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Su prometida indeseada fue su verdadera salvadora

Capítulo 4 

Palabras:442    |    Actualizado en: 03/12/2025

te, el apartamento

ando un espresso mientras revi

otos -dijo, sin molesta

mano en la puerta

miso. Estaba programada para

n -dije s

ágrimas. Había esperado que le suplicara por la única mu

da más?

larla. Así que

ento, luciendo inu

re hacer una

é fija

. una sesi

Quiere la experiencia. Quiere fotos de e

fecha y mi prometido, y envolv

a -añadió rápidame

ije-. Tie

ceño. -Te lo es

a esposa de capo, Dante. Po

rieta en la armadura. Pero yo estaba huec

después de la sesión. Por unos días.

nde se suponía que ir

entras no estoy -dijo-. Las flores, la dist

sus llaves y cami

en una

desp

se cerró c

n minuto. Luego, cam

de basura de a

de la mesita de noche. Tomé la ropa que me habí

es de repuesto. Su navaja de afeitar. La

té el arte que habí

el apa

edes estaban desnudas. Lo

ión de hotel. Estér

mente como nue

centro del vacío que había

d

da. Estaba planeando un funer

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Su prometida indeseada fue su verdadera salvadora
Su prometida indeseada fue su verdadera salvadora
“Estaba parada ahí, envuelta en cien mil pesos de encaje cosido a mano, cuando recibí el informe médico. Mi prometido, Dante de la Vega, el futuro Don de Monterrey, había embarazado a otra mujer. No se disculpó. No suplicó. Me miró a los ojos y lo llamó "una necesidad estratégica". -Isobel me salvó la vida hace cinco años -dijo con frialdad-. Le debo este hijo. Lo criarás como si fuera tuyo. Es el precio del Tratado de Paz. Me obligó a cancelar nuestra sesión de fotos de compromiso para poder tomárselas con ella. Se la llevó de vacaciones al viaje que se suponía era nuestra luna de miel. En la cena, me pidió el risotto de mariscos, olvidando por completo mi alergia mortal a los crustáceos, mientras se preocupaba por la temperatura del agua de Isobel. Cuando intenté irme, me acorraló. -Eres la mujer de un capo, Nina. Compórtate como tal. Ella es la heroína que me salvó. Quise reír. Porque hace cinco años, en ese callejón, Isobel ni siquiera estaba allí. La que llevaba la máscara era yo. Fui yo quien le suturó la arteria femoral y le salvó la vida, arriesgando mi propia licencia médica. Estaba destruyendo nuestra relación de veinte años para pagarle una deuda a una mentirosa. No grité. No peleé. Simplemente tomé un marcador rojo y caminé hacia el calendario. El día de nuestra boda, mientras Dante esperaba en el altar a su obediente Reina, yo ya estaba abordando un vuelo de ida al otro lado del mundo. No le dejé nada más que cuatro palabras garabateadas sobre la fecha: "Terminamos, Dante".”
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