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De Nena Sumisa a Elena Libre

Capítulo 3 

Palabras:587    |    Actualizado en: 08/07/2025

levantándose con dificultad. Su rostro estaba rojo

una risa amarg

cho por mí sin esperar diez a cambio? Me diste la vida, sí, pe

seis meses. Yo, de treinta, pasando noches en vela junto a la cama de la abuela enferma mientras Miguel y su esposa se iban de vacaciones a Cancún. Yo, hace apenas

dre, como si eso lo explicara todo. "Tienen

siempre estoy aquí, resolviendo los problemas que ustedes crean. ¿Crees que el dinero que te he dado

naron. Se levantaron y se acercaron

o de agarrarme del brazo. "Estás hacien

re con una fuerza qu

e yo he sentido toda mi vida? ¿Viendo cómo a ustedes les daban todo en ba

y una envidiosa", escupió Miguel

rarme de que vivan como parásitos a costa de ella y, por e

un rincón, murmurando entre ellas, mirá

gélida y cortante. "Es lo que se espera de una hija. Cuidar a sus pa

ión total de mis sentimientos y sacrificios. Era como si cada acto de amor y serv

ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran de pura furia. "Mi deber era conm

por mis mejillas, s

a peligrosamente tranquila. "Tie

y miré directa

ate otra tonta que te financie los caprichos de tus

lágrimas con u

no soy

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De Nena Sumisa a Elena Libre
De Nena Sumisa a Elena Libre
“La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."”
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