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El Abrazo de la Traición: La Venganza de una Esposa

El Abrazo de la Traición: La Venganza de una Esposa

La llamada llegó al anochecer: mi hermano, Emilio, había tenido un accidente de moto. El doctor, con una calma que me heló la sangre, dijo que necesitaba cirugía de inmediato. Luego vino la noticia que destrozó mi mundo: le habían amputado la pierna. La cirujana, la doctora Katia Russo, mencionó "complicaciones", pero yo, una bloguera de investigación, olfateé una mentira. No fue una complicación; fue una negligencia. Mi reportaje se hizo viral, detallando su negligencia. Y de repente, desapareció, borrado de internet. Mi esposo, Héctor Puentes, un titán de la tecnología en Santa Fe, de pronto se volvió inalcanzable. Mi hermana, Valeria, desapareció de su departamento, sin dejar más que unas huellas de lodo y un aroma a miedo. Encontré a Katia admirando un nuevo brazalete de diamantes, con una sonrisa burlona en los labios. "Héctor me cuida muy bien", ronroneó. La verdad me golpeó como una bofetada. Mi esposo no solo era su poderoso protector. Era su amante. Me obligó a emitir una disculpa pública a Katia, haciéndome ver un video en vivo de Valeria, aterrorizada y llorando en un cuarto oscuro. "Está a salvo", prometió, con la voz fría como el hielo, "siempre y cuando dejes esto en paz". No tuve opción. Pero mi elección no significó nada. Valeria fue torturada por el monstruoso hermano de Katia, Kevin, y murió en mis brazos. Días después, Emilio fue encontrado muerto en su cama de hospital. En el desolador silencio de mi duelo, un nuevo y frío propósito se encendió dentro de mí. Habían destruido a mi familia. Yo reduciría su imperio a cenizas.
El Sabor de Venganza como el Jerez Fino

El Sabor de Venganza como el Jerez Fino

Regresé a mi hogar en Jerez, a la finca familiar de las Bodegas Solera Real, para darle una sorpresa a mi hermana Lucía. Esperaba encontrarla plácidamente estudiando, preparándose para heredar nuestro negocio. Pero lo que hallé me heló la sangre. Lucía, mi dulce hermana, estaba en el patio principal, de rodillas sobre las piedras calientes, fregando el suelo con harapos y las manos en carne viva. Su mirada, vacía, tardó en reconocerme. "Los criados solo bebemos agua," susurró. Mi madrastra Isabel apareció, la sonrisa de un depredador, y mi padre, Ricardo, asintió cobardemente a sus crueldades. Me inmovilizaron, me quitaron el medallón de mi madre, mi herencia. Vi cómo Lucía, como un autómata, repetía que estaba "feliz" y se arrastró para beber agua sucia de un cuenco para perros. Era la humillación más cruel imaginable. La rabia y la desesperación me invadieron al ver a mi hermana reducida a eso. ¿Cómo pudieron aniquilarla de tal manera? ¿Dónde estaban nuestros aliados, los que una vez protegieron nuestro legado? Estaba sola, rodeada de caras hostiles, y mi propia familia me había traicionado. Fue entonces cuando la cargué en mis brazos y, a regañadientes, la arranqué de ese infierno, llevándola a un hospital. El médico confirmó mis peores temores: desnutrición severa, deshidratación, y un cuerpo cubierto de contusiones, cicatrices y quemaduras de cigarrillo. Con cada desgarradora palabra, una furia fría se encendió en mi interior. Sabía lo que tenía que hacer. Volvería por ellos, y juro por mi madre que lo pagarían con creces.
La Distancia del Corazón

