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Libros de Romance para Mujeres

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Una Diva en XL

Una Diva en XL

Selena Barker acaba de recuperar su libertad. Tras una década soportando el maltrato silencioso del doctor Enzo Visconti -un hombre más preocupado por su estatus que por su esposa-, ella decide que ya fue suficiente. Se acabó la Selena sumisa que agachaba la cabeza; ahora es el turno de la mujer que no teme mostrar sus curvas en un vestido rojo ajustado ni detonar la tarjeta de crédito de su ex antes de firmar el divorcio. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. En su primera noche de celebración, Selena termina bailando sobre una barra, desafiando a su exmarido y siendo rescatada por un extraño oscuro y peligroso que parece sacado de una fantasía italiana. ¿El problema? Ese hombre no es otro que Alessandro Di Doménico, su nuevo jefe. Alessandro es un magnate de perfil bajo, tan poderoso como enigmático, que no busca una secretaria... busca a alguien en quien confiar en un mundo lleno de mujeres interesadas. Y Selena, con su sinceridad atroz, su inteligencia, su belleza "XL" y su valentía recién estrenada, es la mayor amenaza que su autocontrol ha enfrentado jamás. En una oficina donde la estética es ley, Selena demostrará que una verdadera diva no se define por su talla, sino por su capacidad de poner de rodillas al hombre más temido del país. ¿Podrá Selena mantener el profesionalismo frente al hombre que la vio en su momento más salvaje? ¿O caerá ante la tentación de su ángel de la guarda con sonrisa de demonio?
Mi Esposa Está Embarazada De Mi Hermano

Mi Esposa Está Embarazada De Mi Hermano

La muerte de Elena, la gemela de mi esposa Sofía y esposa de mi hermano Fernando, había envejecido a mi suegra diez años en siete días. Pero el verdadero golpe llegó cuando mi suegra propuso algo monstruoso: Sofía debía tener un hijo con Fernando para perpetuar el "linaje familiar", ¡como si mi esposa fuera un objeto! Mis propios padres bajaron la mirada, cómplices de esta locura. Mi furia y la incredulidad se apoderaron de mí. Fernando siempre había sido el favorito, el sol, y yo la sombra, el segundón. Sofía era mi única luz, mi socia, mi amante, mi todo. Ella me apoyó, invirtió sus ahorros en mi negocio y me amó incondicionalmente. Pero la familia, ¿mi propia familia?, quería que la compartiera como una incubadora. Sofía gritó: "¡Amo a Ricardo! ¡Jamás lo traicionaría!". Sentí alivio, pero la presión familiar continuó, asfixiándome. Una noche, busqué agua y escuché risas desde la habitación de Fernando. Era Sofía, en la cama con él, riendo, una risa íntima y cómplice. Mi vaso de agua se hizo añicos en el suelo, pero mi corazón se rompió aún más fuerte. Su "lealtad" era una mentira cruel, y yo, el tonto de siempre, había caído. Al amanecer, Sofía entró sigilosamente, con una falsa preocupación. Abrí mi armario y empecé a empacar. "No me toques", dije. "Te vi con Fernando". Ella suplicó, "¡No es lo que piensas, Ricardo! ¡Solo lo estaba consolando!". Pero sus lágrimas no me engañaron. "Quiero el divorcio". Ella se negó, actuando de víctima, mientras Fernando se pavoneaba con una sonrisa arrogante. Mi familia se puso de su lado, llamándome egoísta. Me fui de esa casa tóxica. Cuando Sofía regresó, con una sonrisa extraña me entregó una prueba de embarazo. "Estoy embarazada", anunció. "Es tuyo, Ricardo. Es nuestro bebé". Sabía que el bebé era de mi hermano. Mi corazón estaba muerto.
Esposa abandonada: La venganza del multimillonario

Esposa abandonada: La venganza del multimillonario

Estaba sola en el altar de la Catedral de San Patricio, con trescientos pares de ojos clavados en mi espalda. El silencio no era de paz, era una losa pesada que aplastaba mis hombros mientras el teléfono en mi mano vibraba por tercera vez. Desbloqueé la pantalla y el mundo se detuvo. "No puedo hacer esto. Mónica me necesita". Mi prometido me estaba dejando plantada por mi dama de honor, la misma mujer que me había subido el cierre del vestido hacía tres horas. La madre de Braulio se acercó, no para consolarme, sino para susurrar con veneno que yo lo había "asfixiado" con mi trabajo y ambición. La rabia reemplazó a las lágrimas. Arranqué mi velo de dos mil dólares, tomé el micrófono y anuncié a toda la iglesia que el novio estaba consolando a la dama de honor y que las bebidas corrían por cuenta del cobarde. Salí huyendo hacia la Quinta Avenida y tropecé con mi propia cola, cayendo a los pies de un hombre en silla de ruedas. Era Julián de la Vega, el "Hijo Maldito" de la dinastía, mirándome sin una pizca de lástima con sus fríos ojos grises. "¿Día difícil?", preguntó con voz grave y distante. Le dije que mi prometido se acostaba con mi mejor amiga y que acababa de perderlo todo. Él no me ofreció un pañuelo, me ofreció un trato frío y calculado. "Necesito una esposa para evitar que mi familia me encierre. Tú necesitas salvar tu dignidad". Me sequé el rímel corrido, agarré las manijas de su silla con fuerza y tomé la decisión más loca de mi vida: "Vámonos al Registro Civil antes de que cierren".
No Pagaré Por Tus Errores

