Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo.

Kassandra2026

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Capítulo

Una traición. Un asesinato. Un reino al borde del colapso. Dianco, el joven heredero de Aethelgard, perdió a sus padres y al amor de su vida en una sola noche. Obligado a gobernar sin experiencia, deberá enfrentar enemigos poderosos que buscan invadir su continente y robar sus recursos. Convertido en el Alfa de Hielo, Dianco aprendió que el poder y el deseo son armas tan letales como la traición. Desde entonces, el amor dejó de ser un refugio y las mujeres, solo una distracción pasajera en su guerra contra el vacío. En un mundo donde la lealtad muere joven, el Alfa de Hielo gobierna con frialdad... y su corazón, con cicatrices que jamás volverán a sanar

Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo. Capítulo 1 El Cristal Roto de Aethelgard.

En el vasto y místico mundo de Dravonis, donde las leyendas no se cuentan, sino que se respiran, el continente de Aethelgard se alzaba como el monumento definitivo a la longevidad y el poder. Era un territorio de relieves dramáticos, donde las montañas de cumbres perpetuamente nevadas vigilaban las ciudades de mármol como centinelas de roca. Allí, la jerarquía no era una sugerencia social ni un acuerdo político; era una ley biológica absoluta: la sangre de lobo dictaba el destino de las naciones.

El aire cargaba un matiz metálico y puro, el aroma del poder establecido que solo los de linaje superior podían saborear.

Bajo el mandato del Rey Alfa Filippo y su Luna, la Reina Laura, el reino florecía. De esa unión de linajes puros nacieron los pilares del futuro: la princesa Lira, de inteligencia afilada, y el príncipe Dianco.

A sus veinticuatro años, Dianco era una obra maestra de la genética y la estrategia militar. Su estampa recordaba a las estatuas de los antiguos dioses de la guerra talladas en obsidiana: hombros anchos, mandíbula de granito y una estatura imponente. Se le había moldeado sin piedad para ser un depredador implacable en el campo de batalla, un estratega capaz de ver tres movimientos por delante de sus enemigos y un líder de sabiduría precoz. En Aethelgard todos esperaban el despertar de su lobo interno, una bestia que la línea real aguardaba con ansias pero que, por ley de su casta, no despertaría hasta que cumpliera los veinticinco años. Mientras tanto, Dianco suplía la falta de su bestia con un entrenamiento brutal en letales artes marciales y en la fría e implacable política de Estado.

Sin embargo, tras los muros de su perfeccionismo, Dianco albergaba una grieta. Un secreto que durante nueve años había sido su único contacto con la humanidad más pura: su amor ciego por Aurora. Durante casi una década, su tiempo y su alma habían sido de total entrega hacia ella. Para protegerla de las víboras de la corte, le construyó un santuario privado de jardines colgantes en el sector alto de la ciudad. En ese rincón, él no era el heredero sin lobo de una estirpe; era simplemente un hombre enamorado.

Aquel viernes, el ritual más sagrado del continente comenzó cuando el sol tiñó de violeta el horizonte: la Cena Familiar. Por decreto ancestral, un silencio absoluto y casi tangible se derramó sobre Aethelgard. Las avenidas quedaron desiertas, los carruajes se detuvieron y nadie osaba cruzar el umbral de su casa. Romper este Silencio Sagrado era un sacrilegio contra los ancestros.

Aprovechando las sombras de los túneles ocultos del castillo -pasajes de piedra fría que solo el linaje real conocía por nacimiento-, Dianco se escabulló. Su corazón, usualmente una máquina de precisión militar, latía con una calidez inusual. Quería sorprender a Aurora, la mujer que había sido su refugio emocional desde que era un adolescente de quince años. En sus brazos, el peso de la corona simplemente desaparecía.

Al cruzar el umbral de la casa de Aurora, el silencio del santuario se transformó en una emboscada para sus ojos. Dianco avanzó por el pasillo sin hacer el menor ruido, guiado por una extraña tensión que flotaba en la atmósfera. Al asomarse a la penumbra de la habitación, el mundo se detuvo con una violencia devastadora.

