El fuego despues del silencio
/0/22615/coverbig.jpg?v=a326228d7461df225e01dee7d9edbd8f&imageMogr2/format/webp)
omenzó a trabajar,
tam
con el cuerpo agotado y la mente en otra parte. Pero con el tiempo entendí que no era solo eso. Algo
jó de ser
ó un cam
ra de lugar, una comida fría. Después vinieron los reproches viejos, los silencios l
y yo -cuando la puerta se cerrab
a a ning
a nada
ho de quedarme s
za. Me sentaba en la cama sin tener que rendir cuentas. Preparaba un café solo para mí. Y
os meses, también
nta. Dejé de arreglarme. Dejé de comprarme ropa. Dejé de interesarme por mi cuerpo como si ya no me perteneciera. Mi
on ropa vieja. Sin
tampoco
Sus manos no eran caricias: eran exigencias. Y yo me dejaba hacer. A veces cerraba
n dos desconocidos compar
o me re
iso, sin delicadeza, el
mirando sin ver una foto cualquiera, cuando vibró la pan
má
echo. Como si alguien me hu
a. ¿Cuándo
a m
egunta
dos los años, todos los sil
a en la casa vacía. Las manos me temblaban. El aire se volvió espeso.
i hasta el espejo del baño. Me miré. Me vi cansada. Opaca. Apagada. Y po
e algo mínimo, pe
é lent
qué e
crema en
que hacía a
per
para
para
también para ese nombre que seguía e
és, como quien intenta
-escribí-.
llegó casi
a cuando hay cosas q
nudo en e
io. Me miró de reojo. Me midió. Me recorrió con una mirada que hacía tiempo no
timos por nada. Por t
rara -m
ansada -
o m
je de qué estaba
tí, por primera vez en mucho t
o, con Julián durmiendo a mi
ía escrit
iero volver a perdert
los
e me dio miedo, que algo y
a despertado antes
e eso iba a