La Distancia del Corazón

La pequeña mano de Valeria, de apenas cinco años, se estrelló contra mi mejilla con una fuerza inaudita. El golpe me tiró al frío suelo de mármol; "¡Mala! ¡Eres una mujer mala! ¡Tú mataste a mi mamá Eva!", chilló con un odio impropio de su edad. Sus acusaciones eran veneno cotidiano desde hace tres años, desde que llegué a esta casa para ser la esposa de Leonardo y el saco de boxeo de esta familia retorcida. Doña Carmen, la abuela de Valeria y mi suegra, observaba con una sonrisa apenas disimulada: "Déjala, Sofía, la niña solo está desahogando su dolor. Tienes que ser comprensiva" . ¿Comprensiva? Mi cuerpo era un mapa de moretones ocultos, mi espíritu estaba hecho pedazos. Recuerdo la noche del accidente, cuando Leonardo, al verme herida, me abandonó en el coche destrozado para salvar a Isabela, la mujer que era un fantasma vivo de su difunta esposa Eva. Esa noche, Valeria, mi hijastra, con una voz helada, le dijo a su padre: "Papá, déjala. Ojalá se muera. Así no volverá a molestarnos." Desperté en el hospital, y Leonardo, lejos de consolarme, me culpó de todo, minimizó mis heridas y me acusó de fingir. "Las heridas de Isabela son más graves. ¿Y a ti qué te pasa? Unos rasguños. Siempre exagerando, siempre buscando atención" , me dijo. En ese instante, algo se rompió dentro de mí. Ya no significaba nada. Recordé mi vida antes de Leonardo: pobre, sí, pero libre. Esta mansión era una jaula de oro. La paciencia se me acabó con la última humillación, cuando Valeria me envenenó con polvo de cacahuate, sabiendo mi alergia, y Leonardo me forzó a un lavado gástrico, sólo para decirme: "Todo estaba en tu cabeza. Has vuelto a montar una escena para culpar a una niña." Fue entonces cuando tomé la decisión. No podía seguir así. "En cuanto pueda caminar, me iré de aquí y no volverán a verme nunca más," declaré. Leonardo pensó que era un farol. No sabía que era mi promesa de libertad.
El Secreto del Vino de Oro

El Secreto del Vino de Oro

Ganaba el premio "Vino de Oro", la bodega que construí con mis manos y mente durante cinco años de esfuerzo. Pero la élite del vino español solo veía a Mateo, el inmigrante boliviano, el "arribista" que tuvo la suerte de casarse con la heredera Mendoza. La música se detuvo abruptamente. Mi esposa, Sofía, entró del brazo de su amor de juventud, Álvaro, con una mano protectora sobre su visiblemente embarazado vientre. Ante todos, me arrebató el micrófono y con una sonrisa cruel anunció mi divorcio y mi despido inmediato, declarando que un "simple inmigrante" como yo ya no servía más. Las risas y los murmullos de desprecio fueron un veneno, apuñalándome con cada palabra. Sofía me ofreció un "generoso" finiquito de 20.000 euros, y Álvaro, su cómplice, reveló que yo nunca tuve un contrato formal, que solo fui "parte del mobiliario." Uno a uno, aquellos a quienes había rescatado y ayudado, desviaron la mirada, la lealtad era una farsa en este mundo. La ira me quemaba por dentro, pero mantuve una calma gélida; esta humillación era necesaria, era parte de "el plan." Luego, Sofía me extendió los papeles de divorcio, una renuncia total a todo, asegurando mi ruina y pidiéndome que me largara. Ante la mirada atónita de todos, con una caligrafía firme y clara, firmé, aceptando aparentemente mi derrota. "Ya está," dije, devolviéndole la carpeta a mi exultante esposa. Pero no me moví. Lentamente, me giré hacia Don Carlos, el patriarca de los Mendoza, quien me observaba con una intensidad que nadie más podía comprender. En el silencio absoluto del salón, mi voz resonó clara y fuerte: "Padre, creo que es el momento de explicar la verdad."
Demasiado tarde para tu segunda oportunidad

