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Libros de Moderno para Mujeres

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Cuando la Venganza es la Única Opción

Cuando la Venganza es la Única Opción

Siempre creí que mi matrimonio con Alejandro de la Vega era un pacto perfecto, una fusión inquebrantable de la vieja aristocracia y el nuevo poder. Este acuerdo se basaba en el respeto, el poder y, por mi parte, una creencia inquebrantable en nuestros límites. Pero esa fe se hizo añicos la noche en que él permitió a su joven becaria, Valentina, ocupar mi lugar en el asiento del copiloto de su coche clásico. Luego vino la pulsera de subasta, que debía ser mía, pero apareció orgullosamente en la muñeca de Valentina, una humillación pública que mi marido defendió. Él la protegió incluso despidiendo a mi leal asistente, Isabel, y se mudó de casa, mostrándola públicamente en eventos de élite como su nuevo trofeo. Me convertí en el hazmerreír de nuestro exclusivo círculo, la esposa abandonada y humillada. Sin embargo, mi rabia no fue ciega; fue metódica y fría, alimentada por la comprensión de que Alejandro me usaba para proyectar su propio complejo de salvador y mi sufrimiento era su castigo personal. Ya no había espacio para la conmiseración; solo quedaba la certeza de que había subestimado el daño que había causado. Así, en una Nochebuena que marcaba el clímax de su traición, le lancé la bomba de un 'embarazo' con una cronología estratégica, despojándolo de su orgullo y revelando el abismo de nuestra farsa. Mientras él se desmoronaba en la desesperación, le entregué los papeles del divorcio, cuidadosamente preparados, sellando el fin de su tiranía. Tres años después, convertida en una mujer poderosa y felizmente independiente, Alejandro descubrió en un reencuentro casual que el hijo que crié solitariamente era suyo, un golpe devastador para su alma. Aunque su ruego de perdón llenaba el aire, mi rechazo fue total y sereno: mi futuro, por fin, era solo mío, libre de la sombra de un 'nosotros' que él mismo había destruido.
Cuarenta y nueve libros, un ajuste de cuentas

Cuarenta y nueve libros, un ajuste de cuentas

Mi esposo, Arturo, tenía un patrón. Me engañaba, yo lo descubría y un libro raro aparecía en mi estante. Cuarenta y nueve traiciones, cuarenta y nueve disculpas carísimas. Era una transacción: mi silencio a cambio de un objeto hermoso. Pero la número cuarenta y nueve fue la gota que derramó el vaso. Faltó a la ceremonia de premiación de mi padre moribundo —una promesa que le hizo mientras sostenía su mano— para comprarle un departamento a su novia de la preparatoria, Julieta. La mentira fue tan casual que me rompió más que la infidelidad. Luego la llevó al jardín conmemorativo de mi madre. Se quedó ahí parado mientras ella intentaba erigir un monumento para su gato muerto junto a la banca de mi mamá. Cuando los confronté, tuvo el descaro de pedirme compasión. —Demostremos un poco de compasión —dijo. Compasión por la mujer que profanaba la memoria de mi madre. Compasión por la mujer a la que le había contado sobre mi aborto espontáneo, un dolor sagrado que él había compartido como un secreto sucio. Entonces me di cuenta de que no se trataba solo de un corazón roto. Se trataba de desmantelar la mentira que yo le ayudé a construir. Esa noche, mientras dormía, instalé un micrófono en su teléfono. Soy estratega política. He arruinado carreras con mucho menos. El quincuagésimo libro no sería su disculpa. Sería mi declaración final.
La Esposa Fugitiva: Nunca te perdonaré

La Esposa Fugitiva: Nunca te perdonaré

Mi esposo, el Príncipe Loco del narco, una vez quemó una manzana entera solo porque un rival me miró mal. Ahora, me obliga a arrodillarme en el frío helado de la Ciudad de México, vestida solo con un fino camisón de seda. En su mano, sostiene una tablet que controla el soporte vital de mi hermano en coma, amenazando con matarlo a menos que confiese haber acosado a su nueva amante. Para salvar a mi hermano, me trago mi orgullo y confieso un crimen que no cometí. Pero el estrés es demasiado. Pierdo a nuestro hijo ahí mismo, tiñendo la nieve blanca de un rojo carmesí. Dante ni siquiera parpadea. Pasa por encima de mi cuerpo sangrante para consolar a su amante que llora, dejándome sola, gritando por nuestro bebé perdido. Cree que me dio una lección. Me obliga a disculparme con la mujer que se burló de mí, incluso mientras mis suturas se abren. No sabe que mientras él vigilaba la puerta para que no entraran los médicos, mi hermano realmente murió. No sabe que enterré a la única familia que me quedaba en una fosa común mientras él se acostaba con la mujer que me incriminó. En nuestro décimo aniversario, llena la casa de lirios, esperando una reconciliación. En lugar de eso, dejo los papeles del divorcio firmados sobre la cama, tomo un puñado de tierra de la tumba y desaparezco en la noche. Para cuando descubra la verdad, seré un fantasma que nunca más podrá tocar.
Alma Pura, Corazón Roto

