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Venganza DE Una Abuela

Venganza DE Una Abuela

Mi nieto Mateo era la luz de mi vida, un chico de diez que soñaba con ser ingeniero. Vendía tamales conmigo, sin quejarse. Pero un día, todo se vino abajo. Lo asesinaron por intentar grabar al hijo del alcalde, un matón. ¿La policía? Declaró que fue una riña de pandillas, limpió las manos del asesino y culpó a mi Mateo. ¡Caso cerrado! Me convertí en una paria. El pueblo me evitaba, los medios, controlados por el alcalde Morales, me difamaron como una loca extorsionadora. La esposa del alcalde me ofreció dinero sucio para callarme, pero al rechazarlo, las amenazas se hicieron reales. Mi casa amaneció pintada con insultos: «MATEO RATA». La policía, cómplice del poder, me agredió y pisoteó la única foto de mi Mateo. Estaba sola, sin voz, sin dinero. ¿Cómo iba a pelear contra un sistema tan corrupto? ¿Cómo obtener justicia cuando todos los hilos se movían en su contra? La rabia y la desesperación me consumían. Pero entonces, vi la Medalla al Valor Heroico de mi hijo, un infante de marina muerto en servicio. Recordé las palabras del Almirante en el funeral: «Su familia es nuestra familia. Nunca estarán solos». Con esa medalla como mi única esperanza, sin nada que perder, vendí mis pocos ahorros y viajé doce horas hasta la base naval. Allí, bajo el sol poniente, con la medalla en la palma, me arrodillé frente a la reja, esperando. ¿Respondería el Almirante a la promesa hecha a un héroe? Mi lucha por la justicia apenas comenzaba.
Más Allá del Manuscrito

Más Allá del Manuscrito

La puerta se cerró con un portazo violento, resonando en nuestro pequeño departamento, mientras los gritos de Mateo estallaban: "¡Estoy harto de tus putos dramas, Sofía! ¡Harto!" . Yo me quedé inmóvil, el corazón desbocado por un agotamiento que me calaba los huesos, observando cómo aquellas molestas letras doradas aparecían frente a mí, defendiéndolo como siempre: "Vamos, el chico solo está un poco estresado". Esa noche, la farsa se desmoronó cuando, por negarme a pagarle una guitarra que costaba tres meses de mi sueldo mientras no teníamos para el alquiler, Mateo destrozó el jarrón de la abuela, con un cristal rozándome la mejilla. Horas después, la voz preocupada de mi vecino Don Carlos se hizo oír, ofreciéndome ayuda y la posibilidad de llamar a la policía al ver mi corte, una oferta que rechacé por inercia, mientras el coro dorado justificaba la agresión: "Las parejas discuten, es normal". Con el corazón roto, caí en cuenta: éramos personajes de una novela barata, él el genio atormentado, yo la musa sufrida, y cada humillación, un "giro de trama" hacia su éxito. La mañana siguiente, la cruel ironía se grabó en mi piel: Mateo me había engañado con mi prima Isabella en un lujoso hotel, pagado con mi propio dinero. El guion en mi mente entró en pánico, pero una furia fría me consumió: "Se acabó. Saca tus cosas. Ya pagué la suite, considéralo mi regalo de despedida". La guerra comenzó. Familia y amigos se volcaron en su defensa, mi propia madre me abofeteó por contradecirlo, y mi jefe me despidió porque, según Mateo, yo "no estaba bien mentalmente". Lloré bajo la lluvia, sin dinero, sin trabajo, sin nadie, acorralada por el guion que me había quitado todo, hasta que en la profunda desesperación, la voz del "autor" , el Dr. Ramírez, se reveló: "Tú no tienes una vida, Sofía. Eres un personaje. Tu sufrimiento lo engrandece" . A pesar del dolor que me infligió para someterme, le juré: "Soy un cactus, imbécil. Y voy a sobrevivir a tu puto desierto" .
Compañera de Piso es Enemigo

