icon 0
icon Recargar
rightIcon
icon Historia
rightIcon
icon Salir
rightIcon
icon Instalar APP
rightIcon
closeIcon

Obtenga su bonus en la App

Abrir

Libros de Romance para Mujeres

Top En curso Completado
El Sueño Robado y Mi Venganza

El Sueño Robado y Mi Venganza

"El Sueño" era mi vida. Junto a Ricardo, construimos un imperio de la nada, un futuro que estábamos a punto de sellar en el altar. Mi vestido de novia, mi obra maestra, representaba quince años de amor y dedicación. Pero en un instante, todo se desvaneció. Valeria, su ex, entró a mi taller, seguida por la hostil mirada de la madre de Ricardo. Vi cómo su mano, con una crueldad helada, derramaba vino tinto sobre mi vestido, manchando no solo la seda, sino cada fibra de mi corazón. "Ricardo siempre me amó a mí", espetó Valeria, mientras mi mundo se derrumbaba y él bajaba la cabeza, cobarde. Luego, la madre de Ricardo sentenció: "Valeria es la mujer que te corresponde, no esta arribista". Me acusaron, me despojaron de mi empresa, de mi identidad. Me obligaron a convertirme en la asistente de Valeria, en mi propio reino. "Diseña un nuevo vestido, uno digno de mí", se burló ella. Sola, con el corazón destrozado, me aferré a la única reliquia que me quedaba: el amuleto de mi abuela. Fui al cementerio, buscando consuelo, buscando una señal. Entonces, sus voces, las mismas que me habían humillado, me alcanzaron. Valeria, con una sonrisa cruel, me arrebató el amuleto y lo estampó en el suelo, rompiendo el último lazo con mi legado. Pero justo en ese momento, una silueta elegante emergió de las sombras. "Yo no lo llamaría inútil, querida", resonó la voz potente de mi abuela. Mi abuela, Elena de la Torre, la leyenda, la que creí retirada. Había estado observando, esperando. "Han cometido un grave error", sentenció, y su voz ya no era la de una anciana, sino la de una reina. ¿El imperio que me robaron será recuperado? ¿O el precio será aún mayor de lo que imaginaron?
Mi amor muerto

Mi amor muerto

Mi amor por Sofía era tan profundo, que incluso sus extraños comportamientos y su obsesión por su "protegido", Adrián, no podían empañarlo. Teníamos un hijo, Leo, y una vida que creía perfecta, sin saber que yacía al borde del abismo de lo premonitorio. Pero mi mundo se hizo pedazos cuando desperté de un coma con la vívida imagen de mi hijo Leo, de seis años, muriendo en mis brazos por asfixia. Lo más atroz fue ver a Sofía, mi propia esposa, observando con una calma inhumana, priorizando a Adrián mientras Leo luchaba por respirar. La pesadilla se materializó al instante en una atroz publicación de Instagram: ella sonriendo junto a Adrián el mismo día del incendio, con el pie de foto: "Siempre a tu lado, Adrián. Eres la prioridad". La visión no era una pesadilla; era una profecía brutalmente exacta, una condena ya firmada. La ambulancia había salvado a Adrián de un insignificante rasguño, mientras nuestro hijo se ahogaba en humo. Ante mi desesperación por Leo, la única pregunta de Sofía fue: "¿Qué harás para proteger la reputación de Adrián?". Me propuso un cínico "divorcio de conveniencia" para casarse temporalmente con él, para luego "volver conmigo" cuando todo se calmara. No importaban los sueños de Leo, ni su plaza futbolística arrebatada para dársela a la indiferente hija de Adrián. No importaba mi estudio, mi santuario, mi vida, profanado y entregado a Adrián como su "espacio creativo". Ni siquiera cuando Leo sufrió un golpe grave, ella protegió a Adrián antes que a nuestro propio hijo. ¿Cómo pudo la mujer que una vez amé sacrificar la vida y la felicidad de nuestro hijo, la mía propia, por un hombre insignificante, por una supuesta "deuda de honor"? Su frialdad y su crueldad inquebrantable ante el dolor de su propio hijo me dejaron helado, impotente, y a la vez, ardiendo de rabia. Comprendí la verdad más dolorosa: el amor que sentía por ella estaba muerto y enterrado, y con él, cualquier esperanza de redención. En ese instante, mi corazón destrozado se convirtió en un plan frío y calculador. Era hora de que Sofía pagara cada lágrima de mi hijo, cada traición, cada humillación. Era hora de proteger a Leo, no solo de la toxicidad que lo asfixiaba, y desmantelar el imperio de Sofía pieza a pieza. El juego había comenzado, y esta vez, yo dictaría las reglas de nuestra amarga, pero inevitable, venganza.
Me Arrepiento de Haberte Amado

