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Corazón Roto: Un Nuevo Comienzo

Corazón Roto: Un Nuevo Comienzo

Mi vida era un cuento de hadas moderno: diseñadora de moda exitosa, madre de una niña adorable y esposa de Ricardo Vargas, el hombre perfecto. Pero esa noche, en el lanzamiento de mi nueva colección, una mujer apareció de la nada, congelando mi sonrisa con una acusación devastadora. "Mi nombre es Elena Castillo. Y este es mi certificado de matrimonio con Ricardo Vargas. Llevamos cinco años casados" . El mundo se me vino encima. Él, mi esposo, no dijo nada, su rostro pálido lo decía todo mientras los flashes de las cámaras explotaban con mi humillación. De la noche a la mañana, pasé de ser la diseñadora del año a "la rompehogares" , despedida, acosada en redes sociales, mi hogar convertido en una jaula de oro. "¿Qué está diciendo? Ricardo, ¡dile que se calle!" le supliqué, pero él solo me pedía tiempo, más mentiras, más excusas. Y la pesadilla no terminaba. Elena, la supuesta "esposa" , usó su blog para pintarme como la depredadora, publicando fotos de su vida con Ricardo, ¡y de su hijo Mateo, quien usaba ropa idéntica a la de mi Isabella! Luego un día, Isabella llegó del preescolar con el rostro arañado, sollozando: "Mateo me empujó. Dijo que mi mami es una bruja mala que le robó a su papi" . En ese instante, algo se rompió dentro de mí y prometí que nadie más lastimaría a mi hija. Decidí que la verdad iba a explotar y que lucharía por Isabella hasta las últimas consecuencias. Con el corazón destrozado y una furia helada, no supe que la mentira de Ricardo era mucho más profunda y oscura de lo que jamás había imaginado.
Renacida por Tu Amor

Renacida por Tu Amor

El olor a desinfectante del hospital me ahogaba, recordándome a la muerte. Lo último que recordaba era caer de una azotea, el rostro aterrorizado de un bombero y luego, la oscuridad. Desperté en esta cama, confundida, sin entender cómo. Mi familia, quienes me criaron, me habían estado engordando como cerdo para el matadero, todo por un hígado para su 'preciosa hija biológica', Camila. Y mi novio, Marco, el famoso reguetonero, el hombre que creí que me amaba, solo me usaba para las cámaras. La verdad se derrumbó sobre mí el día de mi cumpleaños número 25: los documentos de donación de órganos, las conversaciones secretas, y fotos de Marco y Camila como amantes. La traición fue tan completa que mi vida entera perdió su color. El dolor de la cicatriz de la cirugía no se comparaba con el de mi pecho, así que subí a la azotea, en la víspera de Año Nuevo, con los fuegos artificiales burlándose de mi sufrimiento. Quería saltar, pero el miedo de dañar a un inocente me detuvo. De repente, un joven bombero se me acercó, gritando con una convicción que me heló la sangre: "¡A mí sí me importas!". Le creí, le tomé la mano y me alejé del borde, pero en un instante de desesperación y burla de la multitud, corrí y me lancé de nuevo desde la azotea. "¡Sofía!", fue lo último que escuché antes del impacto brutal. Pero ahora estoy aquí, en un hospital, sin un rasguño. Lupita, mi asistente, corrió hacia mí, mencionando algo sobre el desmayo en la alfombra roja, y de repente, una esperanza loca me invadió. "¿Hoy es Navidad?", pregunté. "¡Sí!", me respondió. ¡Había regresado! Un mes antes de que mi mundo se hiciera pedazos. El destino me dio una segunda oportunidad, y ahora mi única misión es proteger al hombre al que ni siquiera conocía por su nombre, el bombero que murió por mí.
Su Engaño, Su Destino en Londres