Alma Pura, Corazón Roto

Había dejado toda una vida de polo y riqueza en Buenos Aires para construir mi sueño de "Alma Pura" junto a Sofía en Mendoza. Creía que nuestro amor era tan puro como el vino que producíamos, un amor que había resistido ya nueve años. Pero mi mundo se desmoronó con una simple notificación de Instagram. Era la foto de Mateo, el asistente de Sofía, sonriendo junto al caballo frisón que yo había esperado durante meses, importado de Holanda. Debajo, un texto hiriente: "Qué suerte trabajar para una jefa que sabe cómo recompensar a sus empleados." No solo había regalado mi caballo; había profanado la montura de mi abuelo, el legado de los Vargas. Y mi frustración se topó con su desdén: para ella, eran "solo animales", insignificantes. La noche de nuestro aniversario, me rompió el corazón al cancelar nuestra cena para "consolar" a Mateo, afectado por mi enojo. Fue entonces cuando descubrí su blog: "Crónicas de un Agrónomo Enamorado", revelando años de obsesión de Mateo por Sofía y una foto íntima de ambos en un coche. Mi corazón se heló. ¿Cómo había sido tan ciego? ¿Cómo pudo ella jugar así con mi amor, mi dinero y mi confianza, construyendo su propio imperio de mentiras bajo mi propio techo? No había nada que salvar. Respiré hondo, la rabia se transformó en una helada claridad. Mi abogado prepararía los papeles para vender "Alma Pura". El billete de avión a Buenos Aires ya estaba reservado. Era hora de que el pasado se quedara atrás, de una vez por todas.
Todo Para Isabela

Todo Para Isabela

Me desperté junto al pajar, con el olor a estiércol y a tierra mojada golpeándome la nariz. El sol de la tarde andaluza caía a plomo, pero a mí me calaba un frío que venía de la tumba. Porque yo recordaba. Recordaba la tierra fría llenando mi boca, la oscuridad, y la voz de mi padre, Ricardo, diciendo que era por el bien de Isabela. Recordaba el fuego, el grito de mi hermano Javier, el cuerpo roto de mi madre Carmen. ¡Había regresado! Intenté advertirles: "¡Mamá! ¡Javier! ¡Vienen a matarnos!". Pero mis súplicas fueron recibidas con risas y miradas incrédulas. Mi madre me secó las lágrimas mientras mi padre, por teléfono, susurró una amenaza helada: "Dile a esa hija tuya que esta vez nadie encontrará su tumba". Él también recordaba. Minutos después, los asaltantes irrumpieron. Me creyeron, sí, pero ya era demasiado tarde. La desesperación me ahogaba. ¡Eran los mismos rostros, las mismas palabras incrédulas de mi primera vida! ¿Cómo era posible que nadie me creyera? ¿Que mi propio padre hubiera envenenado el pozo antes de mi llegada? ¿Por qué esta cruel condena? Pero esta vez, no estaba indefensa. Un empujón desesperado de mi madre hacia la bodega me dio el primer as bajo la manga: la medalla de oro de la abuela. Luego, entre los escombros, lo vi: un dedo humano seccionado. En él, el anillo de mi hermano Javier. Esa prueba macabra, irrefutable, finalmente abriría los ojos de mi tío Mateo. Y mi otro as… las cámaras de seguridad ocultas que instalé en cuanto renací, listas para exponer la verdad de mi malvada hermanastra. Esta vez, la historia sería diferente.
El Precio de la Libertad: Una Bailaora Inquebrantable

El Precio de la Libertad: Una Bailaora Inquebrantable

La Feria de Abril de Sevilla estaba en su apogeo. Como bailaora, mi vida debería haber sido puro arte y pasión. Pero para mí, era una jaula de oro bajo el control de Máximo. Él me arrancó del tablao, me obligó a servir a sus amigos mientras él besaba a su amante, Scarlett, delante de todos. Entre risas, apostaban cuánto tardaría en llorar. Mientras recogía los billetes, mi corazón se heló al escuchar a Scarlett comentar sobre mi esterilidad y la pérdida de nuestro bebé, una tragedia que ella misma causó. Máximo, inmutable, respondió: "No necesito que me dé hijos. Para eso hay otras mujeres." Esa indiferencia me acuchilló. A pesar del tobillo roto, resultado del empujón de Scarlett por las escaleras y su posterior risa, Máximo me obligó a bailar descalza sobre piedras. Solo la sangre entre mis piernas me salvó de la humillación, y aun así, él me dejó tirada para consolar a Scarlett. Después, me inyectó un sedante, permitiendo que Scarlett vertiera aceite hirviendo sobre mi pierna, dejándome una horrible quemadura. Mi existencia se había vuelto una farsa dolorosa, cada acto de sumisión, una moneda para pagar la deuda de mi tablao. Pensaban que era débil, sumisa, quebrada. Pero mientras ellos se regodeaban en mi dolor, yo estaba planeando mi escape. Mi verdadero dolor era mi disfraz más potente. Y cuando la última deuda se saldó, finalmente, volví a ser Lina.