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Libros de Urban romance para Mujeres

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Esposa Traicionada, Venganza Ardiente

Esposa Traicionada, Venganza Ardiente

Mi esposo, Ricardo, había conseguido el ascenso. Después de tres largos años atrapados en una ciudad pequeña, por fin volvíamos a la sede central de la empresa en la Ciudad de México. Pero cuando fui a presentar nuestros papeles de reubicación conjunta, la administradora de Recursos Humanos me lanzó una mirada de pura lástima. Me explicó que Ricardo ya había presentado una solicitud de reubicación individual, y en ella había registrado a una cónyuge diferente: su novia de la preparatoria, Brenda Montes. Una sola llamada telefónica, que hice con el cuerpo entumecido, al Registro Civil, me reveló la devastadora verdad. Había firmado mis propios papeles de divorcio hacía dos meses, engañada por Ricardo, quien me aseguró que eran documentos de una inversión. Se había vuelto a casar al día siguiente. Usó mi talento como arquitecta de software de élite para asegurar su ascenso, todo mientras orquestaba este cruel engaño. Yo había sacrificado mis propias oportunidades profesionales por nuestro futuro, un futuro que él ya estaba construyendo con alguien más. El dolor me asfixiaba, pero entonces la rabia ardió a través de mi pena. Tomé mi teléfono, con los dedos firmes. Llamé a Alejandro Valdés, el Vicepresidente de Ingeniería, el hombre que me había ofrecido el puesto de líder en un proyecto de alto riesgo. —¿Sigue en pie la oferta? —pregunté, con la voz clara y dura como el acero.
986 Noches de Traición

986 Noches de Traición

Durante 986 noches, la cama de mi matrimonio no había sido mía. Mi esposo, Damián Garza, heredero de un imperio inmobiliario en la Ciudad de México, estaba atormentado por un fantasma, y la hermana de ese fantasma, Ivana, era mi verdugo. Cada noche, rasguñaba nuestra puerta, diciendo que tenía pesadillas, y Damián la dejaba entrar, preparándole un edredón en el suelo de nuestra recámara principal. Una noche, Ivana chilló, señalándome. —¡Intentó matarme! ¡Se metió a mi cuarto mientras dormía y me asfixió! Damián, sin pensarlo dos veces, me gritó: —¡Jimena! ¿Qué hiciste? Ni siquiera me miró para escuchar mi versión de la historia. Más tarde, intentó disculparse con un macarrón, mi favorito, de pistache. Pero estaba relleno de pasta de almendras, a la que soy mortalmente alérgica. Mientras se me cerraba la garganta y se me nublaba la vista, Ivana volvió a chillar, fingiendo un ataque de pánico por unos comentarios en internet. Damián, enfrentado a mis jadeos de muerte y la histeria fingida de ella, la eligió. Se la llevó en brazos, dejándome sola para que me salvara a mí misma. Nunca regresó al hospital. Envió a su asistente a darme de alta. Cuando volví a casa, intentó calmarme, pero luego me pidió que le diera el último regalo de mi padre, mi órgano de perfumista, a Ivana para su “estudio de diseño”. Me negué, pero él se lo llevó de todos modos. A la mañana siguiente, Ivana rompió “accidentalmente” un frasco del perfume personal de mi padre, el último pedazo físico que me quedaba de él. Miré a Damián, con las manos sangrando y el corazón destrozado. Él jaló a Ivana detrás de él, protegiéndola de mí, con una voz gélida. —Ya basta, Jimena. Estás histérica. Estás alterando a Ivana. En ese momento, la última pizca de esperanza murió. Se había acabado. Acepté una oferta para ser la perfumista principal en Francia, renové mi pasaporte y planeé mi escape.
La furia del rechazo: El regreso de una esposa