No le hicieron falta sentidos de lobo ni rastros aromáticos. Su mirada captó la escena de forma directa e incuestionable: Aurora estaba en los brazos de otro hombre. Dianco vio, con una claridad que le desgarró el pecho, cómo se besaban apasionadamente mientras las manos del intruso tocaban los pechos de la mujer que él había venerado durante casi una década. Su mente táctica, fría incluso en el caos, registró en un microsegundo la ropa descartada en el suelo: los detalles del uniforme delataban al hombre como un oficial común de la guarnición, un sujeto sin casta noble ni linaje superior.

La traición, ejecutada en el corazón mismo del silencio sagrado y ante sus propios ojos, fue una aniquilación espiritual completa. Dianco no rugió de rabia, porque no había un lobo dentro de él que guiara su furia. En su lugar, ocurrió algo mucho más aterrador: su mente y su carácter se transformaron en un bloque de hielo sólido que se expandió por todo su ser. Nueve años de entrega absoluta, de promesas susurradas y de protección incondicional se hicieron trizas ante esa exhibición de lascivia y complacencia.

Sintió cómo su inocencia moría de un golpe seco. Sin pronunciar una sola palabra, con el rostro convertido en una máscara de frialdad inhumana, abandonó la propiedad. Sus pasos resonaron con un eco metálico sobre el pavimento de la plaza principal, un espacio vasto y vacío bajo la luz moribunda del atardecer.

Se sentó en un banco de madera fría. En ese momento de soledad absoluta, Dianco experimentó una metamorfosis dolorosa; su humanidad se desprendía de él como piel muerta. A lo lejos, el tañido de las campanas del palacio comenzó a llamar al banquete real, un sonido que ahora llegaba a sus oídos carente de cualquier significado. En ese banco, el hombre que creía en el amor exhaló su último suspiro. Y en su lugar, con el pulso lento y el alma blindada en escarcha, nació el temperamento del Alfa de Hielo.

Inmóvil como una estatua de mármol, Dianco recurrió a su último recurso dinástico: el enlace mental de linaje real, un poder de sangre que poseía aun antes de su transformación física. Cerró los ojos, visualizó el hilo de plata que lo conectaba con su círculo más íntimo y lanzó un comando imperioso:

- Carlos. Ven a la plaza. Ahora.

A varios kilómetros, el mensaje golpeó a Carlos en plena cena como un látigo mental, haciéndole soltar su copa y manchar el mantel de un rojo profético. La urgencia gélida que emanaba de la mente de Dianco era tan abrumadora que Carlos salió de su casa rompiendo todo protocolo. Al llegar a la plaza, se detuvo en seco al ver al imponente príncipe reducido a una sombra.

- Dianco, ¿qué te sucede? -preguntó Carlos con el aliento entrecortado-. Te ves... como si hubieras visto el fin del mundo.

Dianco alzó la cabeza; sus ojos azul glaciar estaban fijos, vacíos de cualquier calidez humana.

- Aurora... me ha traicionado -soltó con una voz desprovista de emoción.

Carlos retrocedió, atónito. La traición al heredero de la corona era una ofensa imperdonable.

- ¿Cómo? Dame detalles -insistió.

Pero Dianco ya había levantado su muro. Lo miró fijamente, sentenciando el fin de su antigua vida:

- No quiero decir absolutamente nada.

Al emerger tras un tapiz en el ala este del palacio, Dianco ya no era el hombre destruido; era la máscara perfecta e inexpresiva del príncipe heredero. Entró en el gran salón justo cuando los sirvientes disponían manjares que despedían aromas a especias exóticas sobre mesas de roble.

- Llegas tarde, hijo -observó el Rey Filippo con su habitual autoridad natural.

- Mis disculpas, padre -respondió Dianco, ocupando su lugar frente a su hermana Lira-. Me distraje en la biblioteca real; el silencio era tan profundo que perdí la noción del tiempo.

La cena comenzó con una armonía que resultaba insultante para el tormento silencioso del príncipe. Fue entonces cuando Dino, el jefe del ejército, entró al salón con una reverencia impecable.

- Majestades, todo está en orden. He venido a presentar mi informe final.

- No te marches todavía, Dino -intervino la reina con una sonrisa-. Quédate para un brindis familiar. Sería un honor.

