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Renacer para su amor salvaje

Renacer para su amor salvaje

Autor: Flyhigh
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Capítulo 1 

Palabras:1666    |    Actualizado en: 19/08/2025

ante del salón debía mostrar un vi

video sórdido, un deepf

ico Eduardo Kuri, me señaló frente a toda

negro, eres u

para condenarme. Me repudió públicamente, anunciando que tenía o

a hermana ilegítima, Dalia Ramírez, ap

alón, consumida por la humillación. Al salir corriendo a

azaban, su misión cumplida. Pero entonces lo vi a él. Joaquín Elizondo, un invitado a l

en mi penthouse, apenas unos días antes d

ítu

n la mente nublada. Acababa de tomar una decisión, una monumental, y la llamada se sentía como una intrusión

ín El

ualmente tan tranquila y firme,

ien? Escuché... es

a clara. Era un salvavidas. En ese momento, una idea sa

etuoso de mi compromiso con Eduardo. Nunca cruzó una línea, pero su devoción silenciosa era una presencia co

ué pasa? -preguntó,

go, Joaquín -

a, sus ojos oscuros abiertos de par en par por la incredulidad. Era un hombre de inmenso poder, el heredero de una

untó finalmente, su

intiéndose más reales, más sólidas esta vez-.

eléfono cayendo, seguido de una maldición ah

io? No bromees con esto

ida -dije, una extraña sensación de ca

respiración profunda y t

y una agonía fantasma recorrió mis piernas, el espectro de huesos aplastados y metal retorcido. Me

ba v

house de Polanco que Eduardo Kuri había comprado para nosotros

o con un montaje romántico, sino con un video sórdido y escandaloso. Un video de mí, o eso decían, en una posició

ri, se puso de pie, con el rostro como una máscara de f

negro, eres u

casado con la poderosa familia de mi madre en Monterrey, la famil

teza-. Todo este tiempo, he tenido otra hija, una chica amable y gentil qu

media hermana ilegítima, apareció. Se veía tan inocente, tan fr

. Traicionada por mi prometido, repudiada por mi padre. Corrí. Huí del salón, mi vestido de no

neumáticos. Los faros cegadore

cumplida. Pero también vi algo más. Vi a Joaquín Elizondo, que había sido un invitado, abrirse paso entre la multitud. Lo vi caer de rodillas junto a mi cuer

a apenas unos días antes de la bod

is horribles recuerdos. Un gemido suave y femenino

había sabido, en el fondo, p

hasta la puerta de la recámara, que estaba ligeramente entreabierta. Mi corazó

acto deliberado de provocación, ahora me

etido, estaba en la cama. Y con él, acurrucada contra su pecho, estaba Dalia. Mi media hermana. La que si

usurró Dalia, su voz una mezcla entreco

había insistido en que Dalia se mudara a la

os de una simpatía convincente-. Su madre está e

había comprado ropa de diseñador, la había llevado a eventos de la socie

ión que nunca me había mostrado-. Es demasiado orgullosa, demasiado

Montenegro. Su imperio tecnológico de nuevo rico necesitaba la legitimidad y la

la ciudad, los interminables elogios a nuestra "pareja perfecta", todo era una farsa.

un sonido que ya no era

ermana. Su her

do engañando a mi madre durante años. Dalia era el resultado. La había mantenido en secreto, consintiéndola desde lejos, con

estemos casados y yo controle los activos de los Montenegro, nos desharemo

cución de Eduardo inundaron mi mente. Él, el genio tecnológico indomable, me había perseguido durante un año. Llenó mi oficina con flores, compró espectaculare

creído. Lo había visto como un regalo, una recompensa por todo mi sufrimiento silencioso. Le había dicho

o era una mentira. Una broma cruel y elabo

cía el remate. Y yo se

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Renacer para su amor salvaje
“El día de mi boda, la pantalla gigante del salón debía mostrar un video romántico de mi prometido y yo. En su lugar, proyectó un video sórdido, un deepfake de mí con otro hombre. Mi prometido, el célebre magnate tecnológico Eduardo Kuri, me señaló frente a toda la alta sociedad de la Ciudad de México. -Amelia Montenegro, eres una vergüenza. Mi propio padre dio un paso al frente, no para defenderme, sino para condenarme. Me repudió públicamente, anunciando que tenía otra hija, más bondadosa, que tomaría el lugar que me correspondía. Hizo un gesto hacia un lado, y mi media hermana ilegítima, Dalia Ramírez, apareció, con un aire inocente y frágil. Traicionada por los dos hombres que más amaba, huí del salón, consumida por la humillación. Al salir corriendo a la calle, un coche me arrolló con una fuerza espantosa. Mientras moría, floté sobre mi propio cuerpo destrozado. Vi cómo Eduardo y Dalia se abrazaban, su misión cumplida. Pero entonces lo vi a él. Joaquín Elizondo, un invitado a la boda, cayó de rodillas a mi lado, su rostro desfigurado por un dolor primitivo, animal. Abrí los ojos de nuevo. Estaba de vuelta en mi penthouse, apenas unos días antes de la boda que se suponía que sería mi fin.”
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