Me Arrepiento de Haberte Amado

En la bulliciosa Ciudad de México, el salón de la mansión Montoya estaba repleto, celebrando el compromiso de Isabela Montoya y el Capitán Arturo Vargas. Pero, de repente, Isabela gritó ante todos que no se casaría con él. Apuntando a Arturo, declaró su amor por Leonardo, un poeta de sonrisa burlona. El General Montoya, impactado, ordenó que se la llevaran, pero Isabela amenazó con quitarse la vida si la obligaban. Mientras Arturo procesaba la humillación pública, Leonardo se le acercó, insultándolo y llamándolo "soldado de provincia" sin refinamiento. Isabela, cegada por su nuevo amor, lo defendió, diciendo que Arturo solo entendía de guerra. Con el corazón destrozado, Arturo anuló el compromiso, pidéndole al General la misión más peligrosa en la frontera norte. Todos pensaron que se había vuelto loco; la frontera era una sentencia de muerte. Pero para Arturo, era su escape de la burla y la lástima de la sociedad que una vez lo celebró. Como último acto de nobleza, pidió una escolta para Leonardo, dejando a Isabela confundida. En su cuartel, Arturo quemó los recuerdos de su pasado con Isabela, sintiendo que su futuro era la sangre y el acero. La capital se regocijaba por el nuevo romance, ajena al capitán que se dirigía a una muerte casi segura. En una fiesta, Leonardo lo humilló de nuevo, pero Arturo lo superó con su música, ganando un reloj de oro de su abuelo. Sin piedad, Leonardo destrozó el reloj, el último vínculo de Arturo con su familia. Cegado por la rabia, Arturo lo golpeó, dejándolo inconsciente. Isabela, furiosa, le exigió a su padre que castigara a Arturo con azotes. Cincuenta latigazos cayeron sobre su espalda, un recordatorio de su humillación. Arturo, con voz ronca, solo dijo: "Solo me arrepiento de haberte amado". Al día siguiente, Isabela lo visitó, no para disculparse, sino para advertirle que se mantuviera alejado de Leonardo. Él le dijo con desprecio que entendía que su honor no significaba nada para ella. "Tengo una guerra a la que asistir. Vete de mi vista." Más tarde, Leonardo lo acusó de envenenamiento, y Arturo fue humillado y forzado a observar a Isabela cuidar de su rival. "Eres un adorno," le dijo ella, y Arturo finalmente sintió una indiferencia liberadora: su corazón se había vuelto piedra. En una cacería, Arturo ganó un caballo, pero Isabela intentó cambiarlo por un collar de diamantes para Leonardo. Arturo se lo regaló, diciendo: "No quiero tu dinero", y se alejó. En el cementerio familiar, Felipe, su leal asistente, apareció. Leonardo llegó ebrio, insultó a Felipe y lo apuñaló, arrojando su cuerpo a un barranco. La rabia de Arturo explotó: el último hilo de humanidad se había cortado. Quiso matar a Leonardo, pero Isabela se interpuso, hiriéndose. Arturo fue encarcelado, liberado solo para ir a la frontera como castigo. "No siento nada por ti, Isabela. Eres una extraña para mí." Isabela dudó por primera vez. Arturo y su contingente salieron de la capital, hacia la frontera, sin mirar atrás. Mientras, Isabela, al descubrir que Leonardo la había engañado y solo se había aprovechado de ella, lo expulsó de la casa. Consumida por el arrepentimiento, empezó a investigar a la familia de Leonardo. Con pruebas irrefutables, expuso sus crímenes y, en un enfrentamiento final, ella misma mató a Leonardo. Decidió ir a la frontera en busca de Arturo. Arturo, entretanto, se había convertido en un líder legendario en la frontera, pacificando el territorio. Un día encontró a un hombre herido, Mateo, y lo ayudó. Mateo le confesó que era el último de una casa noble traicionada, que buscaba justicia. Arturo le prometió ayudarlo a limpiar el nombre de su familia, sellando un vínculo profundo. Isabela los encontró en un oasis, pidiendo perdón y queriendo regresar a la capital. Pero Arturo la rechazó: "Mi vida ya no te incluye. Tengo a alguien a quien proteger". Isabela, desesperada, reveló el verdadero nombre de Mateo, pero él confesó su amor incondicional por Arturo. Arturo y Mateo se alejaron juntos, dejando a Isabela sola en la tormenta, su destino sellado. Días después, una tribu renegada atacó el campamento durante la tormenta. Isabela, al ver a Arturo en peligro, se interpuso entre él y una lanza, salvándole la vida. Arturo la llevó a la tienda del médico, rogando que la salvaran. Isabela se recuperó, y Arturo y Mateo finalizaron la pacificación de la frontera. Regresaron a la capital como héroes. En una ceremonia pública, se le ofreció a Arturo cualquier cosa por salvar a la nación. Él pidió justicia para Mateo, que la casa de Alarcón fuera exonerada. La verdad sobre la conspiración salió a la luz, el nombre de Mateo fue limpiado, y recobró su título de duque. Pero Mateo lo rechazó todo, eligiendo la libertad junto a Arturo. Juntos, Arturo y Mateo dejaron la capital, buscando una vida de paz y aventura. En las llanuras del norte, Arturo, lleno de felicidad, le pidió matrimonio a Mateo. Se casaron en una ceremonia íntima, sellando su amor con la promesa de ser "ancla" y "alas" el uno del otro. Vivieron dos años viajando, encontrando la paz en un pequeño pueblo de la frontera. Pero la capital los llamó de nuevo: una rebelión amenazaba con la guerra civil. Arturo y Mateo regresaron, una vez más, para salvar la nación. Antes de partir, encontraron a Isabela, ahora una mujer sin hogar y con la mente perdida. Arturo y Mateo finalmente dejaron la capital para siempre, cabalgando hacia el sol poniente, hacia su hogar. Su leyenda, del héroe y su compañero, fue la de un amor que eligió la libertad sobre el poder.
Amor tardío es veneno