Compañera de Piso es Enemigo

Mi vida era idílica: una familia unida, un futuro vibrante y una compañera de piso, Valeria, de dulce apariencia. Mis padres, tan hospitalarios, la invitaron a pasar la Semana Santa en casa sin saber el peligro que traía. Ese fue el preludio de mi infierno. Valeria, la "chica de pueblo" sin rumbo, no era una inocente víctima, sino una depredadora astuta. Con una sonrisa angélica, tramó un plan retorcido para destruir a mi hermano y apoderarse de todo lo nuestro. Fui testigo de su veneno: cómo embriagó a Javier, la farsa de un embarazo que destrozó su matrimonio y costó el bebé a Lucía. Vi cómo el estrés consumía a mis padres y cómo mi hermano, por la culpa, terminó en una silla de ruedas. Valeria se aseguró de que nadie creyera mi verdad, aislándome y convirtiéndome en una paria. Acorralada, sin apoyo ni esperanza, con mi reputación y mi familia en ruinas, la agonía fue insoportable. Solo encontré una salida: saltar al vacío desde un puente de Madrid. Morí con el sabor a sangre y un odio frío, preguntándome: ¿Por qué tanta crueldad? ¿Cómo nadie vio su verdadera cara? Pero entonces, abrí los ojos. Estaba en mi cama de estudiante, dos días antes de la fatal Semana Santa. Había vuelto. Todo estaba intacto, mi familia segura. Valeria entró con la misma sonrisa lastimera de siempre, repitiendo la frase que me condenó. Esta vez, el juego es mío. Valeria, vas a desear no haberme conocido.
El Taller Como Campo de Batalla

El Taller Como Campo de Batalla

El taller de mi abuela Rojas, mi santuario personal y legado familiar, era mi refugio. Una mañana, una foto en Instagram me heló la sangre: Mateo, el nuevo aprendiz de mi esposo Diego, posaba sonriente con mis herramientas sagradas. El pie de foto, "Taller Domínguez. Legado", era una profanación directa, borrándome a mí y a mi linaje. Intenté exigirle a Diego que Mateo saliera de mi taller, pero él, ciego por su ambición, lo justificó diciendo: "Es solo un espacio vacío la mayor parte del tiempo". Su condescendencia y la minimización de mi herencia me dejaron helada, transformando mi ira en una claridad peligrosa. Cuando colgué, supe que no discutiría más, sino que actuaría. "Papá, soy yo," marqué, "necesito que canceles el contrato de exportación de agave azul con Domínguez." Mi padre lo hizo sin dudar, cortando el sustento de Diego y activando mi plan. Diego me llamó, su pánico palpable: "¿Qué hiciste, Sofía? ¡El trato está cancelado!" "Tiene todo que ver con el taller," le dije, "tiene que ver con el respeto." Le impuse mis términos: Mateo fuera y una disculpa pública reconociendo a Artesanías Rojas. Mientras esperaba su cumplimiento, la calma fría me guio hacia su preciada colección de esculturas prehispánicas. Tomé el martillo de latón que usábamos para colgar cuadros. La primera pieza, una figura de Tláloc, la dejé caer al suelo, partiéndose en tres pedazos. Metódicamente, una por una, destruí cada escultura, mi furia materializándose en cada estallido de arcilla antigua. Cuando Diego llegó a casa, encontró las llaves y la disculpa, pero también las ruinas de su orgullo a mis pies. Nos miramos, y en sus ojos, vi el horror y un nuevo tipo de miedo, sabiendo que el matrimonio se había roto y la guerra, apenas comenzado.
Mi familia Bestia

Mi familia Bestia

El rugido del oso pardo volvió a aterrorizar las montañas de Asturias, marcando el día de mi renacimiento. En mi vida anterior, ese sonido me llevó a una falsa esperanza y a la traición de quienes decían protegerme. Esta vez, con la memoria intacta, me negué a repetir los errores. Mi abuelo estaba en peligro, y solo yo podía salvarlo de la fiera que asediaba su casa. Diseñé un plan audaz y, a solas, me enfrenté al animal, que en realidad escondía un secreto atroz de mi hermanastra, Lucía. Logré rescatar a mi abuelo, pero la gratitud familiar fue reemplazada por una rabia incomprensible. Mi padre, Javier, apareció no para felicitarme, sino para condenarme. Ante los ojos atónitos de todo el pueblo, me abofeteó, me arrastró por el suelo y me desheredó públicamente, acusándome de causar todo el caos. Su madrastra, Isabel, y mi hermanastra, la verdadera culpable, Lucía, festejaban mi humillación con sonrisas ladeadas. ¿Cómo podía un padre, cegado por la devoción a su hijastra, rechazar a su propia sangre después de tanta valentía? La sensación de injusticia me perforaba el alma, dejándome sola y rota frente a la indiferencia de mi "familia". El silencio del pueblo era un eco de mi desesperación. Pero justo cuando la desesperación me paralizaba, las luces azules y rojas de la SEPRONA irrumpieron en la plaza. Lo que siguió no solo desenmascaró el robo del osezno por parte de Lucía, sino también la impactante verdad sobre una beca universitaria completa, mi billete a la libertad, que habían escondido. Con mis opresores bajo custodia y la verdad al descubierto, Sofía se enfrenta a un nuevo comienzo. ¿Podrá una joven renacida sanar sus heridas y construir un futuro lejos de las sombras de su pasado familiar?
Pasteles y Traición