Demasiado tarde para tu segunda oportunidad

Mi prometido, Bernardo Wise, heredero de un imperio inmobiliario en la Ciudad de México, me prometió que nos casaríamos en 99 días. Pero después de salvar a una socialité, Frida Tanner, de un deslave, pasó esos días pagándole su "amabilidad", abandonándome a cada paso. Cuando Frida, conduciendo distraída, mató a mi madre en un accidente automovilístico, Bernardo la defendió en el funeral. "Fue un accidente, Adela. Estás haciendo una escena". Protegió a la asesina de mi madre, me empujó al suelo y la eligió a ella por encima de nuestros diez años de amor. Tirada en el suelo de la capilla, lo vi consolar a la mujer que destruyó mi vida. Supe entonces que nuestro amor estaba muerto. Expuse sus crímenes en internet y huí a París para empezar de nuevo. Pero justo cuando encontré un nuevo amor y una nueva vida, Bernardo apareció, rogando por una segunda oportunidad. "Lo siento tanto, Adela. Por favor, solo vuelve conmigo". Me negué, diciéndole que estaba con alguien más. Esa noche, la madre de Frida, buscando venganza, me secuestró y me dejó por muerta. Bernardo se sacrificó para salvarme, recibiendo los golpes que eran para mí. Mientras yacía sangrando, suplicó: "Dame otra oportunidad. Haré lo que sea". Miré al hombre que me había destruido y luego salvado, y le dije: "Ahora tengo una nueva vida, Bernardo. Una vida en la que no tienes parte".
Perfume Barato, Amor Caro

Perfume Barato, Amor Caro

Mi vida era la imagen perfecta de la esposa y madre devota. Ricardo, mi esposo, un empresario exitoso. Nuestra hija, Luna, el centro de mi universo. Pero esa noche, el dulce y barato perfume que se aferraba a su saco, un olor que no era mío, lo cambió todo. Luego, Daniela, su "joven y eficiente" asistente, apareció en nuestra puerta. Con una caja de mancuernillas idénticas a las que le regalé por nuestro aniversario, idénticas a la que él había "perdido". Y la inoce palabra de Luna: "Papi, ¿Daniela nos va a leer otro cuento mañana en tu oficina?". El aire se congeló. Ricardo, en lugar de negarlo, desvió la mirada y me atacó, culpándome por mi "celos" y mi "obsesión" con mi trabajo. Esa noche, acostada junto a él, el peso de sus traiciones pasadas me asfixiaba. Siempre lo negaba, me llamaba loca, paranoica. Hasta que me sujetó del brazo, susurrando que yo tenía todo lo que una mujer podía desear, y que si quería que continuara, debía aprender a "cerrar la boca y mirar para otro lado". Me convertí en su esposa perfecta, y en la mejor diseñadora de moda del país, canalizando mi frustración en mi arte. Pero Daniela era diferente; percibí una ternura en Ricardo hacia ella que nunca me había dado a mí. Y entonces, la náusea. La prueba de embarazo. Dos líneas rosas. Positivo. No era una bendición; era una condena. ¿Cómo podía traer otro niño a este matrimonio roto? Para mi sorpresa, no sentí tristeza, sino una rabia fría. Esa noche, lo seguí. Lo vi salir del edificio de Daniela, actuando como un adolescente enamorado. La misma sonrisa que una vez me dedicó a mí. Mientras yo estaba embarazada de su hijo, viendo cómo él la elegía a ella. Fue como asistir a mi propio funeral. ¡Basta! Contraté a un investigador. Descubrí las fotos de ellos, felices, íntimas. Y una selfie de Daniela con la cabeza apoyada en el pecho de un Ricardo dormido. Luego, una foto con Luna: "Mis dos amores. #Familia". No solo quería a mi marido; quería mi vida. Y no se lo iba a permitir. Marcaba el número de Ricardo. Iba a su oficina. Iba a terminar con esto. De una vez por todas.
La heredera traicionada: El engaño de un esposo