Amor tardío es veneno

Me llamo Isabella Montoya y mi vida estaba destinada a un matrimonio arreglado. Para salvar a mi familia, me casé con Alejandro Torres, el heredero del imperio vinícola rival. Lo que nadie sabía, ni siquiera él, era que, desde niña, yo lo amaba en secreto. Pero Alejandro me detestaba. Desde el primer día, me humilló frente a los demás. En nuestra boda, me entregó una jaula vacía, diciendo que era para que recordara lo que era la libertad. Los años que siguieron fueron un infierno silencioso. Él no se molestaba en ocultar sus infidelidades, riéndose de mi dolor. Incluso, encontré a su amante usando un valioso collar de diamantes de mi abuela, que él me había quitado "para protegerlo". Luego, cuando la enfermedad me consumía, y mi rostro apenas podía ocultar el dolor, su maldad se tornó indescriptible. Acepté el divorcio, pidiendo solo mi "libertad", pero antes le pedí que me acompañara a cumplir cinco últimas "promesas". Cada una fue una nueva humillación, un nuevo tormento. La última, una cena preparada por él, terminó en una tortura pública. Su amante, Lucía, me arrancó la peluca, revelando mi cabeza calva por la quimioterapia. Y mi propio esposo, sin dudarlo, destrozó los restos de mi peluca, jurando con desprecio: "¡Te odio, Isabella!". ¿Cómo podía alguien caer tan bajo, destruyendo el último vestigio de dignidad de una mujer moribunda? Esa noche, morí en vida. Poco después, mi cuerpo me abandonó. Él pensó que se había librado de mí y de todos mis secretos. Pero lo que ignoraba era que "La Cuentera del Valle"-mi seudónimo secreto como escritora-había dejado un diario. Un diario lleno de verdades que transformarían su vida en una pesadilla de arrepentimiento y locura. Mi venganza silenciosa apenas comenzaba.