Pasteles y Traición

Durante años, mi marido Javier lo controló todo: cada euro que ganaba como diseñadora gráfica, cada gasto. Me convenció de que su ahorro extremo era por nuestro futuro, por el sueño de un piso en el barrio de Salamanca, y yo creí que su férreo control era amor. Un día, celebré un gran éxito laboral con mis compañeros, invitándoles a pasteles que costaron 65 euros. Sin avisar, Javier canceló el pago públicamente, humillándome por "malgastar" nuestro dinero ganado con tanto esfuerzo. Ese mismo día, mi mundo se derrumbó: descubrí que le había comprado un bolso Loewe de 2.000 euros a Valentina, su joven y embarazada amante. Su "disciplina" era una farsa, y el "amor" que me profesaba, una cruel jaula. La dueña de la pastelería irrumpió en mi oficina, gritándome "estafadora" y arrojando tarta y café sobre mí, mientras mi tarjeta suplementaria era bloqueada. Me sentí despojada de toda dignidad, y cuando intenté divorciarme, Javier me agredió y me encerró en nuestra propia casa, aislándome del mundo. Prisionera, incomunicada, consumida por el terror: ¿cómo pude amar a un hombre capaz de tanta crueldad? Sola en la oscuridad, me ahogaba en la ira y el pánico, sin saber cuándo y cómo acabaría esta pesadilla. Pero, al límite de la desesperación, encontré un viejo móvil escondido, una diminuta chispa de esperanza para pedir ayuda. Justo cuando estaba a punto de enviarlo, Valentina, la amante de Javier, entró usando su propia llave, desencadenando una escena de furia desatada que nadie esperaba.
El chef humillado: Venganza en platillos

El chef humillado: Venganza en platillos

El aroma a ajo y romero fresco lo era todo para Sergio; su restaurante, "Sabor de Origen", era su santuario, su vida entera. Pero un día, mientras revisaba el menú, una notificación en su celular lo golpeó como un rayo: Mónica, su esposa, radiante y sonriente con su asistente, Diego, en una foto que hablaba por sí sola. La humillación pública se extendió por el restaurante como pólvora; sus empleados cuchicheaban, las miradas furtivas lo delataban como el cornudo oficial. Intentó negar lo innegable, escuchándola inventar excusas baratas que se desmoronaron al escuchar la voz de Diego, cariñosamente llamándola "Moni" a sus espaldas. El puñal se hundió más profundo cuando, tras bloquearla de su vida digital, Diego subió una foto de sus manos entrelazadas, con el anillo de bodas de Mónica brillando, y el texto: "Nuevos comienzos". La herida se infectó; la "disculpa" hipócrita de Diego, validada por la cuenta del propio restaurante, lo convirtió en el paranoico, el celoso, el desquiciado. Se sintió un extraño en su propia casa, un cocinero talentoso pero un tonto en los negocios, despojado de su dignidad por la familia de Mónica, quien lo veía como un "sirviente glorificado que olía a grasa". Cuando Mónica, en pánico, le exigió regresar a salvar la gala que Diego había arruinado, él, sintiendo la brisa marina de Oaxaca, respondió: "No. Ya no trabajo para ti". Lejos de implorar ayuda, ella siseó: "¡Te juro que voy a destruirte! ¡Haré que no vuelvas a conseguir trabajo en una cocina en tu vida!", mientras Diego la consolaba. Sergio colgó el teléfono, apagó el dispositivo y se sumergió en el mar, emergiendo libre, dispuesto a quemar los puentes con su pasado. Su carta de renuncia, enviada con fría formalidad, fue aceptada con una rapidez que confirmó su insignificancia para ella; ya no era un socio, sino un ingrediente caducado. Cuando ella arrebató la caja con el recetario de su abuela y lo arrojó a la basura, algo en él se rompió, pero no en el sentido que ella esperaba. Con una calma aterradora, recuperó el recetario, y antes de irse de su "hogar", destrozó a patadas el coche de lujo de Mónica, pintando la palabra "Zorra" en la puerta. El divorcio fue expedito, sellando el fin de una década; al ir por sus últimas pertenencias, escuchó a la familia de Mónica, sin saber que él estaba allí, denigrándolo y alabando a Diego. Mónica y su familia lo trataron con desprecio, acusándolo de celoso y patético. Sergio solo se rió, y sacando el acta de divorcio, les reveló: "Según este documento, ustedes y yo ya no estamos casados. El divorcio es definitivo desde hace tres días. Así que, en realidad, soy yo el que les está pidiendo que desaparezcan de mi vida". Mónica, pálida, intentó excusarse y suplicarle que regresara, revelando que había firmado los papeles de divorcio años atrás, listos para ser presentados. Sergio, con total control, se negó: "Tú no me necesitas a mí. Necesitas mi talento, mi nombre, mi capacidad para arreglar tus desastres. Pero a mí, a Sergio, ya no lo necesitas. Y yo, definitivamente, ya no te necesito a ti". Meses después, Sabor de Origen cerró, la empresa de Mónica quebró, y Diego huyó del país, dejándola sin nada; mientras, Sergio, en su nueva y exitosa cocina llamada "Raíces", sonreía.
El hombre perfecto llama a la puerta

