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De Nena Sumisa a Elena Libre

Capítulo 2 

Palabras:654    |    Actualizado en: 08/07/2025

dentro de mi pecho, ahogando cualquier pensamiento racional. Mis ojos se fijaron en el centro de la mesa, en

ue sorprendió a todos, incluyéndome a

a l

rramando su relleno y su jugo, antes de estrella

jamente, congelados en un estado de absoluta incredulidad. Mi madre tenía la boca

el sonido de mi propia res

nado. La bestia den

celana fina, los que la abuela le había regalado a mamá y que solo se usaban en Nochebuena, volaron por los aires y se hicieron añicos contra l

¡PUM!

ordecedor, caóti

a por el shock y la furia. "¿¡Qué demo

añas, cruda y llena de dolor. "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER

. La mesa entera se inclinó y se estrelló contra el suelo con un estruendo atronador, arrastrando consigo todo lo que quedaba sob

ión de la cena perfecta, y no sentí ni una pizca de arrepentimiento. Solo sentí una liberación inmensa, una catarsis que había tardado c

. Su rostro, antes lleno de autoridad, ahor

os! ¡Las casas, el dinero! ¿Y para mí? ¿¡Para tu única hija!?

argadas de años de resentimiento, de humillacio

a vez que Miguel se endeudaba, ahí estabas tú para rescatarlo. ¿Y a mí? A mí me llamabas para que viniera a cuidar

a un odio honesto. Era el resultado de mil pequeñas traiciones, de un favoriti

monumento a mi rebelión. Y por prime

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De Nena Sumisa a Elena Libre
De Nena Sumisa a Elena Libre
“La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."”
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