No Pagaré Por Tus Errores

El aroma a lilas llenaba el salón, prometiendo un futuro perfecto junto a Diego, el hombre de mi vida, mi prometido. Pero Sofía, su hermana adoptiva, se levantó en medio del ensayo de nuestra boda, pálida y temblorosa. "Estoy embarazada", su voz retumbó, silenciando a todos. Y mi mundo se hizo añicos cuando añadió: "Y el padre es Diego". Él me arrastró a un rincón, confesando un "error de una noche", luego me exigió fingir que el bebé era mío para "salvar la reputación familiar". Se atrevió a ofrecerme comprar mi dignidad, mi silencio, mi vida, a cambio de su coartada. Le di una bofetada visceral, ¿cómo podía pedirme semejante monstruosidad? Sentí las miradas acusadoras mientras huía, con mi teléfono destrozado y el alma rota. Al día siguiente, era mi cumpleaños número treinta, el día de mi no-boda, y Sofía me envió un mensaje burlón, un veneno que me decía que Diego estaba con ella. Luego, encontré mi taller devastado: mis herramientas de cerámica, mi santuario, hechas añicos. Y Diego, cínico, me dijo que eran "cosas sin importancia", pidiéndome que me fuera de "su casa" para no "alterar a Sofía". No solo me humilló, sino que me empujó, y caí sobre los restos de mi propia vida, la sangre brotando de mi mano. ¿Qué clase de "amor" era este, que destruía, que agredía, que compraba? ¿Cómo me había enamorado de un ser tan egoísta y vil? Abandoné todo, dejándolo con su farsa, sintiendo una inmensa y gloriosa libertad al romper para siempre con ese mundo. El recuerdo de Mateo y su promesa infantil bajo el jacarandá, "si a los treinta no te has casado, yo me casaré contigo", cruzó mi mente. Él llegó para rescatarme de la lluvia y mi desastre, ofreciéndome paz y un camino hacia un nuevo comienzo.
Las Cenizas del Amor: Un Precio Amargo

Las Cenizas del Amor: Un Precio Amargo

El mundo veía a mi esposo, Damián, como un héroe trágico, atado a mí por honor mientras su corazón le pertenecía a su amor de la infancia, Carla. Yo también lo creía, dispuesta a soportar el dolor por su bien. En nuestro aniversario, llegó a casa con ella. No solo ignoró la cena especial que había preparado; agarró el mantel y mandó toda nuestra cena de aniversario a estrellarse contra el suelo en un estruendo ensordecedor de cristal y porcelana. Me estampó contra la pared, su beso fue brutal, y me susurró que lastimarme era su forma de torturarla a ella. Así se convirtió nuestra vida. Le regaló a ella una réplica del regalo más preciado de mi difunta madre. En el aniversario de la muerte de nuestro primer bebé, me dejó sola en mi duelo para consolar a Carla porque su gato se había muerto. Cuando regresó, arrojó al fuego los diminutos escarpines que yo había tejido para nuestro hijo. Perdí otro embarazo, esta vez de gemelos. En el hospital, me abandonó para ir a jugar tenis con ella porque estaba aburrida. La gota que derramó el vaso fue cuando Carla esparció las cenizas de nuestros gemelos al viento. Él vio mi dolor, escuchó mis gritos y la defendió. —El daño no intencional no es un delito, Jimena —dijo. En ese instante, la mujer que él conocía como Jimena murió. Tomé las pastillas que la borrarían para siempre, permitiéndome a mí —Iris— tomar el control.
Guerra de Suegras: El Duelo

Guerra de Suegras: El Duelo

Sofía Rodríguez, experta en librarse de suegras tóxicas, preparaba a su hija Valeria para un compromiso con Ricardo De la Vega. Pero al cruzar el umbral de la opulenta casa, Sofía supo que no sería una visita común. Doña Elena, la madre de Ricardo, era una leyenda por derecho propio, una mujer que había destruido tres matrimonios de su propio hijo, y Valeria, para su sorpresa, se encontró en su punto de mira. Durante la cena, Elena, con una sonrisa insincera, le sirvió a Valeria un flan de cajeta con una salsa de chile de árbol, sabiendo que mi hija era gravemente alérgica al picante. Valeria, buscando agradar, dio una cucharada. El ardor la asfixió, su piel enrojeció, sus ojos se llenaron de lágrimas. Doña Elena, con falsa inocencia, preguntó: "¿No te gustó, mija?". Sentí una punzada de alarma, de furia, y una fría determinación. Esta no era una bienvenida, era una declaración de guerra. Respiré hondo, sonreí radiantemente y declaré: "¡Ay, Doña Elena! ¡Qué maravilla de chile! ¡Ricardo, sírvele a tu padre, que se ve que lleva años esperando un manjar así!". Luego, tomé el recipiente de la salsa y, con una teatralidad impecable, rocié el postre de Don Fernando con una cantidad obscena de chile. "¡Tía Remedios! ¡Tía Consuelo! ¡Primas! ¡Una receta familiar tan importante debe ser compartida!". Con cada palabra, forcé a las mujeres a tragar su propia malicia, hasta que solo quedó Doña Elena. Vacié el resto del recipiente sobre su porción, asegurándome de que su humillación fuera completa y pública. La primera batalla había terminado. "Pobre mujer," pensé, "cree que está cazando un conejo, pero acaba de meterse en la jaula de un tigre". No sabía que había activado un micrófono, ni que cada una de sus palabras se transmitía en vivo.