vida de lujos inexplicable, todo gracias a su "amuleto de la suerte", un viejo collar de obsidiana, mientras yo contaba monedas. Al volver a casa, Sofía, mi prometida, me esperaba con desprecio. "Ricardo, ¿te das cuenta? Alejandro acaba de comprar un penthouse en Polanco, ¡un penthouse! Y tú sigues cantándole a borrachos por migajas, eres una vergüenza". Sus palabras eran puñaladas, y un nudo se formó en mi estómago. "Alejandro tiene suerte, Sofía, ya lo sabes", le dije. "No es suerte, Ricardo, es ambición. Mírate, hueles a alcohol y a fracaso". Me sentía vacío, completamente solo. La conduje sin rumbo, las luces de la ciudad borrosas por mis lágrimas. En un parpadeo, todo cambió: luces cegadoras, el sonido ensordecedor de un claxon, y luego, un impacto brutal que me lanzó contra el volante. Lo último que sentí fue dolor, y luego, oscuridad. Morí. Pero mi conciencia no se desvaneció, flotando en la nada. Entonces los vi: Alejandro y Sofía, de pie junto a los restos de mi coche. "¿Funcionó?", preguntó Sofía, con excitación. Alejandro sonrió, su collar de obsidiana brillando. "Por supuesto que funcionó, mi amor. Cada gramo de su desgracia, cada gota de su esfuerzo, ahora es mío. Su vida de miseria alimentó mi fortuna, y su muerte… su muerte es el pago final". Sofía lo besó con una pasión que nunca me había mostrado a mí. "Entonces, ¿ahora todo es nuestro?". "Todo", confirmó Alejandro. "Su sacrificio nos ha hecho ricos, Ricardo no era más que una batería, una fuente de energía para mi éxito, y ahora, la batería está agotada". La traición me quemó más que cualquier herida física. Mi vida, mi esfuerzo, mi dolor, mi muerte… todo había sido combustible para el hombre que llamaba primo y la mujer que juraba amarme. La rabia me consumió, sacudiendo la nada. De repente, todo fue luz. Abrí los ojos de golpe. Estaba en mi coche, el motor todavía en marcha, la canción barata de la radio sonando. ¡No estaba muerto! Había vuelto, y esta vez, las cosas serían diferentes. Esta vez, "El Magnate" iba a caer.