“Colapsé por agotamiento después de dedicarle diez años de mi vida a mi novia y jefa, Kendra. Renuncié a mi música, a mis sueños, a todo, para construir su imperio. En el hospital, el doctor me dio la noticia. Tumor maligno. Necesitaba una cirugía de emergencia para salvar mi vida. Kendra nunca me visitó. Ni una sola vez. Después me enteré de que estaba hablando por teléfono con otro hombre, diciéndole dulcemente que lo extrañaba mientras yo yacía en una cama de hospital. Dos semanas después de que me sacaran el cáncer, el día de su cumpleaños, fui a casa y le preparé su platillo favorito. Se suponía que sería nuestra última cena, un adiós definitivo. Ella llegó tropezando tarde esa noche, borracha, cargada a caballito por ese mismo hombre. Llevaban puestas playeras negras idénticas. La de él decía: "Estoy con ella". La de ella: "Estoy con él". Me vio y se quedó helada, la risa muriendo en su garganta. Se bajó de su espalda de un salto, con el rostro convertido en una máscara de pánico y culpa. Pero yo no sentí nada. Ni rabia, ni celos. La parte de mí que podía sentir dolor por ella me la habían extirpado en el quirófano, junto con el tumor. La miré directamente a los ojos. -Se acabó. Luego salí del penthouse que una vez llamamos hogar, dejándola sola en el monumento a nuestra fallida relación. Esta vez, no iba a volver.”