El hombre perfecto llama a la puerta

El prometido de Lindsey era el diablo encarnado. Él la engañó con su madrastra, y no solo eso, era tan desvergonzado que quería quitarle los bienes de su familia. Incluso la drogó, con la intención de entregársela a otro hombre. Incapaz de soportarlo más, Lindsey decidió buscar un hombre para colarse en su fiesta de compromiso y humillar a este tramposo. Sin embargo, nunca imaginó que pronto conocería a un extraño increíblemente atractivo que cumplía con sus requisitos. En la fiesta de compromiso, declaró audazmente que ella era su chica. Al principio, Lindsey pensó que él era simplemente un tipo pobre que quería aprovecharse de ella. Pero desde que conoció a este hombre, se dio cuenta de que la suerte siempre estuvo de su lado. Ella pensó que terminarían después de la fiesta de compromiso, pero el hombre le dijo con seriedad. "Tenemos que estar juntos, Lindsey. Recuerda, ahora soy tu prometido". "Domenic, ¿estás conmigo por mi dinero?", preguntó Lindsey, entrecerrando los ojos. Domenic se sorprendió por lo que escuchó. Como heredero de la familia Walsh y CEO de Grupo Vigor, ¿por qué codiciaba su dinero? ¡Lo que menos necesitaba era dinero, ya que controlaba la economía de la ciudad! Con el paso del tiempo, la relación entre ambos se hizo cada vez más estrecha. Un día, Lindsey finalmente descubrió que Domenic era en realidad el extraño con el que tuvo una aventura hace unos meses. ¿Este descubrimiento cambiaría su relación? ¿Sería mejor o peor?
Renacida: Mi Revancha Ahora

Renacida: Mi Revancha Ahora

Desperté con el sudor frío y el pitido monótono de una máquina, consciente de que lo último que vi fue la sonrisa triunfante de Daniela mientras mi coche caía al barranco. Estaba segura de haber muerto, pero aquí estaba, viva, en un hospital, con recuerdos que me asaltaban brutalmente. Reviví la universidad, donde mi tesis impecable fue tildada de plagio y mediocre, mientras Daniela, la holgazana, cosechaba elogios por su "genio innato", susurrándome falsas consolaciones, sus ojos brillando con una avidez que antes no entendía. Luego el trabajo, mi innovador proyecto robado y presentado por ella, mientras yo era despedida por "falta de iniciativa". Y luego Ricardo, mi Ricardo, el hombre que me amó y al que gradualmente me arrebató, hasta encontrarlos besándose en nuestro café especial. Me destrozó. Me hizo dudar de mí misma, me hizo sentir insignificante, mientras ella florecía sobre las ruinas de mi vida. La vi acercarse a mi coche destrozado después del accidente, sin lágrimas, solo con una fría satisfacción. "Sistema, el intercambio fue un éxito", susurró con una voz llena de codicia oscura. "Te entregué su desesperación final y su vida. Ahora, dame todo lo que ella pudo haber tenido. Su futuro, su éxito, su felicidad. Todo". Una luz enfermiza la envolvió, y entonces lo entendí. No era mala suerte. Era ella. Siempre fue ella, con un poder parasitario que me robaba mis logros, mi amor, mi vida entera. La ira, un odio puro y ardiente, me consumió. El deseo de justicia y venganza fue tan intenso que sentí cómo el universo se doblaba a mi voluntad. Y entonces, desperté. Diez años atrás. A dos semanas del examen final, el mismo que Daniela me robó para entrar a la mejor universidad. Una segunda oportunidad. Esta vez, el juego ha comenzado de nuevo, pero yo tengo el control.