Lazos de Sangre y Corse
ión como una hoja de oro. No trajo tranquilidad, sino la dura verdad del desastre. La alfombra de Aubusson estaba hech
proceso que sonaba menos violento, pero parecía más doloroso en su patética fragilidad. Los músculos hipertrofiados se contraían enas parecía un ser humano. Estaba desnudo entre los restos de su camisa de seda, cubierto de
uperando su voz humana, aunque s
ercó a él y, con una naturalidad que habría escandalizado a cualquier dama de Londres, cubrió los hombros del ari
os y pálidos, temblaban violentamente. -¿Sigo siendo... yo? -preguntó, alzando la mirad
medir su ritmo cardíaco-. El otro dos por ciento es el residuo químico qu
listair experimentó una sacudida que no tenía que ver con el veneno. Era una concienci
as limpiaba una herida en el costa
un momento, quedaron a pocos centímetros. El conde percibió en ella el aroma a jabón
y le ha tomado la temperatura con un termómetro. -Él la miró fijamente-
a vez, desvió la mirada hacia su maletín-. Además, sabía que no me haría daño. No porque no qui
pió el momento. No era el mayordomo
Blackwood! Tenemos informes de disturbios en la propiedad y el avistamiento de
Blackwood... pertenece a la Orden de la Luna Blanca. Si
frascos vacíos tras una estantería. -Cúbrase con la manta y siéntese en el sillón. Finja u
do con esto, me colgarán por brujería o algo p
briento -sentenció ella, ajustándose el cuello de su vestido y caminan
paraba para embestir. El hombre, robusto, con patillas grises y oj
o cuerpo-. Lord Thorne está sufriendo una crisis respiratoria aguda bajo mi cuidado
ón en penumbra. -Hemos seguido el rastro de una bestia desde los muelles, señorita... ¿Vance, v
i desea entrar, necesitaré ver una orden firmada por el Comisionado, o de lo contrario, mi siguiente
tía que esto no había terminado. Eleanor cerró la puerta con llave y se a
to en su manta, con asombro y algo que comenz
ackwood tiene razón en algo. El olor no se irá fácilmente.
si tocar su hombro, y finalmente la dejó caer. -¿Por qué me protege de esa manera, Eleanor? No es solo p
ó, cargado de una electricidad nueva, una que no provenía de
r -dijo ella en voz baja-, y yo necesito a un hombre
que heló la sangre de ambos: un silbido bajo, me