Su Engaño, Su Destino en Londres

-Ese puesto te ha estado esperando por tres años, Elena. Solo di que sí. La voz al otro lado del teléfono era serena, profunda y familiar. Era Iván Caballero, su antiguo mentor, ahora un arquitecto de fama mundial. Una hora antes, ella había firmado los papeles para que su hermano menor, Javier, fuera trasladado a cuidados paliativos. El tratamiento experimental que podría salvarlo requería un depósito de un millón de pesos que no tenía. Sus ahorros se habían esfumado y su negocio, construido desde cero con su novio, Bruno Vega, era un éxito, pero él la había bloqueado de las cuentas. Mientras se levantaba para ir a empeñar su reloj Rolex, se desató un escándalo. Bruno irrumpió por las puertas, sosteniendo a Daniela Chen, quien lloriqueaba de forma exagerada por un esguince de tobillo. Ni siquiera la miró. Él la vio, la arrastró a un cuarto de servicio y le siseó: -¿Qué haces aquí? Todo esto es parte del plan. Le estoy haciendo creer que ganó. Le metió diez mil pesos en la mano, diciéndole que se fuera antes de que Daniela la viera. Pensó que estaba allí por dinero, por unas migajas. Ella dejó que los billetes cayeran al suelo. Él era tan bueno mintiendo, actuando. No vio su alma rota, su devastación, solo un inconveniente para su gran estrategia. Se había acabado. Lo supo con una certeza que era aterradora y, al mismo tiempo, liberadora. Era hora de irse a Madrid.
Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

La noche en la Ciudad de México caía pesada, como un presagio. Mi padre, un líder comunitario respetado por todos, había sido arrestado bajo absurdas acusaciones de malversación. Sabía que detrás de todo estaba Ricardo Vargas, un hombre poderoso y manipulador que tenía nuestro destino en sus manos. Desesperada, acudí a él, implorándole ayuda. Pero Ricardo, con una sonrisa fría que nunca llegó a sus ojos, me exigió algo a cambio: "Arrodíllate", dijo, y la humillación me quemó el alma. Me obligó a someterme, a entregarle mi cuerpo y mi dignidad a cambio de una esperanza para mi padre. Cuando mi viejo amigo Diego apareció con una impactante revelación, mi mundo se puso de cabeza. "Esa carta... es falsa", me aseguró, mostrando pruebas irrefutables. La ira me cegó, porque Ricardo lo sabía. ¡Sabía que la prueba contra mi padre era una farsa y aun así me había humillado! Lo confronté, pero él, en lugar de arrepentirse, solo intensificó su control. "Ahora me perteneces", gruñó, su furia tan palpable como su posesión. Mi abuela, Elena, la matriarca de los Vargas, me reveló el pasado oscuro de Ricardo, un hombre herido que no sabe amar. Luego, la verdad final: Diego era su espía, la prueba del papel, una trampa más. Todo fue un plan sádico y retorcido para salvar a mi padre y al mismo tiempo atarme a él. Con mi padre libre, miro a Ricardo, el hombre que me aterrorizó y me salvó. Y aunque mi corazón está destrozado, me pregunto si, entre tanta oscuridad, ¿podrá nacer un amor?'
Por Qué Me Odia Tanto

Por Qué Me Odia Tanto

Sofía Romero, reconocida arquitecta en la vibrante Ciudad de México, era el amuleto de la suerte de su prometido, Ricardo, un ambicioso empresario inmobiliario cuya carrera, desde que ella llegó a su vida, se disparó como un cohete. En la cúspide de su éxito, celebrando otro proyecto multimillonario, una sed repentina la llevó a la cocina, donde el filo helado de la voz de Ricardo la detuvo en seco. Escuchó cómo él, con su amante Valeria, planeaba despojar a su propia familia de sus tierras ancestrales en Oaxaca, llamando el compromiso con ella una "fachada" y a Sofía misma un "sacrificio". El vaso de cristal se le resbaló de las manos, el dolor agudo en su pie descalzo fue nada comparado con la agonía de su alma al entender su brutal traición. Estaba embarazada, y ese futuro prometedor se había pulverizado en un abismo de mentiras que la ahogaban sin piedad. Ricardo continuó su farsa, proponiéndole "diseñar su obra maestra" en esas mismas tierras robadas, sin una pizca de remordimiento. Con su corazón roto y la vida de su familia en Oaxaca bajo una amenaza velada y letal, Sofía se vio acorralada en el lujoso penthouse, su prisión de oro. La traición le destrozó el alma, pero el brutal asesinato de "su problema" -su hijo no nato- por parte de Valeria, con la complacencia de Ricardo, encendió en su interior una fría y aterradora sed de venganza. "No significas nada", le había susurrado Valeria, con una risa cruel, "eres un escalón que Ricardo usó para subir". "Hice lo que un amuleto de la suerte hace", le sonrió Sofía a Ricardo, mientras su imperio se derrumbaba a su alrededor. La sangrienta caída le arrebató el aliento, dejándola en el suelo con el inmenso dolor de la pérdida, pero en el caos, una nueva guerrera resurgía de las cenizas.
Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"
De una promesa rota a los brazos de un magnate

