Su omega prohibida: ¡A merced del Alfa!
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por Brie
la pantalla, justo cuando intentaba concentra
aba el señor Cavendish cuando algo lo sacab
tro porque él estaba a más de tres mil kilómetros, disfrutando sus
obre mí justo ahora, cuando faltaba una semana para Navidad y tenía la ilusi
adas las fechas, algo me decía que mi
h Ridge hoy. Asunto confiden
ocurrido. Era tan propio de él que casi pude escuchar su voz, esa manera en qu
ez y descubrí que en persona tenía una presencia que ninguna fotografía podía captar. Lo había admirado durante años, y aun así, cuando estaba frente a él, mis manos temblaban como si no encontraran un punto firm
bía que mi deber era acudir, pero también sabía que ese viaje me ponía en una situación peligrosa. Mis pasti
ra ocultarlo. Lo hice por necesidad, no por vergüenza. Ser omega significaba vulnerabilidad en manos equivocadas, y demasiados alfas en este mundo creían tener derecho so
r Cavendish." Apenas envié el mensaje,
ber qué pensar. Él nunca
os a su manera, que respondía cuan
spera en una hora. Pue
pulso a
ho
cuerpo bajo control y que no saliera a flote mi olor. Maldije en voz baja mientras recogía mis cosas y guardaba el portátil. No podía hacer nada. Si q
de costumbre, o quizá era el peso de la noticia lo que hacía que todo se sintiera más distante. Mientras espera
a escogió novia." Reí sin querer, una r
ra una empresaria del norte, que si era una al
. No tenía derecho a sentir celos, pero es
aba a ninguna parte. Y aun así, me dolía pensar que al
o las puertas se abrieron, salí disparada. Necesit
e me necesitara en ese lugar sin explicación alguna me dejaba inquieta. No imaginaba qué podía requerir de mí, ni cuánto tiempo tendría que quedarme, ni si alcanzaría
ica manera que me daba tranquilidad: aislándome en diciembre, alejándome de reuniones, fiestas y espacios cerrados, evitando a los alfas tanto como podía. Era una rutina que me había funcionado, un siste
día. Cuando por fin uno se detuvo, me lancé al asiento trasero y le pedí al conductor que me llevara a mi apartamento lo más rápido posible. Iba mirando el reloj
ara orden. Tomé una maleta pequeña y metí lo básico. Ropa térmica, un par de suéteres, lo necesar
rada el frasco
edaban
que me temblaron las manos, pero lo hicieron. Guardé el frasco y cerré l
fa sin mis pastillas... Debo ser positiva, quizás es algo de un día pa
do, que él no estaría demasiado cerca, que podría mantener la calma. Pero otra parte de mí sabía que no
echo se calentara, y ese era el problema. Yo era una mujer que debía esconder su naturaleza. Él era un alfa que jamás tendría una razón para mirar a una asesora como algo m
decisión. El avión esperaba encendido, elegante y discreto, como todo lo que él hacía. Caminé hacia la escalerilla sintiendo el peso de cada paso. No sabía cuánto tiempo estar
jé caer en el asiento
os que siempre intentaba ignorar. No llegaban de golpe, s
o si me faltara un poco de aire cuando no había motivo para ello. Podía estar sentada trabajando y, de repente, la ropa me rozaba distinto, demasiado presente, demas
e dispersaban con una facilidad que me molestaba, como si
unque intentara esconderme de él. Era un estado que no podía compartir con nadie y que solo yo entendía, porque la