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Libros de Moderno para Mujeres

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Cinco años, un nombre olvidado

Cinco años, un nombre olvidado

Recordaba el nombre de la mascota de su infancia, nuestro primer encuentro y mi extraña marca de té, pero durante cinco años, Braulio no pudo recordar que era alérgica a los camarones. Brillaban en mi pasta, un cruel recordatorio de lo poco que yo existía en su mente, especialmente mientras se reía con una rubia conocida al otro lado del salón. Se me revolvió el estómago, no por la alergia, sino por una enfermedad más profunda. Esa noche, en una fiesta en una enorme terraza, Braulio le entregó a Daniela Herrera, una joven rubia, una delicada pulsera, una réplica de la de su abuela, una historia que me había contado cien veces. —Daniela, esto me recordó a ti —dijo él, con voz suave e íntima. Ella sonrió radiante, inclinándose hacia él, con los ojos brillantes, y luego me lanzó una mirada triunfante y venenosa. Cuando Daniela ronroneó sobre la inauguración de una galería, Braulio se rio. —Sofía vendrá con nosotros. Es nuestro aniversario esa noche. Se giró hacia mí, con una sonrisa forzada que me suplicaba que le siguiera el juego. Pero yo ya estaba harta. —Se acabó, Braulio —susurré—. Y por cierto, me llamo Sofía. Parecía genuinamente perdido, incapaz de recordar mi verdadero nombre, mientras Daniela y sus amigos se burlaban de su olvido. Sus ojos, abiertos y confundidos, buscaron mi rostro. —¿Sofía? ¿De qué hablas? Tu nombre es... siempre ha sido... —Se quedó callado, genuinamente perdido. Un sabor amargo llenó mi boca. Recordaba cada detalle trivial de la vida de Daniela, pero ¿mi verdadero nombre? Era un espacio en blanco. Más tarde, me dejó tirada en una carretera oscura y sinuosa después de que me negara a disculparme con Daniela. Mi celular estaba muerto y tropecé, rompiéndome el tobillo. Mientras yacía allí, sola y herida, sollocé: —¿Por qué me quedé? ¿Por qué desperdicié cinco años con él? Braulio, mientras tanto, se alejó, con una inquietud creciente bajo su ira, solo para regresar a una escena espantosa.
La Identidad Robada De La Madre

La Identidad Robada De La Madre

El zumbido monótono del aire acondicionado apenas enmascaraba el calor sofocante de la Ciudad de México. En mis manos, sostenía el acta de nacimiento de mi hijo, Leo. Todo parecía correcto, el nombre de mi bebé, Leo Herrera Rivas, el de su padre, Mateo, y el mío, Sofía Rivas. Hasta que mis ojos se detuvieron en la sección de los padres. No estaba mi nombre. En su lugar, vi: Ximena Solís. Y no solo eso, su hija, Luna Solís, también estaba registrada bajo la misma acta, usando nuestro mismo domicilio. Ximena Solís. La colega de Mateo. La madre soltera a la que Mateo "solo estaba ayudando". Un torrente de furia helada me recorrió. Mateo no solo lo permitió. Él lo hizo posible para que Ximena usara mi casa, mi dirección, para meter a su hija en una de las mejores escuelas del país, asociada a mi propia casa de modas. "Hay un error", dije finalmente, mi voz extraña, metálica. "Un error muy grave". En el coche, con el acta arrugada en mi puño, llamé a Mateo. "¿Por qué está el nombre de Ximena Solís en el acta de nacimiento de mi hijo, Mateo?". Hubo un silencio culpable al otro lado. "Sofía, no te enojes, puedo explicarlo. Ximena estaba desesperada". "¿No significa nada?", repetí, incrédula. "¿Poner a otra mujer en el acta de mi hijo no significa nada? ¿Usar mi casa para sus planes sin siquiera consultarme no significa nada?". "Estás exagerando, Sofía. Solo quería ayudar. Sabes cómo soy, me gusta apoyar a la gente que lo necesita". Su frialdad me dejó sin aliento. Colgué el teléfono sin despedirme. Mi mente se aclaró con una determinación helada. Él quería ayudar a otros, ¿verdad? Yo iba a ayudarme a mí misma. Mi siguiente llamada fue a mi abogado. "Quiero anular esa acta de nacimiento inmediatamente. Y quiero registrar una nueva. El niño solo tendrá un apellido. El mío. Mi hijo se llamará Leo Rivas. Punto".
Maldición de un Amor Traicionado

Maldición de un Amor Traicionado

El teléfono sonó, un grito estridente que rompió la paz en el pequeño salón. "Hablo del Hospital General, ¿usted es Ricardo, el padre de Miguel?". Mi corazón se detuvo. Mi hijo, mi Miguel, había sufrido un accidente grave. Mientras la desesperación me carcomía, intentaba localizar a Sofía, mi esposa, el eco vacío del teléfono resonaba en la casa. "¿Qué quieres, Ricardo? Estoy ocupada". Su voz, llena de fastidio, se clavó en mí cuando le informé que nuestro hijo estaba en el hospital. "Termino aquí y voy para allá", dijo, como si lo nuestro fuese una molestia menor. En ese instante, algo dentro de mí se hizo añicos para siempre. Cuando llegué, me confirmaron que Miguel había muerto al instante. Entonces la vi, Sofía, reluciente y festiva, entrando al hospital como si saliera de una pasarela. "¡Tú!", grité, el dolor convertido en veneno. "¡Estabas bebiendo y riendo mientras Miguel se moría en la calle!". Y en medio de mi agonía, la escuché, susurrando por teléfono: "Todo está bajo control. Ricardo no sospecha nada. Sí, todo el dinero... era para pagar la colegiatura de Santiago". El mundo se paralizó, se retorció. No solo la traición era profunda, sino el macabro intercambio: la vida de mi hijo por la de otro, su sudor y mi esfuerzo, sacrificados por una mentira. Mi Miguel, mi sueño, reducido a cenizas, ¿cómo podía existir tal injusticia? Ahora sé que tengo que entender cómo pudo pasar. Qué secreto tan oscuro pudo llevar a esto. No me rendiré hasta que la verdad, toda ella, salga a la luz. Y Sofía, ella pagará por cada lágrima de mi hijo.
La Luna de Sofía: Traición y Renacer

