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De las Cenizas, Una Reina Renace

De las Cenizas, Una Reina Renace

Desperté en el hospital después de que mi esposo intentara matarme en una explosión. El doctor dijo que tuve suerte: la metralla no había tocado ninguna arteria principal. Luego me dijo algo más. Tenía ocho semanas de embarazo. Justo en ese momento, mi esposo, Julio, entró. Me ignoró y le habló al doctor. Dijo que su amante, Kenia, tenía leucemia y necesitaba un trasplante de médula ósea urgente. Quería que yo fuera la donante. El doctor estaba horrorizado. —Señor Carrillo, su esposa está embarazada y gravemente herida. Ese procedimiento requeriría un aborto y podría matarla. El rostro de Julio era una máscara de piedra. —El aborto es inevitable —dijo—. La prioridad es Kenia. Florencia es fuerte, puede tener otro bebé más adelante. Hablaba de nuestro hijo como si fuera un tumor que había que extirpar. Mataría a nuestro bebé y arriesgaría mi vida por una mujer que fingía una enfermedad terminal. En esa estéril habitación de hospital, la parte de mí que lo había amado, la parte que lo había perdonado, se hizo cenizas. Me llevaron en camilla a cirugía. Mientras la anestesia fluía por mis venas, sentí una extraña sensación de paz. Este era el final, y el principio. Cuando desperté, mi bebé ya no estaba. Con una calma que me asustó incluso a mí, tomé el teléfono y marqué un número al que no había llamado en diez años. —Papá —susurré—. Voy a casa. Durante una década, había ocultado mi verdadera identidad como la heredera de los Hortón, todo por un hombre que acababa de intentar asesinarme. Florencia Whitehead estaba muerta. Pero la heredera de los Hortón apenas estaba despertando, y iba a reducir su mundo a cenizas.
El Sabor Amargo del Engaño

El Sabor Amargo del Engaño

"Lo perdí todo, Sofía. Todo." Su voz quebrada me desgarró el alma. Sin dudarlo, dejé mi sueño culinario atrás y puse mi talento de chef dos estrellas Michelin al servicio de su "recuperación", abriendo un humilde puesto de tacos. Trabajé jornadas extenuantes, con las manos quemadas y el cuerpo agotado, mientras él justificaba sus ausencias con "reuniones" y "socios" que nunca aparecían. Le entregaba cada peso ganado con sudor y grasa, creyendo que salíamos adelante juntos, que reconstruíamos nuestro futuro. Hasta que, el día más concurrido en el mercado, escuché la risa de Mateo, clara y sin rastro de desesperación, en el celular de un cliente. "Claro que es divertido, Vanessa. La vida es para disfrutarla, ¿no crees?" Vanessa. Su ex, la que siempre me miró por encima del hombro. ¿Qué hacía Mateo con ella, en una fiesta de lujo, cuando se suponía que estaba en una aburrida reunión de abogados? La imagen en la pantalla me congeló: Mateo, impecable, riendo con Vanessa, con la vista de toda la ciudad a sus pies. Y entonces, las palabras de Vanessa me golpearon como un balde de agua helada: "¿Y tu noviecita la taquera? ¿Sigue sudando la gota gorda para pagarte tus lujos?" "Por supuesto," respondió Mateo, y su risa ahora era cruel y repulsiva. "Sigue ahí, en su puesto mugroso, creyendo que soy un pobrecito en la ruina. A veces hasta me da un poco de asco el olor a grasa con el que llega al departamento." Mi mundo se hizo añicos. Él sabía que yo. Sufrí por él. Me humillé por él. ¡Pero él! Él solo se burlaba de mí. Todo era una farsa. Su quiebra, su amor, su desesperación. ¡Todo era una mentira! Cómo pude ser tan estúpida. Cómo pude sacrificarlo todo por un hombre que solo me veía como un cajero automático con olor a grasa. La rabia me invadió, fría y cortante, silenciando el dolor. Apagué la plancha. Vacié las salsas al bote de basura. "Sí. Cerrado para siempre." Me quité el delantal, lo tiré al suelo y me marché. Mi vida, mi carrera, mi dignidad… todo lo había entregado por nada. Con cada paso, la humillación me quemaba por dentro. El dolor se transformó en una furia. "Te vas a arrepentir de esto," le juro. "No de haberme mentido. No de haberme robado. Te vas a arrepentir de haberme despreciado."
Entre Celos y Psicosis: Ella

