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De Nena Sumisa a Elena Libre

Capítulo 4 

Palabras:697    |    Actualizado en: 08/07/2025

ico teatral. Sus ojos se abrieron de par en par y se llevó

atar de un disgusto! ¿Quieres que me muera sola en

ía funcionado conmigo. Pero esta noche, sus palabras eran

a usado la culpa para salirse con la suya. Recordé cómo enfrentaba a mis cuñadas conmigo, contándome a mí los defect

recio exorbitante. Y ella, en su arrogancia, estaba tan segura de mi lealtad inquebrantable que ni siquiera s

"No quiero que te mueras. Simplemente, ya no quier

parecido, reemplazado por una ira fría y dura.

agudo y restallante

LA

cabeza se girara bruscamente. Un dolor agudo explotó en mi cara y vi

sin aliento. Nunca, en toda mi vida, m

ra nada comparado con la conmoción de la agresión. Ese golpe no solo me habí

se rompió y se reconfiguró de

ecé a

en una carcajada fuerte, casi histérica. Era la risa de alguien que fin

rimas corriendo por mi mejilla abofet

asustarlos más

a los ojos. Su rostro estaba pálido, quizás ahora d

anos, que me miraban con una

tengo h

ca!", gritó Ricardo,

una silla. Miguel se unió a él, y sentí un golpe agudo en las costillas. No fue un puñetaz

otro golpe en la espalda. Jorge y Mateo gritaron mi nombre e int

iguel al oído. "¡No vuelvas a

e diciembre. Caí de rodillas en el pavimento húmedo

rró de un porta

con el cuerpo dolorido y el corazón hecho pedazos. Per

ert

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De Nena Sumisa a Elena Libre
De Nena Sumisa a Elena Libre
“La Nochebuena siempre era densa en casa de mi madre, Doña Carmen, pesada con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. A mis cuarenta y tantos, yo, Elena Torres, me movía como autómata, asegurando que todo fuera perfecto, mientras mi esposo e hijo reflejaban mi agotamiento. Mi vida, mi hogar, cada centavo extra, todo se había desviado para alimentar el pozo insaciable de la familia que me ignoraba y usaba. Pero esa noche, mi madre congregó a todos, su rostro de matriarca a punto de dictar un decreto cruel. Anunció la distribución de propiedades y joyas para mis hermanos y cuñadas. Para Ricardo y Miguel, casas en las zonas más cotizadas. Para sus esposas, las joyas de la abuela. Yo, la hija abnegada, contuve la respiración, esperando mi parte, una mención, algo. Pero me miró, clara y calculadora, y mi sentencia llegó: "Y tú, Nena, cuidarás de mí en mi vejez." El aire salió de mis pulmones. Para ellos, la herencia material; para mí, la carga. La humillación coció una rabia lenta y furiosa. Algo dentro de mí, agrietado por años, finalmente se hizo añicos. La Nena complaciente murió. Mi mano tembló. Agarré la bandeja de plata y lancé el pavo, que voló por el aire y se estrelló contra el suelo. Un silencio sepulcral. Con un movimiento amplio, barrí la mesa, platos y copas volaron. ¡CRASH! ¡PUM! ¡CLANG! "¡Elena!", gritó mi madre, "¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!" "¡SÍ!", grité de vuelta, "¡ESTOY HARTA! ¡HARTA DE SER SU SIRVIENTA, SU BANQUERA, SU ENFERMERA Y SU TONTA ÚTIL!" Volqué la mesa entera. "¡Todo para ellos! ¿Y para mi? ¡La obligación de limpiarte el trasero!" Las palabras salieron como veneno. "Yo ya no soy tu hija."”
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