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El Precio de Hacer Milagro

Capítulo 4 

Palabras:835    |    Actualizado en: 07/07/2025

ca, pero las implicaciones eran aterradoras. Estaba envenenando l

rmera. "Y documente cada reacción cutánea que te

rendiendo la grave

edad de Sofía. En mi vida pasada, su fe ciega en Marco la llevó a sacrificarme. En esta vida, esa misma

siempre proclamando su inminente recuperación, él siempre a su lado como el devoto salvador.

itación del hospital, ocu

un movimiento. Un espasmo. Los dedos de la ma

ón dio u

a. "Camila", susurr

pados t

imero, movimientos más consistentes en sus manos y pies. Luego, un día, mientras la Sra. H

un milagro médico sin precedentes. La Sr

eto. El mundo exterior todavía creía que yo es

chas rojas y dolorosas cubrían sus piernas, que ahora estaban hinchadas y descoloridas. Marco le decía que era "e

día. El último día

llamó "El Renacimiento de Sofía". Había invitado a toda la prensa, a la alta sociedad,

ón. Marco y Sofía estaban en un pequeño escenario, bañados por la luz de lo

proclamaba. "El día en que el amor demuestra ser la medicina m

los que habían apostado en mi contr

do! ¡Con la ayuda del agave de fuego y el poder de

ntes de una fe fanática, asintió. Con la ayuda de Marco, se agarró a unas barras paralelas que

contuvo la

grandes puertas dobles del

lado, de pie, erguida y con una fue

mentía las semanas que había pasado en cama. Su madre estaba detrás

pulcral cayó s

medio camino de los labios. El sonido de un centen

los ojos estaban fijos en Camila, la mujer que se suponía

fue total

o fortunas en mi contra se pusieron pálidos. Uno de ellos dejó caer su

ble...", tart

Herrera!",

do. Lo habían perdido todo. El sonido de sus gemidos de desesperación y sus mal

uedado congelados, mirándonos con puro y a

illa apena

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El Precio de Hacer Milagro
El Precio de Hacer Milagro
“Mi nombre es Ricardo Morales, y mi cocina solía ser mi orgullo, capaz de sanar cualquier alma. Pero esa misma cocina, o más bien, el "milagro" que producía, me costó la vida. La última imagen que tuve fue la de Sofía del Valle, la heredera del imperio tequilero, viéndome desangrar, la locura en sus ojos, gritando: "¡Tú dices que tu cocina es un milagro! ¡Pues úsalo para traerlo de vuelta!" A su lado, el cuerpo congelado de su amante, Marco Flores, un año después de haber desaparecido, y al que yo, supuestamente, debía resucitar. Le supliqué, mis fuerzas agotándose: "¿Sofia, está muerto. Mi comida cura, no resucita. Lleva un año así." Ella me escupió, su rostro retorcido por el odio: "¡Tú lo mataste, Ricky! ¡Tú me robaste mi vida con él!" Me culpó por la muerte de un estafador y me dejó morir, desangrándome por un ritual sin sentido. Antes de que la oscuridad me engullera, escuché los susurros: Marco no murió buscando la planta milagrosa, sino intentando estafar a la amante de un hombre peligroso. Toda mi vida, mi sacrificio, fue por una mentira. Pero entonces, desperté. Volví. En el día exacto en que la conocí, en el mismo salón, y ella, pálida y frágil, me miró con la misma arrogancia de siempre. Esta vez, no habría compasión. "Señorita Del Valle", le dije con una voz que no reconocí. "Su paladar está perdido. Es una causa perdida. Nadie puede curarla." El silencio se rompió cuando una taza de talavera se estrelló contra la pared. Mi vida anterior me había traicionado, pero esta vez, yo sería quien pusiera las reglas. Y el juego, cabrones, apenas comenzaba.”
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