De una promesa rota a los brazos de un magnate

En los círculos sociales de la élite de Bexwell, había un tema que nunca dejaba de cautivar a todos: el compromiso pactado desde la infancia entre Brad Simpson, el heredero de la familia Simpson que tenía una vida loca, y Bella Shaw, la educada hija de los Shaw. Bella aprendió a tocar el piano desde muy pequeña y fue seleccionada para el grupo nacional de danza clásica a los diez años. La prepararon para convertirse en la joven más elegante que podía existir. Por otro lado, Brad comenzó a correr carros, volar en traje aéreo y hacer paracaidismo sin licencia a los quince años. Había ido a parar al hospital incontables veces debido a sus locuras en deportes extremos... Brad y Bella tenían personalidades completamente diferentes, pero se vieron obligados a relacionarse desde niños debido a la amistad entre las familias Simpson y Shaw. Por suerte, aunque tenían temperamentos opuestos, habían sido muy cercanos durante veinte años. Para todos en la ciudad, eran la pareja perfecta. Desde pequeños, sus familiares siempre bromeaban y Bella siempre creyó que se casaría con Brad. Entonces, el día de su sexto aniversario, cuando ella vio la foto sin ninguna nota que él publicó en sus redes sociales, su mente se quedó en blanco por un momento. En la foto, el rostro de la mujer no era visible, pero su vestido sin tirantes revelaba un escote impresionante. El detalle más llamativo era el tatuaje en su pecho izquierdo que decía "Drunk". "Drunk" era el apodo de Brad.
Cuando el Amor Se Paga

Cuando el Amor Se Paga

Llevábamos diez años juntos, Jairo y yo. Diez años de noches sudorosas en garajes sucios de Medellín, construyendo un sueño a fuerza de talento y hambre. Yo era su mánager, su musa, su mujer: "La Jefa" de la escena underground. Pero un día, después de hacer el amor, él lo soltó. Con una voz extrañamente tranquila, me dijo que su álbum salía la próxima semana y que el sello quería "limpiar su imagen". Fue entonces cuando la risa seca de Jairo resonó en la habitación: "¿Y yo soy la parte sucia?". El silencio fue la respuesta abrumadora. Luego, la oferta: dos semanas para irme, una suma de dinero obscena por diez años de vida y de lucha compartidas. ¿Diez años reducidos a una transacción? ¿Nuestro amor, nuestra sangre, nuestro sudor, tenían un precio? Me ofreció dinero por nuestros recuerdos, por el sacrificio de cada día, por la pulsera de plata que me regaló cuando no teníamos nada, esa misma que prometió me protegería. Pero la humillación no terminó ahí. Al día siguiente, apareció con ella: Valentina, su nueva "musa" pura e inocente, presentada justo en "nuestra" puerta. ¿Por qué? ¿Por qué ahora, después de todos esos años aguantando penurias juntos? ¿Cómo se atrevía a borrarme así? ¿Qué hay detrás de esta traición tan fría y calculada? Justo cuando el mundo se derrumbaba a mi alrededor, bajo la lluvia incesante de Bogotá, un paraguas negro apareció sobre mi cabeza. Era Mateo, el hombre del que huí hace una década, diciéndome con una calma perturbadora: "Siempre he estado aquí. Esperando a que terminaras de jugar." El juego no había terminado, apenas estaba comenzando.
Traición y Destino: Un Puente Caído

Traición y Destino: Un Puente Caído

La lápida de mármol estaba fría, aunque el sol de la tarde se filtraba entre los árboles del cementerio. "Miguel, mi amor. Te juro aquí, sobre tu tumba, que nunca volveré a casarme", susurré, mientras mis dedos rozaban su nombre grabado. Éramos Ximena e Miguel, arquitectos. Yo, brillante y ascendente con "Estructuras Vivas". Él, hundiéndose con "Construcciones Reyes". Lo salvé, fusionando nuestras empresas, sacrificando mi reputación por él. Pero la balanza de poder cambió. Y luego vi a Miguel con Sofía, mi mejor amiga, la madrina de nuestra boda, en un rincón oscuro, compartiendo secretos. Fingí no ver la traición que me quemaba por dentro. Unos meses después, Miguel me pidió que arriesgara mi nombre y mi vida por un proyecto gubernamental plagado de sus irregularidades. Fui a la obra con mi padre, un ingeniero, el único que no confiaba en sus hombres. Un crujido. Un estruendo. El suelo desapareció. Lo último que vi fue la mano extendida de mi padre. Desperté en el hospital, sin sentir mis piernas. Mi padre… ya no estaba. Miguel juró que todo era su culpa, su arrepentimiento parecía tan real que me aferré a ello. Qué estúpida fui. Mi vida estaba rota, pero todavía pensaba que reconstruiríamos algo. Hasta la noche en que el dolor me despertó. Escuché susurros desde el estudio de Miguel, la voz inconfundible de Sofía. Me arrastré. "¿Y ella? ¿Cuánto tiempo más tendremos que seguir con esta farsa? Verla todos los días, en esa silla de ruedas… a veces me da asco." "El accidente… fue una solución. Dos pájaros de un tiro", la voz de Miguel, la misma que me consolaba, se burlaba. Él y Sofía confesaron cómo sabotearon el puente, cómo mataron a mi padre y me dejaron lisiada. Mi mundo se desmoronó. La Ximena que amaba y perdonaba murió en ese instante. Pero en su lugar, nació otra Ximena. Una fría, inteligente y silenciosa. Me iban a pagar.
Su traición desencadenó su verdadero poder

