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Cuentos y diálogos

Cuentos y diálogos

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Chapter 1 No.1

Word Count: 1530    |    Released on: 06/12/2017

reino, allá en las regiones de Oriente. Tenía este Rey inmensos tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más gentiles damas y los má

maravillosos por su grandeza y frondosidad, y por la copia

, jigantes, bufones y otros monstruos para solaz y entretenimiento de S. M.; allí cocineros y reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y jurisconsultos, que cuida

ya brillantez empa?aba solamente con negra sombra de dolor la temprana muerte de la se?ora Reina, persona muy cabal y hermosa a quien S. M. había querido

do ocurrieron unas guerras en país vecino. El Rey partió con sus tropas; pero antes se despidió de la se?ora Reina con mucho afecto. Esta, dán

s enemigos en la guerra, mató por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos qué mala p

re las aclamaciones y el aplauso de la multitud y el repiqueteo de las campanas, la Reina estaba

na hermosa princesa que acababa de nacer! El Rey dio un beso a su hija y se dirigió lleno de júbilo, de amor y de satisf

llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la Reina, la cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se diría que aún vagaba sobre sus labio

upo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la litera

udió la melancolía, y se creyó tan venturoso o más venturoso que antes. La Reina se le aparecía en sue?

to y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el asombro de cuantos

capital del reino con despachos para otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que vin

e, por ruin y para poco que fuese, que no se decidiera a ir a la capital del Rey Venturoso, a competir en justos, torneos y ejercicios de ingenio por la mano de

r, por último, los enigmas que los príncipes se proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían; las serenatas que daban; los combates del arc

importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus ejerci

uos, las mejillas y la barba salientes, crespo y enmara?ado el pelo, rechoncho y peque?o el cuerpo, aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo prin

queridos; el Rey Venturoso rabiaba al ver que su hija no acababa de decidirse; y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de

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