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Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Fui al Registro Civil para pedir una copia de mi acta de matrimonio. Llevaba tres años casada con el heredero de los Cooley, o al menos, eso creía. El funcionario me miró con pena a través del cristal y soltó la bomba: "No hay registro. El acta nunca se devolvió. Legalmente, usted es soltera". El mundo se me vino encima. Gray me había prometido encargarse del papeleo el día de nuestra boda. Justo en ese momento, mi teléfono vibró. Una notificación de un álbum compartido titulado *Nuestro pequeño secreto*. Al abrirla, vi una prueba de embarazo positiva y mensajes de texto fechados esa misma mañana: "Aguanta un poco más, nena. Hoy se libera el dinero del fideicomiso. Mañana echo a esa mula estéril a la calle y seremos libres". Era mi esposo hablando con Brylee, mi mejor amiga y dama de honor. Entendí todo de golpe con una náusea violenta. No era una esposa, era un accesorio necesario para cobrar una herencia. Me usaron para cumplir el requisito de tres años del fideicomiso. Se burlaban de mi infertilidad -la cual sufrí por salvarle la vida a Gray en un accidente- mientras ellos esperaban a su "verdadero heredero" a mis espaldas. Planeaban dejarme sin un centavo, sin reputación y humillada al día siguiente. Me limpié las lágrimas y saqué mi labial rojo sangre del bolso. En lugar de confrontarlos llorando, llamé al enemigo mortal de la familia, el despiadado magnate Hjalmer Barrett. "Sé que odia a los Cooley", le dije con voz firme al teléfono. "Yo tengo las llaves para destruirlos y quitarles todo. A cambio, quiero casarme con su hijo, la Bestia de Wall Street". Esa noche volví a casa con una sonrisa, lista para convertir sus vidas en un infierno.
¿Me engañaste? Me casé con un magnate

¿Me engañaste? Me casé con un magnate

Durante tres años, Ayla fue la esposa perfecta y el genio oculto de relaciones públicas detrás de Axel Farrell, el CEO tecnológico más admirado de Silicon Valley. Hasta que una noche, un intenso aroma a perfume de mujer en su chaqueta y tres profundos arañazos en su espalda destrozaron la mentira. La ilusión terminó de romperse cuando lo descubrió besándose agresivamente con la directora de operaciones de su propia empresa. Lejos de disculparse, Axel la humilló en público para proteger a su amante. "No eres más que una falsa heredera a la que su familia desechó como basura", se burló la amante frente a la élite de la ciudad. Axel la empujó brutalmente, llamándola loca frente a todos. Y cuando Ayla exigió el divorcio, él cruzó el límite: falsificó un expediente psiquiátrico para declararla legalmente demente y encerrarla en un manicomio de por vida, solo para proteger sus acciones antes de salir a bolsa. "En California, mi dinero es la ley. Hombres con batas blancas te sacarán a rastras de tu escondite", la amenazó por teléfono. Ayla comprendió que él nunca la había rescatado por amor. Solo había manipulado a una chica brillante y huérfana para usarla como escudo y construir su imperio. El terror de ser secuestrada legalmente se transformó en una rabia pura y cegadora. Axel olvidó que el arma más letal de su empresa era la mente de su esposa. Sin derramar una sola lágrima, Ayla filtró el video de la infidelidad, desplomó las acciones de la compañía en minutos y caminó directamente hacia el magnate rival más peligroso de Wall Street. Era hora de reducir a cenizas al hombre que intentó destruirla.
El Infierno de Su Traición

El Infierno de Su Traición

En la fiesta de nuestro décimo aniversario, mi esposo, Augusto, el CEO de una gigante tecnológica, declaró su amor eterno frente a cientos de cámaras. Pero mientras sostenía mi mano, yo sabía la verdad: llevaba una década engañándome con la actriz de moda, Kristal, que sonreía entre la multitud. Cuando anuncié en el escenario que quería el divorcio, la fiesta se convirtió en un caos y, de repente, estalló un incendio. Mientras las llamas crecían, Augusto no me miró. Me empujó a un lado y corrió para salvar a Kristal de una lámpara que caía, dejándome atrapada bajo un candelabro que se desplomaba. Me abandonó para que muriera en el infierno que él mismo creó. Lo vi acunar a su amante, dándome la espalda mientras el fuego lo consumía todo. Nunca volteó a verme. Pero justo cuando el candelabro se rompió, una fuerza poderosa me embistió, arrancándome de las llamas. Era mi hermano, César, a quien no había visto en años. Más tarde, en el hospital, Augusto no preguntó si estaba bien. Su única preocupación era el daño a las acciones de su empresa. "¿Estás bien, no? Ni que te hubiera pasado algo grave", dijo con desprecio. "Kristal sí resultó herida. Ella es frágil". En ese momento, la mujer que lo amaba murió. "Está bien", dije, con una calma que helaba la sangre. "Negaré todo y salvaré tu reputación. Pero con una condición". Activé una cláusula oculta en nuestro contrato, una que él había ignorado años atrás, dándome una porción masiva de su compañía. La verdadera guerra acababa de empezar.
El Precio de Tu Engaño