Su traición desencadenó su verdadero poder

Durante cinco años, fui el fantasma en la máquina, la arquitecta secreta de la brillante carrera de mi novio, Leo. Yo era "Aura", la creadora anónima del software multimillonario de nuestra empresa, y usé mi influencia oculta para convertirlo en el líder de proyecto estrella en una nueva ciudad a 2,400 kilómetros de distancia. Lo hice todo por nosotros, por el futuro que se suponía que construiríamos juntos. Pero cuando finalmente me transferí a su oficina para sorprenderlo, lo encontré abrazado a su nueva asistente, Kiara, la misma chica que había visto riendo en la parte trasera de su motocicleta en un video apenas unos días antes. Él la llamó su "compañera de escalada", una amiga, nada más. Entonces, ella cometió un error que le costó millones a nuestra empresa. Cuando la confronté, Leo no la hizo responsable. La defendió. Frente a todo el piso ejecutivo, se volvió contra mí, culpándome por su fracaso. —Si no puedes con la presión de aquí —escupió, su voz goteando desprecio—, a lo mejor deberías regresarte al corporativo. El hombre cuya vida entera yo había construido me estaba despidiendo para proteger a otra mujer. Justo cuando mi mundo se hacía añicos, las puertas del elevador sonaron. Nuestro Director de Tecnología salió, sus ojos recorriendo mi rostro bañado en lágrimas y el de Leo, rojo de furia. Miró directamente a mi novio, su voz peligrosamente baja. —¿Tienes el descaro de hablarle en ese tono a la dueña de esta compañía?
No Soy la Luciana que Rompiste

No Soy la Luciana que Rompiste

El auditorio vibraba, los focos cegaban y, en el escenario, Máximo Lawrence, el hombre que me destrozó, se preparaba para su gran acto. Siete años después de que me echara al abismo, me buscó con la mirada entre la multitud y, con una sonrisa estudiada, anunció: "Hay una persona especial aquí esta noche... una mujer que me prometió gloria con sus pasos." Sacó una caja de terciopelo, el público jadeó, y mi nombre, Luciana, resonó con una falsa emoción. "Cásate conmigo", me pidió, un broche de plata con castañuelas, idéntico al que perdí el día que me acusó, brillando en sus manos. Pero en mi mente, no veía al héroe romántico, sino al verdugo de hace siete años, señalándome ante los mismos periodistas. "¡Ella es una plagiaria! ¡Una ladrona!", gritó entonces, cerrándome las puertas al Ballet Nacional y al mundo del flamenco. Hoy, mi pasado regresaba con un show patético, ignorando que aquella Luciana que un día lo amó con locura ya no existe. Ahora yo era Luciana Castillo, la bailaora de flamenco que había conquistado Europa y que no le debía absolutamente nada. Me levanté sin una palabra, dispuesta a marcharme, a borrarlo de mi vida, cuando una diminuta voz rasgó el aire: "¡Mamá!" Y entonces, en el aparcamiento, mientras Máximo me acosaba, mi hija Sofía corrió hacia mí, y mi marido, Ivan, salió del coche para rodearme con su brazo. Su rostro se paralizó, palideció al entender que lo que vio era mi familia, mi vida, mi nueva felicidad construida sobre las cenizas que él dejó. "Máximo", le dije, mirándolo sin una pizca de la chica que una vez le suplicó amor. "Él es Ivan, mi marido. Ella es Sofía, nuestra hija." "Tú y todo lo que pasó entre nosotros… fue un error. Desaparece de mi vida. Para siempre." Pero, ¿qué puede hacer un hombre cuando su pasado, su mentira y su orgullo se derrumban ante la innegable verdad de tu triunfo?