Entre Celos y Psicosis: Ella

Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para cuidar de mi cuñada Isabella, que sufría de depresión posparto. Pero en lugar de agradecimiento, Isabella, consumida por celos y delirios, irrumpió en mi consultorio improvisado con una furia desatada. Me abofeteó, gritando acusaciones retorcidas sobre una supuesta infidelidad con mi propio hermano, Miguel. Ante los ojos aterrorizados de las empleadas y la sonriente complicidad de su amiga, Patricia, Isabella y sus secuaces destrozaron mi consultorio, tirando libros al suelo y rompiendo mi laptop. Luego, con una crueldad calculadora, se ensañó con mis archivos confidenciales de pacientes, rompiendo hoja por hoja el expediente de un niño traumatizado, Mateo, mi caso más delicado. El dolor y la humillación eran insoportables. Pero el verdadero terror comenzó cuando, no satisfecha con la destrucción física, ordenó a sus guardias de seguridad que me desnudaran para fotografiarme, con la intención de destruir mi reputación para siempre. Incapaz de hablar, con el corazón gritando, cerré los ojos, preparándome para lo inevitable. Pero justo entonces, la voz de Miguel, furiosa y atronadora, resonó en la habitación, deteniendo el horror. Aliviada, me aferré a él, llorando incontrolablemente. En los días siguientes, en mi mente, orquesté una fría venganza, replicando su crueldad en un sótano oscuro. Sin embargo, en el instante decisivo, la realidad me golpeó: la violencia y la confesión eran solo una alucinación. Isabella no era un monstruo, sino una paciente más, hundida en una psicosis posparto. La justicia que buscaba no era la violencia, sino la ayuda profesional. Aunque esto significara irme y dejar atrás las hirientes dudas de mi propio hermano, ahora debía reconstruir mi vida.
La Prueba Cruél de Amor

La Prueba Cruél de Amor

Mi vida como artista ceramista en la Ciudad de México era una lucha diaria, pero me sentía segura junto a Mateo, el hombre con quien compartía siete años y la ilusión de un futuro. Todo se desmoronó cuando una llamada desgarradora anunció que mi madre necesitaba $20,000 pesos para una diálisis urgente, cuestión de vida o muerte. Acudí a Mateo, mi pareja, mi supuesto compañero de vida, y su respuesta me destrozó: "¿Otra vez con tus historias, Isabela? ¿Ahora usas a tu mamá para sacarme dinero?". Su fría negativa no solo selló el destino de mi madre, que falleció horas después sin el tratamiento, sino que desencadenó una avalancha de verdades amargas: encontré sus chats llamándome "la oaxaqueña interesada", sus recibos de viajes de lujo y un Rolex para su "mejor amiga". Pero el golpe más cruel llegó en la galería donde trabajaba: Mateo era el dueño y, por años, ¡había congelado mis millonarias comisiones, disfrazándolo de "una prueba de amor" para ver si lo quería a él o su dinero! ¿Una "prueba de amor"? ¿Mientras mi madre agonizaba por dinero que era mío, acumulado por mi propio trabajo? ¿Cómo pudo ser tan desalmado, tan cruel, mirándome con asco y acusándome de interesada mientras él se sentaba sobre mi fortuna? En ese instante, la sumisa "oaxaqueña" que una vez fui, murió. Me levanté del suelo de mármol de esa galería, con las manos que antes moldeaban arte, ahora apretadas con una furia inquebrantable. Esta vez, no habría lágrimas. Solo una promesa: Mateo pagaría por cada mentira, cada humillación y, sobre todo, por la vida que me arrebató. Mi venganza apenas comenzaba.
Un Riñón, Dos Destinos Enlazados

Un Riñón, Dos Destinos Enlazados

"Necesito un riñón." Mi madre, Sofía Del Valle, lo dijo con escalofriante calma. Veinte años después de abandonarme en una central de autobuses, aparecía en mi miserable vida para pedirme un órgano. La miré, mis manos ásperas escondidas bajo la mesa, el contraste entre su mundo de lujos y mi realidad de precariedad me quemaba por dentro. "¿Y por qué me dices esto a mí?" , respondí, mi voz más dura de lo que pretendía. La palabra "hermana" para referirse a Isabella, su otra hija, sonaba amarga en mi boca. Ella, la que me dejó con un billete arrugado y nunca volvió. La que me condenó a orfanatos y una vida de lucha. Ahora regresaba, no para disculparse, sino para exigirme una parte de mi cuerpo. Pero el juego había cambiado. "Te costará" , advertí, mi voz fría. No se trataba de dinero, sino de justicia. Cada noche de abandono, cada humillación, cada carencia… tendría un precio. Un precio que ella, por primera vez, tendría que pagar. Decidí que mi riñón valdría cincuenta millones de pesos. Una cifra absurda, una venganza justa. Cuando su abogado intentó intimidarme con amenazas, no cedí. No más. "Demandame, licenciado," los desafié, revelando su peor secreto. "Y en el juzgado, hablaremos de abandono. De cómo su famosa clienta dejó a su propia hija por veinte años." De repente, ellos, los poderosos, tuvieron miedo. Pero la verdadera revelación llegó de una fuente inesperada. Un mensaje anónimo: "No le des tu riñón. No son hermanas." Una historia mucho más oscura que la que Sofía me había contado. Una verdad que desmoronaría su mundo perfecto y me daría la victoria definitiva. Ahora, el poder era mío. Y no dudaría en usarlo.
La estrella que dejó sangrando

