El Rival Me Salvó

El Rival Me Salvó

Tobias Vance

5.0
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Capítulo

El recuerdo de la traición de mi padre era una sombra que me perseguía, incluso en mis momentos más felices. Años de esfuerzo, de soñar con mi propio restaurante, de construir un futuro; años que se desvanecieron cuando descubrí que él había vendido mis recetas, mis ideas, para salvar sus negocios fallidos. Lo perdoné, porque creí en su arrepentimiento. Fui una tonta. Pero esta noche, mi fiesta de compromiso, todo parecía perfecto. Mi prometido, Ricardo Vargas, me sostenía la mano, sus ojos fijos en mí. "¿Feliz, mi amor?" Mi padre, el gran chef Don Emilio Romero, brindaba por nuestra unión. Sentía el calor del momento, tratando de ignorar esa pequeña voz que me decía que todo esto era demasiado bueno para ser verdad. Un segundo después, una notificación anónima en mi celular destrozó la fantasía. Era una foto: Ricardo, mi Ricardo, besando a otra mujer, ¡con un vestido de novia! Era Rebeca, la hija del socio de mi padre, y la foto tenía apenas una semana. Mi mundo se detuvo, mi celular cayó al suelo. Luego, un mensaje de audio de Rebeca. "¿Te gustó mi regalo de compromiso, Sofía? Ricardo y yo llevamos cinco años juntos. Él nunca te ha amado. Solo eres la tonta chef que le servía para la alianza con tu papi." La náusea subió por mi garganta. No era solo un engaño; era una conspiración para robarme todo. Escuché a mi padre decir por teléfono: "Sofía no sospecha nada. Firmará lo que sea necesario. Una vez que tengamos su herencia, la dejaremos de lado." Y Ricardo, su voz fría: "Primero el dinero de la ingenua, luego nuestra vida juntos." Mi corazón se hizo añicos. Mi propio padre me estaba vendiendo. Salí de allí, ciega por las lágrimas, sin rumbo, sintiéndome la mujer más traicionada y humillada. Entonces, un coche negro se detuvo frente a mí. La ventanilla se bajó, revelando el rostro de Alejandro del Valle, el empresario más temido de México, el rival número uno de Ricardo Vargas y de mi padre. Sus ojos oscuros no tenían lástima, sino una especie de entendimiento. "Señorita Romero," su voz era grave y tranquila, "creo que usted y yo tenemos enemigos en común. Y creo que puedo ayudarla a recuperar lo que es suyo, y mucho más." Mientras me entregaba un dije de chile habanero y su tarjeta, la humillación se transformó en rabia, y la rabia en una fría determinación.

Introducción

El recuerdo de la traición de mi padre era una sombra que me perseguía, incluso en mis momentos más felices.

Años de esfuerzo, de soñar con mi propio restaurante, de construir un futuro; años que se desvanecieron cuando descubrí que él había vendido mis recetas, mis ideas, para salvar sus negocios fallidos.

Lo perdoné, porque creí en su arrepentimiento. Fui una tonta.

Pero esta noche, mi fiesta de compromiso, todo parecía perfecto.

Mi prometido, Ricardo Vargas, me sostenía la mano, sus ojos fijos en mí.

"¿Feliz, mi amor?"

Mi padre, el gran chef Don Emilio Romero, brindaba por nuestra unión.

Sentía el calor del momento, tratando de ignorar esa pequeña voz que me decía que todo esto era demasiado bueno para ser verdad.

Un segundo después, una notificación anónima en mi celular destrozó la fantasía.

Era una foto: Ricardo, mi Ricardo, besando a otra mujer, ¡con un vestido de novia!

Era Rebeca, la hija del socio de mi padre, y la foto tenía apenas una semana.

Mi mundo se detuvo, mi celular cayó al suelo.

Luego, un mensaje de audio de Rebeca.

"¿Te gustó mi regalo de compromiso, Sofía? Ricardo y yo llevamos cinco años juntos. Él nunca te ha amado. Solo eres la tonta chef que le servía para la alianza con tu papi."

La náusea subió por mi garganta.

No era solo un engaño; era una conspiración para robarme todo.

Escuché a mi padre decir por teléfono: "Sofía no sospecha nada. Firmará lo que sea necesario. Una vez que tengamos su herencia, la dejaremos de lado."

Y Ricardo, su voz fría: "Primero el dinero de la ingenua, luego nuestra vida juntos."

Mi corazón se hizo añicos.

Mi propio padre me estaba vendiendo.

Salí de allí, ciega por las lágrimas, sin rumbo, sintiéndome la mujer más traicionada y humillada.

Entonces, un coche negro se detuvo frente a mí.

La ventanilla se bajó, revelando el rostro de Alejandro del Valle, el empresario más temido de México, el rival número uno de Ricardo Vargas y de mi padre.

Sus ojos oscuros no tenían lástima, sino una especie de entendimiento.

"Señorita Romero," su voz era grave y tranquila, "creo que usted y yo tenemos enemigos en común. Y creo que puedo ayudarla a recuperar lo que es suyo, y mucho más."

Mientras me entregaba un dije de chile habanero y su tarjeta, la humillación se transformó en rabia, y la rabia en una fría determinación.

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