lejandra
inaria del hospital. Agustín estaba sentado junto a mi cama, su rostro
s? -preguntó, su voz suave,
del hombre que una vez conocí. Recordé innumerables mañanas como esta, él rondando, trayéndome
por de ese lugar en el lado poniente de la ciudad. -era una prueba. Nuestr
n destello de vacilación
rlos -dijo,
os confines de esta habitación, de los recuerdos que evocaba. Mi cuerpo todavía estaba débil, pero me o
scuché voces. La de Eva, fue
va, su voz goteando malicia-. Es
un hombre, ba
da, Eva. No es ta
Eva se rió-. Está tan obsesionado con Alejandra, solo necesitaba un reemplazo. Y yo soy la pe
ampa. Un complot de espionaje corporativo. Y yo era el peón. Mis manos temblaban, pero busqué a tie
i pie la rozó. La cabeza de Eva se levantó de golpe. Sus ojos,
én es
una máscara de i
rré, tratand
s verdaderos colores se mos
de su dulzura habitual-. Justo la persona que
otro tropiezo, arrastrándome con ella. Rodamos por la larga e implacable escalera del hospital. Mi cabeza golp
scaleras, sus ojos desorbitados por el horror. Me vio de pie, luego a
ndo caer la comida,
dose el estó
ra... ¡me empujó!
olpe, su mirada ardiendo a través de
argada de puro odio-. ¡Eres un mo
cuerpo un amasijo de dolor. Toqué mi pecho, mi corazón extrañam
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