Cuentos y diálogos
ón a la moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anoc
pos de su naranja; pero mientras más corría, más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista. Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del t
que la noche se le venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en desconsoladísimo llanto. La os
cias a Dios, y enderezó sus pasos hacia aquellas luces. Pero cuán grande no sería su sorpresa al encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las puert
os más ricos y elegantes salones que imaginarse pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos, que en los salones había, eran para espantar po
el palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio una cabeza de jabalí desosada y rellena de pech
eza de jabalí. Mas apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al parecer por otra poderosa e invisibl
es para mi se?
nos principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino
es para mi se?
ato, pero siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pe
rramaban una claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al sue?o. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de tenderse en ella y descansar. Iba a po
es para mi se?
a no comer se había ya resignado; y para distraer el hambre y el sue?o se puso a registrar cuant
y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, e
as y gozando de aquella armonía, cuando oyó un gran
una masa de verdura, a fin de no ser vista y poder v
, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la pertinaz dolencia de la Princesa Venturosa. Los otros dos pájaros no eran, ni con mucho, tan bello
ebe decir que jamás había visto hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres
otros, como se?or soberano. Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la hermosura, ya ve
e les hizo salva al llegar y les regaló los oídos mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos y sirviendo admirablemente la mesa. T
nde imperio de la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero más querido; los cuales estaban encantad
a, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se mostraba melancólico y a