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Aquel retrato lleno de polvo había aparecido justo después de ese fatídico día, en el que Abel había llorado desconsolado al recibir la llamada devastadora. Sus padres habían fallecido y nada en este mundo los traería de vuelta con vida. Ese hallazgo había marcado un antes y un después, por esa razón no podía ignorarlo.
Desde que la noticia llegó hasta sus oídos, Abel lloraba desconsolado entre los brazos de su prometida Karina. Nada alivianaba la noticia. El dolor era insoportable y las lágrimas parecían dos caudales de agua interminables.
-Ya, cariño, está bien. Llora todo lo que necesites -Esas eran las únicas palabras que a ella se le ocurría decirle, sin recibir ninguna respuesta por parte de Abel.
El día anterior, aquel accidente había sido brutal. En el suelo yacían trozos de los dos vehículos; habían quedado casi pulverizados. Incluso fue demasiado difícil para las autoridades de rescate, llegar a reconocer los cuerpos y contactar a los familiares. Lo único que ayudó fueron los documentos de identificación, que de milagro encontraron entre los escombros.
El tiempo pasaba como un río apresurado para Abel, porque, en cuanto se dio cuenta, los protocolos de luto habían terminado y ya llevaban a sus padres hacia el cementerio. No había nada más que hacer a esperar el justo momento del entierro.
Luego, en un abrir y cerrar de ojos ya todo el mundo le había terminado de dar el pésame y se despedían de él, dejándolo para que él terminara de asimilar aquello que aún le parecía irreal. Ya sus padres "descansaban en paz", decía la gente.
«¿Cómo es que afirman eso? ¿Acaso ya han comprobado que sea así, o es solo una manera de alivianar la carga del dolor?». Abel había dejado de creer en muchas cosas desde ya hacía varios años, así que, algunas palabras no tenían mucho o nada de sentido para él, pero las aceptaba con respeto.
Lo único que quería creer era que ellos ya no sentían dolor ni angustia en sus cuerpos y en nombre de ellos no se daría por vencido. Él con toda devoción seguiría trabajando en esa agencia de bienes raíces, continuaría practicando box, el deporte que más le gustaba y contraería matrimonio con su prometida, como ya desde seis meses la presentaba a la sociedad.
«Pero primero lo primero -dijo Abel para sus adentros-. Me mudaré de regreso a la casa que ellos habitaron por tantos años y que con tanto amor me heredaron. Ese será el hogar donde veré a mis hijos y nietos crecer. Ya lo he decidido».
La decisión ya estaba tomada y en un par de semanas se mudaría de su apartamento de soltero en el centro. Los días transcurrían como agua en un río, pero antes debía ir a echar una revisión a cada resquicio de la antigua casona. Por supuesto que Karina iba con él en el auto y ambos iban haciendo muchos planes a futuro.
-¿Te imaginas lo bien que estaremos con nuestros diez bebés en ese lugar? -dijo una sonriente Karina y Abel casi sale disparado del carro al escuchar semejante cantidad.
-¿Tan poquitos? -inquirió Abel divertido y ella abrió los ojos como platos.
-¿Crees que somos conejos o qué? -regañó Karina en broma.
-Tú comenzaste a decir cifras de conejos.
Ambos reían y bromeaban como la feliz pareja que eran desde que se conocieron. Pronto estacionaron en la entrada de la casa. Su estructura siempre había sido muy llamativa. No cabe duda que sus padres habían cuidado bastante bien de ella. Ahora le tocaba a él poner de su parte con tal estructura.
-Podría darme el lujo de poner un bello jardín justo aquí -señaló con ambas manos-, para que adorne con sus flores el frente, ¿qué te parece, amor? -dijo Karina como una niña con juguete nuevo.
-Cariño, tú podrás adornar esta casa como se te antoje -musitó Abel y ella lo apretó en sus brazos.
Abel sacó las llaves del bolsillo de su pantalón negro y por fin abrió la puerta principal de la casa.
-He venido aquí un par de veces y para los días festivos por dos años consecutivos. Definitivamente aún guarda la esencia de tus padres -dijo Karina, pero luego volteó a ver a Abel, para ver si no había sido inoportuno su comentario.
-Ellos seguirán viviendo en nuestras memorias -respondió secamente Abel mientras veía el tapete rectangular que decía "Bienvenidos".
Ambos jóvenes entraron a la casa que tenía un amplio salón para recibir visitas. Todo debidamente amueblado y colocado en su lugar. A sus padres les encantaba decorar con jarrones, figuritas de porcelana y muñequitos de plástico. También les encantaba tener tapizadas las paredes de retratos de la familia.
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