De Nena Sumisa a Elena Libre

De Nena Sumisa a Elena Libre

Gavin

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Capítulo

La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."

Introducción

La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos.

A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento.

Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba.

Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel.

Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas.

Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela.

Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo.

Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez."

El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga.

La humillación coció una rabia lenta y furiosa.

Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos.

La Nena complaciente murió.

Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo.

Un silencio sepulcral.

Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG!

"¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!"

"¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!"

Volqué la mesa entera.

"¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!"

Las palabras salieron como veneno.

"Yo ya no soy tu hija."

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Romance

5.0

Trabajé tres años como asistente personal de Roy Castillo, el heredero del imperio tequilero. Me enamoré perdidamente de él, aunque yo solo era un consuelo, un cuerpo cálido mientras esperaba a su verdadera obsesión, Scarlett Salazar. Cuando Scarlett regresó, fui desechada como si nunca hubiera existido. Fui abofeteada y humillada públicamente, mis fotos comprometedoras filtradas por toda la alta sociedad. En el colmo del desprecio, me forzaron a arrodillarme sobre granos de maíz, mientras Roy y Scarlett observaban mi agonía. Me despidieron, pero no sin antes hacerme pagar un precio final. El dolor de la rodilla no era nada comparado con la humillación, la confusión. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Por qué la mujer que amaba se convertía en mi verdugo, y el hombre al que di todo me entregaba al lobo? Él me vendió como un objeto, como una mercancía, por un estúpido collar de diamantes para Scarlett. Me arrojaron a una habitación de hotel con un asqueroso desconocido, y solo por un milagro, o quizás un último acto de misericordia de Roy antes de irse con ella, logré escapar. Decidí huir. Borrar mi antigua vida, la que había sido definida por la obsesión y el desprecio. Pero el pasado tenía garras. Las fotos, el acoso, me siguieron hasta mi refugio en Oaxaca. ¿Me dejaría consumir por la vergüenza, o me levantaría de las cenizas como el agave, más fuerte y con una nueva esencia? Esta vez, no huiría. Esta vez, lucharía.

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