La Luna de Sofía: Traición y Renacer

"¿Sofía? ¿Has sabido algo de Jorge?" El teléfono no paraba de sonar, una y otra vez, con la misma pregunta, el mismo tono de urgencia de mis suegros y mi padre. Acababa de dar a luz sola, mi pequeña Luna dormía a mi lado, ajena al mundo y al hombre que nos abandonó. Nadie preguntó cómo estaba yo. Solo por Jorge, mi esposo. La noche que todo se rompió, él miraba la televisión, hipnotizado por la noticia: "LAURA VEGA, DESAPARECIDA EN ZONA DE COMBATE". Laura Vega, su ex, su obsesión. Aquella cuya sombra siempre sentí. Sus ojos no me veían, solo a ella. Su decisión fue instantánea, loca: "Tengo que encontrarla", me dijo mientras yo sentía las primeras contracciones. "¿Qué estás diciendo, Jorge? Soy tu esposa, vamos a tener una hija", le supliqué, pero él ya empacaba, ciego, sordo. El dolor se hizo insoportable, la fuente se rompió, el líquido manchó el suelo. "Jorge, estoy de parto", le dije con la voz rota. Me miró, vio el charco. Una fracción de segundo de duda, luego la maleza de su obsesión le cubrió el rostro. "Llama a una ambulancia, Sofía. Estarás bien", dijo, y siguió empacando. Me apoyé en el umbral, el dolor cada vez más fuerte. "Si cruzas esa puerta ahora", mi voz sonó como hielo, "no vuelvas. Para nosotras, estarás muerto." "Cuando vuelva con Laura, lo entenderás", respondió. Y se fue. Se llevó todo: mi paz, mi confianza, y hasta el último centavo de nuestra cuenta conjunta. Me dejó aquí, sola, a punto de parir, para ir tras una fantasía. "¿Cómo pudiste?", chillaron. "¡Es tu esposo! ¡El padre de tu hija!" "Corazón es lo que a él le faltó", les respondí. El circo mediático, las llamadas, el acoso de su familia, la humillación pública... Era demasiado. Me llamaron fría, sin corazón. ¿Yo? ¿Sin corazón? La traición, el desamparo, el miedo me habían endurecido. Pero mi hija, mi Luna, era mi ancla. Y por ella, no iba a sucumbir. No me iba a derrumbar. No iba a suplicar. Iba a pelear. Iba a desmantelar cada parte de la vida que compartíamos. Iba a recuperar lo que era mío. Y él, Jorge, el "héroe", pagaría las consecuencias.
La Esposa Infiel: Precio del Engaño

La Esposa Infiel: Precio del Engaño

El aire del hospital se hizo pesado la noche en que el doctor nos dio la noticia: "La insuficiencia renal de Manuel es terminal. Necesita un trasplante". Mi hijo, de apenas seis años, se debatía entre la vida y la muerte. La única esperanza era mi hermano menor, Eduardo. Pero el alivio duró poco. Nos citó a mi padre y a mí: "Claro que lo haré, es mi sobrino. Pero tenemos que hablar de la compensación. Quiero dos casas a mi nombre. Diez millones de pesos en efectivo. Y el veinte por ciento de las acciones de tu empresa". Ante su descarada extorsión, mi respuesta fue firme: "No". Mi esposa, Laura, me miraba con horror. "Ricardo, ¿escuchaste lo que dijo el doctor? ¡Manuel se está muriendo!" Mi padre, David, me condenó: "¡Avaro! ¡No puedo creer que seas mi hijo! ¡Siempre has sido un egoísta sin corazón!". Mi madrastra, Carmen, añadía leña al fuego con falsa preocupación. La escena era un circo, y yo el monstruo. La presión se intensificó. Laura se arrodilló ante Eduardo, suplicando: "Te serviré como una esclava por el resto de mi vida, pero por favor, no dejes que muera". Mi padre me amenazó con desheredarme. Laura, desesperada, me sacudió: "¡Es dinero! ¡Puedes ganar más dinero! ¡Pero no puedes recuperar a Manuel! ¡Es nuestro hijo!". Todos mis seres queridos se unieron en un coro para forzarme. La enfermera me pidió el pago de la diálisis y un depósito. Ante los ojos de todos, arrugué la factura y la dejé caer. "No". La bofetada de Laura resonó en el pasillo, su voz hueca anunciaba el divorcio. Con frialdad, bloqueé el dinero de Laura y le arrebaté su última tarjeta de débito: "Ni un centavo mío se gastará en esto". La multitud me juzgaba, llamándome monstruo desalmado por negarme a pagar y arruinar a mi esposa. La desesperación de Laura llegó a su clímax. Eduardo soltó su bomba: "¿Será que el niño no es tuyo? ¿Quizás por eso no te importa?". Laura, entre lágrimas, se arrodilló ante mí, suplicando piedad. La gente gritaba y un hombre corpulento me sujetó. Pero en medio del caos, Laura logró tomar su tarjeta, pagó, y yo solté la verdad: "Manuel no es mi hijo. Y tampoco es tuyo". El campo de batalla estaba listo.