La furia del rechazo: El regreso de una esposa

Estaba parada frente al Palacio del Ayuntamiento, aferrada a la solicitud de matrimonio, esperando al hombre que había amado durante cinco años. Llegaba tarde. Otra vez. Esta era la nonagésima novena vez que Damián Garza elegía a alguien más por encima de mí. Pero esta vez, una foto en mi celular lo mostraba sonriendo con su novia de la preparatoria, Sofía Beltrán, la mujer que nunca había superado. Cuando regresé a su mansión, Sofía estaba acurrucada a su lado, mientras su madre sonreía radiante. Su madre, Cecilia, le dio a Sofía un brazalete, una reliquia familiar, ignorándome como si yo fuera una de las sirvientas. Damián, en lugar de disculparse, me agarró del brazo, acusándome de hacer un berrinche. Todavía creía que tenía el control. Le mostré la solicitud de matrimonio rota, diciéndole que ya no quería nada de él. Su respuesta fue arrastrarme a mi cuarto, empujarme contra la pared e intentar besarme. Le dije que me daba asco. Entonces, mi padre se desplomó. Damián, al ver la chamarra que un guardia de seguridad me había dado, se negó a dejarme llevar a mi padre moribundo al hospital, alegando que Sofía estaba teniendo un ataque de pánico. Su madre, Cecilia, ponchó las llantas del coche con un cuchillo y arrojó las llaves a una fuente, riéndose mientras mi padre dejaba de respirar. Mi padre murió. En el hospital, Damián me estrelló la mano contra la pared, diciéndome que eso era lo que pasaba cuando lo desobedecía. Él todavía no sabía que la cicatriz en mi espalda era del injerto de piel que le doné. ¿Por qué sacrifiqué todo por un hombre que me veía como una propiedad, que dejó morir a mi padre? ¿Por qué me quedé cinco años, solo para que me trataran como basura? Llamé a Alejandro, mi hermano adoptivo, el director general del Grupo Del Valle. Era hora de volver a casa. Era hora de que Damián Garza pagara por todo.
No Metí en Tu Juego Prohibido

No Metí en Tu Juego Prohibido

El sol de la mañana iluminaba mi cocina, y yo, Sofía, sonreía al ver a mi hijo Mateo, de cinco años, untar mermelada en su tostada con la seriedad de un cirujano. Mi esposo, Horacio, me abrazó por la cintura, irradiando la calma y fortaleza que me habían rescatado de mi tormenta pasada. Estaba en la cima, cosechando los frutos de mi esfuerzo en la Expo Moda, mi santuario de elegancia minimalista. Fue entonces cuando la escuché. Una voz que no había oído en seis largos años, pero que mi cuerpo reconoció con un escalofrío helado. "Así que aquí estabas" . Ricardo. Mi ex prometido. El famoso chef que un día fue mi mundo y al siguiente lo hizo añicos. Me ofrecía un anillo roto, el mismo que le había dejado al huir, con una súplica obscenamente falsa. "Lo he guardado todo este tiempo. Esperando el día de devolvértelo" . No sentí nostalgia, solo una amarga ironía. Su amigo, Carlos, se atrevió a decir que Ricardo había gastado una fortuna en buscarme, que estaba arrepentido. "¿Arrepentido?" , solté una risa seca. "¿Tu amigo sabe lo que significa esa palabra?" Intentó tocarme, pero me aparté. "No me toques" . "Solo quiero hablar. Cinco minutos. Te lo ruego" . "Hiciste tu elección hace seis años. Ahora vive con ella. Yo estoy viviendo con la mía" . Desesperado, balbuceó el nombre de Isabella. Ese nombre fue gasolina al fuego. "No te atrevas a usarla como excusa. Ambos eran un equipo. Y yo fui la víctima. Fin de la historia" . El anillo cayó al suelo. Un tintineo agudo. Roto. Como nuestra historia. De repente, estaba de vuelta en el pasado. Recordé la foto de Isabella en una caja de madera, una foto con la elegante caligrafía de Ricardo: "Mi único y verdadero amor. I." . Entendí que yo era solo una sustituta. Se instaló en mi pecho la humillación, la sensación de ser un objeto movido a conveniencia. Recordé el día que me echó de su casa, bajo la lluvia, sin piedad. Dos días después, apareció borracho, pidiendo perdón, prometiendo matrimonio. Me aferré a esa mentira. Pero la sombra de Isabella era persistente. Hasta el día que ella me atacó en una cafetería, llamándome "zorra" . Sentí un dolor agudo, y todo se volvió negro. Desperté en un hospital, y Ricardo solo se preocupaba por la "mano lastimada" de Isabella. El médico entró, y sus palabras destrozaron mi mundo: "Ha sufrido un aborto espontáneo" . Había un hijo. Mi hijo. Arrancado de mi vientre. Sentí un dolor que no era físico, un agujero negro. Algo en mí se rompió y se reconfiguró. Bloqueé a Ricardo de mi vida. Pero al día siguiente me llamó, exigiendo mi sangre para Isabella. "Tienes que donar". "No", dije. Me amenazó con arruinar mi carrera. Fui al hospital. Mientras mi sangre fluía para ella, escuché las palabras del médico a Ricardo: "Su hermana es delicada, dada su historia clínica y la consanguinidad…" . "Son compatibles, al ser su media hermana por parte de padre" . Media hermana. No adoptiva. Fruto de infidelidad. Su obsesión era un amor prohibido, enfermo. Yo era una pieza en su juego, una donante de sangre a la carta para la mujer que había matado a mi hijo. Cuando me levanté de esa camilla, solo sentía una resolución de acero. Me fui, sin mirar atrás. En la Expo Moda, Ricardo, destrozado, intentó forzar el anillo roto en mi dedo. Pero mi dedo no estaba vacío. Brillaba una alianza de platino. Un anillo de bodas. "¿Estás… casada?". "¡Mami!". Mateo corrió hacia mí, un ancla para mi realidad. "¿Mi papá se llama Horacio. Y yo me apellido como él. Me llamo Mateo Garza" . Garza. No Altamirano. La comprensión lo devastó. "Nuestro bebé… Perdiste a nuestro bebé" . "¿Ahora te acuerdas?". Intentó convencerme de que Mateo podría ser suyo, implorando una prueba de ADN. Ya había tenido suficiente. Lo miré directamente a los ojos. "¿Tu hijo? Tu hijo murió en mi vientre el día que tu preciosa y 'pura' Isabella me tiró al suelo. Murió mientras tú corrías a consolarla a ella. Y al día siguiente, me llamaste para exigir que le donara mi sangre a su asesina" . El silencio en el pabellón era absoluto. "No te atrevas a hablarme de 'tu hijo' . Mateo es mi hijo. Mío y de Horacio. El hombre que me recogió de los pedazos en que tú me dejaste y me enseñó lo que es el verdadero amor" . Ricardo se derrumbó. Carlos lo defendió: "No tenías que ser tan cruel. Te amaba" . Me reí amargamente. "¿Amor? Dile la verdad, Ricardo. Dile que Isabella no es tu hermana adoptiva, sino tu media hermana. El secreto sucio de tu familia" . Ricardo sollozó, queriendo compensarme, queriendo ser padre para Mateo. "¿Compensarme por un hijo muerto? ¿Con dinero? No, gracias. Ya tengo todo lo que necesito" . "¿Realmente crees que estarías a la altura? Un padre de verdad no abandona" . Una voz profunda cortó el aire. "¿Hay algún problema aquí, mi amor?". Horacio. Mi ancla. Mi paz. Lo que siguió fue devastador para Ricardo. Supe lo que era amor verdadero, paz, familia. Tomé el anillo roto. Lo arrojé a una alcantarilla. "Adiós, Ricardo". No miré atrás. Tenía mi felicidad, para siempre.
Contrato Roto, Vida Nueva

