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Lazos de Sangre y Corse

Capítulo 2 2. El Eco en la Sangre

Palabras:1445    |    Actualizado en: 16/01/2026

ampoco el aullido limpio de un lobo. Era como el estruendo de algo rompiéndose: el teji

les, tallados en caoba y roble, parecían encogerse ante la violencia de su transformación. Alistair se arrodilló, sus manos -que hace un mome

de saliva y sangre-. ¡Señorita Vance... por el amor de Dios.

preciso como el bisturí que escondía. Se movió con la eficiencia de un general en co

splazaba hacia adelante, los tendones del cuello tensándose como cuerdas de piano a punto de estall

eforzadas con remaches de plata. Sabía que las cadenas de la pared no

n. Su cuerpo quiere convertirse en una bestia ciega, pero mi suero está forzando a su sistema nervioso a permanecer

una rama de invierno quebrándose. Su camisa de seda se rasgó de arriba abajo, revelando una musculatu

dos -replicó ella, aunque un destello de admiración cruzó sus ojos al

ímetros del rostro de Eleanor. Ella ni siquiera parpadeó. Con una rapidez asombrosa, aprovechó el impulso d

ofunda y gutural-. ¡Si me suelto... si este metal falla..

r ardiente que emanaba de la piel del Conde. Su temperatura corporal debía estar por encima de los cua

ro, enfocó sus pupilas dilatadas en ella. Sus ojos eran dos pozos de ámbar

sangre que brotaba de sus poros-... veo un

-Se llama determinación. Y es lo único que nos separa

domo, cargada de un terror mal disimulado, llegó desde el pasillo-. ¡Los caballos! ¡Están rompiendo

an visibles, largos y curvados como dagas de marfil. -Dígale... dígale que se largue -logró articul

n pie en esta habitación antes del amanecer, no me haré responsable d

or volvió su atención al monstruo que tenía enfrente. Alistair ya no era un hombre, pero tampoc

frente del Conde-. Su mente está separada de su cuerpo. Es una disociación química. Dígam

l... el perfume de mi madre -susurró, con una voz que sonaba a rasguño de piedras-. Olía a jazmín y...

ga. No se

e la vena carótida latía con una regularidad tentadora-. Es como un vacío absoluto en el centro de mi ser

instinto de supervivencia. -Esa hambre no es suya. Es un parásito. Usted es el anf

te, y por un momento, la luz plateada que recorría sus venas brilló intensamente. Luego, con un suspiro q

ena reinaba en el cenit, bañando la ha

hipertrofiados y restos de humanidad. Sus ojos ámbar seguían abierto

ora un susurro animal-. ¿Por qué arriesgarse

in importarle que su vestido de seda se manchara de sudor y fluid

monio -respondió ella, mirándolo con una seriedad absoluta-. Yo creo que usted es un paciente con una patolo

huesos. -Es usted una mujer peligrosa, señorita Vance. M

rga guardia-. Mañana el sol volverá a salir, y necesitaremos cada gramo de su fuer

Pero dentro de la habitación, solo se escuchaba el tic-tac del reloj y la respiración acompas

ajo la luz de una vela agoniz

brevivió a la transición, sino que retuvo el habla. El vínculo entre el médico y el monstruo se ha sellado.

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