Dino aceptó y sirvió el vino en las copas de oro de los soberanos. Mientras el jefe militar vertía el líquido, la mente analítica de Dianco, hiperalerta tras el golpe de la tarde, notó un sutil parpadeo de nerviosismo en la mirada del general y una rigidez antinatural en su postura. El cristal de los cálices chocó con un sonido agudo que resonó en los oídos del príncipe como una campana fúnebre.

Dino bebió, compartió risas falsas y se despidió. Nadie en la mesa sospechó que la ponzoña ya estaba corriendo.

La velada continuó hasta que un agotamiento de golpe cayó sobre los reyes.

- Siento que la corona pesa más hoy. El sueño me reclama -murmuró Filippo, extrañado al sentir cómo su lobo perdía fuerza de forma inexplicable.

Tras la retirada de los soberanos, Dianco dejó caer la máscara. El alcohol empezaba a nublarle los sentidos, dándole la excusa perfecta para escapars.

- Me retiraré también. Que descansen.

Al llegar a sus aposentos, cerró la pesada puerta y se derrumbó en el diván frente al ventanal, sirviéndose una última copa de licor fuerte. A lo lejos, las luces del sector alto parpadeaban, recordándole el lugar exacto donde su alma humana había sido ejecutada. Un gemido sordo escapó de su garganta, el lamento de un hombre que acababa de perder su norte. Bebió hasta que el mundo empezó a girar y se desplomó en la cama con la ropa de gala puesta.

Con el pecho agitado por sollozos silenciosos y el sabor amargo de la traición, Dianco se quedó profundamente dormido. Fue un sueño pesado, el último donde despertaría siendo el príncipe vulnerable que solía ser.

Mientras tanto, en los aposentos reales, el veneno de Dino terminaba su tarea silenciosa, decapitando el reino y preparando el escenario para el nuevo, implacable y calculador gobernante, cuyo primer acto de reinado sería bautizado en sangre, astucia y una absoluta, brillante y seductora frialdad.

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Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo. Dianco. El Nacimiento del Alfa de Hielo. Kassandra2026 Fantasía
“Una traición. Un asesinato. Un reino al borde del colapso. Dianco, el joven heredero de Aethelgard, perdió a sus padres y al amor de su vida en una sola noche. Obligado a gobernar sin experiencia, deberá enfrentar enemigos poderosos que buscan invadir su continente y robar sus recursos. Convertido en el Alfa de Hielo, Dianco aprendió que el poder y el deseo son armas tan letales como la traición. Desde entonces, el amor dejó de ser un refugio y las mujeres, solo una distracción pasajera en su guerra contra el vacío. En un mundo donde la lealtad muere joven, el Alfa de Hielo gobierna con frialdad... y su corazón, con cicatrices que jamás volverán a sanar”
1

Capítulo 1 El Cristal Roto de Aethelgard.

03/06/2026

2

Capítulo 2 El Amanecer De Cenizas.

03/06/2026

3

Capítulo 3 El Trono De Las Sombras.

04/06/2026

4

Capítulo 4 Sombras En El Despacho.

05/06/2026

5

Capítulo 5 El Beso De La Traición.

05/06/2026

6

Capítulo 6 El Rugido Del Trono.

05/06/2026

7

Capítulo 7 Lealtades y Nuevos Rostros.

05/06/2026

8

Capítulo 8 Entre Copas y Confesiones.

05/06/2026

9

Capítulo 9 El Aroma De Orquídea.

10/06/2026

10

Capítulo 10 El Peso De La Corona.

10/06/2026

11

Capítulo 11 Corazón De Piedra.

14/06/2026

12

Capítulo 12 Episodio 12. El Pacto De Las Sombras.

16/06/2026

13

Capítulo 13 Episodio 13. La Forja Del Nuevo Rey.

17/06/2026

14

Capítulo 14 Infiltración En El Corazón del Lobo.

19/06/2026

15

Capítulo 15 Vulnerabilidad y Deseo.

20/06/2026

16

Capítulo 16 Entre el Deseo Y El Poder.

20/06/2026

17

Capítulo 17 Hilos De Ambición Y Esperanza.

Hoy, a las 12:11