Contrato Roto, Vida Nueva

Hoy era la boda de Jorge, mi esposo. O, como yo lo veía, el hombre con el que firmé un contrato hace cinco años. La catedral refulgía, un evento de sociedad a la vista de todos, pero yo conocía la impaciencia oculta en su mirada, la tensión en su mandíbula. Mi nombre parpadeaba en su pantalla, mientras llamaba una y otra vez; no entendía que, después de cinco años contestando al primer tono sin importar la hora, esta vez no habría respuesta. Su irritación se transformó en pura furia cuando vio el pequeño círculo rojo: lo había bloqueado, la mujer que creyó dominar se había levantado y se había ido, cerrándole la puerta en la cara. La furia lo consumía, así que ordenó cancelar todas mis tarjetas de crédito, solo para descubrir, para su asombro y humillación, que nunca había usado ni un solo centavo de su dinero. Era un insulto silencioso, un rechazo profundo que nunca percibió; al instante, la imagen de la sumisa esposa que construyó en su mente se hizo añicos. Con la boda de Jorge y Sofía convertida en una tortura, corro a la casa que compartimos, solo para encontrar su armario vacío y el baño desolado, como si nunca hubiera existido. El pánico me invade al darme cuenta de que todo lo que me pertenecía ha sido removido con precisión quirúrgica, sin dejar rastro, y su contacto de teléfono me lo recuerda: "No puedes responder a esta conversación." Envuelto en frustración, Jorge destroza todo a su paso, solo para descubrir un sobre con su nombre: dentro, nuestro contrato de matrimonio de cinco años y, lo que le hiela la sangre, los papeles de divorcio ya firmados por mí. Una pequeña nota adhesiva lo acompaña: "Contrato cumplido. Eres libre. Yo también." Rompe los papeles en mil pedazos, pero la realidad es innegable: me he ido, y lo he hecho en mis propios términos.
Un amor que se cansó de ser probado