La estrella que dejó sangrando

Durante tres años, yo, la inquebrantable estrella de la televisión mexicana, Aliza Cabrera, perseguí al único hombre que no podía tener: el brillante y frío cirujano, el Dr. Etienne McCarthy. Mi implacable búsqueda fue un espectáculo público, recibido únicamente con su gélida indiferencia. Luego, una sola llamada telefónica destrozó mi mundo. Mi madre, con la voz goteando un triunfo presuntuoso, anunció su compromiso. No conmigo, sino con mi manipuladora hermanastra, Kaylee. La traición fue aún más profunda cuando descubrí la verdad. Su frialdad no era para todos; era una actuación calculada, orquestada por Kaylee. "Hice lo que me pediste, Kaylee", le había susurrado él, con la voz cargada de una devoción que nunca me mostró. "Lo que sea por ti". Cuando las mentiras de Kaylee escalaron hasta un incendio que casi me mata, Etienne me salvó, solo para creer la retorcida historia de ella de que yo misma lo había provocado. La eligió a ella, una y otra vez, incluso dejándome sangrando en una mesa de operaciones porque Kaylee fingió un ataque de pánico. "Mi prometida me necesita", fueron sus últimas palabras para mí. Yo no era nada para él. Una molestia. Algo conveniente de desechar. El amor que sentía se convirtió en cenizas. Así que desaparecí. Reconstruí mi vida, convirtiéndome en una magnate de los medios, poderosa e intocable. Encontré el amor verdadero con un hombre amable llamado Collins. Pero justo cuando encontraba mi paz, un fantasma del pasado reapareció, con los ojos llenos de un arrepentimiento desesperado y tardío. Esta vez, él no me rompería. Esta vez, yo sería la que se alejaría.
Promesas Rotas, Destinos Sellados

Promesas Rotas, Destinos Sellados

Conducía mi sedán negro por la avenida principal, un día cualquiera, deseando llegar a casa y abrazar a mi amada Sofía, mi mundo, mi razón de ser desde que dejé los cuadriláteros. Pero entonces, un Porsche amarillo chillón, imprudente y agresivo, apareció por mi retrovisor, pegándose a mi parachoques trasero, como una declaración de guerra absurda. Intenté ignorarlo, pero el conductor, un jovencito insolente, me cerró el paso una y otra vez, riéndose y levantando el dedo medio, como si mi paciencia fuera su juguete. El corazón me latía con furia, la humillación pública era insoportable, pero me repetía a mí mismo: "Por Sofía, Ricardo, por Sofía, mantén la calma y no armes un escándalo." Fue entonces cuando la vi: la pequeña figura de un halcón de plata colgando del espejo retrovisor del Porsche, una réplica exacta del amuleto que le regalé a Sofía el mes pasado, el mismo auto que le compré a ella hace dos meses. Una mentira. Todo era una vil mentira. El frío de la traición me caló hasta los huesos. No era un desconocido. Era él. Mateo. Mi esposa. El dolor era indescriptible, pero la rabia se transformó en una calma helada, una determinación inquebrantable. Él no sabía con quién se había metido. Ya no me detendría. Pisé el acelerador de mi sedán, antes silencioso, y el rugido de mi máquina, como un halcón que recupera su presa, anunció el impacto. El sonido del metal retorciéndose fue brutal, un acordeón de fibra de carbono destrozado, mientras mi auto, apenas con un rasguño, permanecía intacto. Bajé del auto, el corazón aún me martilleaba en el pecho, no por la adrenalina, sino por un dolor oscuro, por la verdad que acababa de chocarme de frente. "¡¿Estás pendejo o qué?! ¡¿Sabes cuánto cuesta este coche, imbécil?!" Mateo, pálido y aturdido, me gritaba, exigiendo, amenazando con destruirme. Pero yo ya no veía a un simple arrogante. Veía al hombre que se acostaba con mi esposa. Veía el coche que yo le regalé a ella, ahora en sus manos, como un trofeo de nuestra traición. Veía el amuleto, el símbolo de nuestro amor, profanado y usado para burlarse de mí. Una calma aterradora me invadió. No iba a hacer nada. Aún. Quería ver hasta dónde llegaba la madriguera del conejo. Quería saber toda la verdad. Y, por su rostro, supe que no tendría que esperar mucho.