La heredera traicionada: El engaño de un esposo

Cuatro años después de que Alana Garza, una rica heredera, fuera secuestrada, regresó milagrosamente a casa, solo para encontrar a su prometido, Camilo Suárez, y a su hermano, Andrés Garza, completamente bajo el hechizo de su hermana adoptiva, Brenda Kent. Intentó exponer la verdad, pero ellos descartaron sus acusaciones como delirios postraumáticos. En lugar de encontrar consuelo, Alana fue abofeteada, empujada por las escaleras, falsamente acusada y humillada. Su propia familia, las personas que más amaba, la traicionaron. Se pusieron del lado de Brenda, creyendo cada una de sus mentiras, e incluso enviaron a Alana de vuelta al mismo complejo de trata de personas donde había estado cautiva durante años. Allí, soportó una vez más torturas inhumanas. ¿Por qué estaban tan ciegos? ¿Cómo podían ser tan fácilmente manipulados por la dulce fachada de Brenda? ¿Por qué las personas que decían amarla la castigaban por decir la verdad? En su hora más oscura, Alana encontró una cámara oculta en el medallón de su madre. Grabó meticulosamente cada acto de traición y cada momento de su renovada pesadilla. Luego, con un último y desesperado acto de desafío, le prendió fuego al complejo y saltó desde un acantilado, usando su propia vida como la prueba definitiva. Les dejó una bomba de tiempo cargada de verdad, obligándolos a enfrentar sus monstruosos errores.
La Venganza de Mi Corazón Roto

La Venganza de Mi Corazón Roto

El zumbido de mi celular sobre la mesa me sacó de mi concentración, lo ignoré. Era Sofía. Minutos después, otra vibración: una notificación de Instagram. Abrí la aplicación, y lo primero que vi fue la foto de Diego en el escenario del festival, sosteniendo el trofeo que creí nuestro. El texto debajo me heló la sangre: "¡Mi cortometraje, primer lugar! Gracias a Sofía por darme la oportunidad de ser el director." "Mi cortometraje." El que escribí, dirigí y edité. Seis meses de mi vida, esfuerzo y noches sin dormir. El aire se escapó de mis pulmones. Releí la frase una y otra vez, esperando que fuera un error, una broma de mal gusto. Marqué el número de Sofía. Su voz, alegre, despreocupada, me dijo: "¡Marco! ¿Viste? ¡Lo logramos! Diego ganó." "¿Qué significa esto, Sofía? ¿Qué significa la publicación de Diego?" Hubo un silencio. Un suspiro. "Ay, Marco, no te enojes, iba a contártelo. No se lo regalé, solo le di la oportunidad, él de verdad la necesitaba." "¿Y mi sueño, Sofía? ¡Ese proyecto también era mi oportunidad! ¡Lo necesito para entrar al programa de posgrado del Sr. Ramírez!" "Tú eres muy talentoso, mi amor, puedes hacer otro, para ti es fácil." Su respuesta fue un insulto. Su simpleza, al minimizar mi dedicación, me hizo añicos. "¡Fueron meses de mi vida, Sofía! ¡Noches sin dormir, comidas que me salté!" Tomé el jarrón de flores que me regaló la semana pasada y lo lancé contra la pared. El cristal se hizo pedazos. "Es solo un cortometraje", dijo, como si no fuera mi futuro. "Quiero que retires ese proyecto ahora mismo, quiero que le digas a todo el mundo que yo soy el director." "No puedo hacer eso, Marco, arruinarías la carrera de Diego." "¡Me importa un carajo la carrera de Diego! ¡Me robaste! ¡Tú y él me robaron!" Fui a mi computadora. Abrí la carpeta de mis archivos originales. "Tengo todo, Sofía, cada prueba de que este proyecto es mío, te doy hasta mañana por la mañana para que arregles esto, o juro que publicaré todo." Colgué. El silencio de mi apartamento era ensordecedor. Momentos después, vibró mi celular. "Está bien, lo haré." Era un mensaje de Sofía. Sentí un pequeño alivio, pero una parte de mí sabía que esto no había terminado. Y no pude estar más en lo cierto.