Un amor que se cansó de ser probado

Kaelyn Morley era conocida en Astrofleah como una mujer pura y hermosa, y muchos jóvenes de familias adineradas soñaban con casarse con ella. Sin embargo, después que su video privado se difundiera como la pólvora, esto causó una caída continua en el precio de las acciones del Grupo Morley. Muchos socios comerciales cancelaban contratos con la empresa, y su padre estaba tan enojado que fue hospitalizado debido a una hemorragia cerebral. Pero la chica no parecía enojada, sino insensible en ese momento, solo porque esa era una de las noventa y nueve pruebas impuestas por Madelynn Dobson, la amiga de la infancia de su novio, Andrés Warren. Este último le había afirmado a su amiga que se concentraría únicamente en su carrera antes de los treinta años y que no tendría una relación romántica. Sin embargo, se enamoró de Kaelyn a primera vista y estuvo pretendiéndola con todas sus fuerzas durante dos años antes de finalmente ganarse su corazón. Madelynn sentía resentimiento porque él había roto su promesa, por lo que tomó a Kaelyn como blanco de sus planes y le prometió que podría casarse con Andrés si superaba las pruebas y que tendría que renunciar a él si fallaba. Kaelyn había creído que su amor por Andrés sería suficiente para superar esas pruebas, y no notó que en los labios de la otra mujer se dibujaba una sonrisa triunfante. Con el tiempo, soportó una y otra vez el daño disfrazado de esas supuestas pruebas. Hasta que la mano de un hombre lascivo intentó meterse debajo de su falda, lo que provocó que ella gritara y le diera una fuerte bofetada al hombre de aspecto desagradable frente a ella. Después de que este último se marchara maldiciendo, ella, sin poder contenerse más, se echó a llorar sin consuelo. Era la vez número noventa y nueve, y ya no quería seguir soportando más.
La Heredera Es Liona

La Heredera Es Liona

Mi vida era un cuento de hadas: Sofía Ramos, la princesa de la moda, heredera del imperio Ramos, con cuatro prometidos que eran parte de mi familia. La pesadilla comenzó en una noche lluviosa, cuando un accidente de coche me dejó al borde de la muerte. Atrapada e inconsciente entre los hierros retorcidos, escuché con horror cómo Alejandro, Carlos, Miguel y Javier, los hombres a los que amaba, priorizaban a mi asistente Laura, gritando a los paramédicos: "¡Sofía puede esperar, saquen a Laura de aquí primero!". Me dejaron a mi suerte, mientras ellos consolaban a la mujer que me traicionaría. Semanas después, en coma, pude oír sus voces en el pasillo del hospital. Laura, con burla, preguntó: "¿Cómo sigue la princesita?". Y Alejandro, con una frialdad que me heló el alma, respondió: "Un vegetal. Para mí, ya está muerta". La risita de Laura y su cómplice confesión: "Tu plan fue brillante, mi amor", revelaron un complot para arrebatarme todo, incluso mi vida. "Ella es un obstáculo", susurró Alejandro, explicando cómo tomaría el control de la empresa y se desharía de los otros "tontos" una vez que tuviera el poder. La rabia pura comenzó a arder en mi interior. No era la princesa ingenua que creían. En esa cama de hospital, juré recuperarme y destruir a cada uno de ellos, empezando por un aliado inquebrantable, "El Toro". "Cásame con el General Ricardo Sánchez", le exigí a mi padre al despertar, mi voz firme, sin rastro de debilidad. "No necesito un príncipe, papá. Ya tuve cuatro y resultaron ser serpientes", le dije, explicándole la cruel traición. "Necesito un arma. Necesito a alguien que no puedan tocar, comprar o intimidar. Necesito al único hombre en el que confías ciegamente". El decreto de mi matrimonio con el temido "Toro" cayó como una bomba en la sociedad. Una semana después, al regresar a mi taller, los encontré: Laura sentada en mi silla, celebrando con Carlos, Miguel y Javier, mientras mis diseños yacían pisoteados en el suelo. "Vaya, vaya, miren lo que trajo el gato", dijo Laura, y Carlos pateó mi boceto de un vestido de novia, mientras Miguel me llamaba "niña mimada" y Javier me desdeñaba. Mi calma se hizo añicos. "Te di una oportunidad… ¡y me pagaste así!". Le di una bofetada a Laura, y ellos, como la noche del accidente, la protegieron, acusándome de loca. Alejandro entró, y Laura corrió a sus brazos, sollozando: "¡Me... me pegó!". Él, con una falsa decepción, arremetió: "Siempre supe que tenías un lado cruel". Con una audacia insólita, Alejandro lanzó su golpe final: "Para poner fin a todo este drama, y para que dejes en paz a Laura... me casaré contigo". Laura, aterrada, susurró: "¿Qué?". Él le guiñó un ojo: "Es un matrimonio de papel. Me divorciaré y nos casaremos tú y yo". Luego, se volvió hacia mí, esperando que aceptara esta migaja. "¿Y tú quién te crees que eres para proponerme algo?", pregunté, mi voz inquebrantable. "Alejandro, eres un empleado. Laura es mi asistente. Todos ustedes trabajan para mí. Han olvidado quién es la dueña aquí. Han olvidado su lugar". Su arrogancia vaciló, la vergüenza se convirtió en ira. "¡Insolente! ¡Tú no serías nada sin nosotros!". Pero antes de que la discusión estallara de nuevo, su teléfono sonó. Su rostro palideció. "Es Don Fernando. Ha tenido un colapso. Está grave".