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De Nena Sumisa a Elena Libre

Capítulo 1 

Palabras:861    |    Actualizado en: 08/07/2025

una corriente eléctrica de anticipación vibraba bajo la superficie de las sonrisas forzadas y los abrazos tibios. Yo, Elena Torres, a mis cuarenta y tantos años, me movía por l

ermanos Ricardo y Miguel, y sus familias. Los veía de reojo, sus rostros eran un espejo de mi propio agotamiento. Durante años, cada fiesta, cada em

a?", la voz de mi madre cortó el air

secándome el sudor de la fr

rendido a sostenerse por sí mismos porque mamá siempre estaba allí para amortiguar sus caídas, para invertir en sus negocios fallidos y para pagar sus deudas con el dinero que yo a menudo le prestaba. Pa

cía espléndida. El pavo en el centro, los romeritos, la ensalada de manzana, todo como

o la atención de todos. Su rostro tenía esa expres

haciendo más joven. He decidido que es momento de empezar a poner

nudo en e

con adoración. "La casa de la colonia Del Valle ser

n suficiencia, lanzándome u

hacia el otro. "Para ti será el departamento en l

de Miguel, casi ap

i sobrino, el consentido hijo de Ricardo. "He puesto un fondo de

queridas nueras, y para la prometida de Diego, estas joyas de la

etes de oro que brillaban bajo la luz. Hubo excl

labios. El nudo en mi estómago se apretó hasta doler. Esperé.

por un instante pensé que había olvidado.

..", comenzó

la res

empre cuidarás de mí. Cuando llegue el momento, vendré

a. Fue una declara

mi mirada, ocupados admirando sus imaginarias nuevas propiedades. Mis cuñadas se probaban las

darla, después de una vida de ser ignorada y utilizada. Después de sacrificar mi tiempo, mi dinero y la atención a mi propio

cabeza. Sentí cómo algo dentro de mí, algo que había estado agrietado durante años, finalmente se

n

m

aca

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De Nena Sumisa a Elena Libre
De Nena Sumisa a Elena Libre
“La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."”
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