El Precio de Tu Engaño

Sofía apretaba billetes arrugados, el sudor frío corría por su palma mientras el olor a polvo del tianguis le revolvía el estómago. Dos años había vivido en un laberinto de objetos robados, todo por Ricardo, su esposo, el arqueólogo desaparecido, para juntar el rescate que supuestamente lo traería de vuelta. Pero la tos seca de Pedrito, su hijo, la golpeó como un viento helado: desnutrición severa, un sistema inmune devastado. Cada peso ganado iba a la caja de zapatos bajo su cama, para el rescate de Ricardo. Entonces, el teléfono vibró, era Doña Carmen: "¡Sofía! ¡Es Pedrito! ¡No deja de toser y tiene fiebre muy alta! ¡Tienes que venir ya!". El corazón de Sofía se detuvo, corrió como nunca, empujando gente. Cuando llegó, Pedrito yacía en la cama, temblando, sus labios morados. "Mamá" , susurró con un hilo de voz, "tengo frío" . En el hospital, los médicos hicieron lo que pudieron, pero ya era tarde. Pedrito, su único hijo, había muerto. Al día siguiente, con el dinero por fin reunido, que ahora parecía una broma cruel, y una pequeña caja de madera con las cenizas de Pedrito, Sofía fue al muelle abandonado para el intercambio. Cuando el Mercedes reluciente se detuvo, Ricardo bajó, perfecto, en un traje caro, y detrás de él, Elena, la viuda de su hermano, colgándose de su brazo y besándolo. Ricardo al verla, su sonrisa se borró, reemplazada por fastidio. "Sofía, ¿qué haces aquí? Arruinaste la sorpresa". Elena la miró de arriba abajo, despreciativa. "Ricardo, querido, te dije que no era buena idea. Mira qué aspecto tiene. Qué vergüenza" . ¿"Sorpresa?", logró articular Sofía, su voz rota por el dolor. "¿De qué sorpresa hablas, Ricardo?". Ricardo dijo, frío: "Planeaba volver en una semana, decirte que los secuestradores me habían liberado. Pero veo que te adelantaste. ¿Cómo me encontraste?". "Vine a rescatarte", dijo Sofía, levantando la caja. "Vendí todo. Trabajé día y noche. Junté el dinero. Pedrito…". No pudo terminar la frase. Ricardo ni siquiera miró la caja. "Bueno, como puedes ver, no era necesario. Elena y yo hemos estado manejando mis negocios. La desaparición fue solo una forma de tener tiempo para organizar todo sin distracciones". En ese instante, la realidad la golpeó: todo había sido una farsa. Mientras ellos vivían en el lujo, su hijo moría de hambre. Sin pensarlo, Sofía se giró y caminó, alejándose de la mentira, del engaño, del hombre que había destruido su vida, las cenizas de Pedrito pesando como todo el dolor del mundo.
La Máscara de un Hermano

La Máscara de un Hermano

En Medellín, mi nombre era Sofía, pero todos me conocían como "La Patrona", la reina implacable del imperio de esmeraldas. Mi crueldad tenía un único propósito: proteger a Mateo, mi hermano menor, mi único tesoro. Años atrás, él me salvó de una bala y quedó destrozado; lo envié a España, le di una nueva identidad, "David Rojas", una nueva cara, una nueva vida, lejos de mis enemigos. Hoy, Mateo regresó para mi fiesta de compromiso, una sorpresa que planeé meticulosamente. Pero lo que encontró no fue calidez, sino una furia ciega. Mi prometido, Ricardo, cegado por celos absurdos, lo confundió con mi amante. Lo atacó sin piedad, golpeándolo brutalmente con un palo de golf, destrozando la pierna que una vez sanó y la cara que con tanto esmero reconstruí. Mi propio jefe de seguridad, Chucho, a quien conozco de toda la vida, no pudo reconocer a mi hermano. La identidad falsa que creé para protegerlo se convirtió en su condena. Ricardo usó cada detalle de "David Rojas" para probar que era un impostor, un estafador. Llegué allí y, para horror de mi hermano, mantuve una fría fachada, diciéndole a Ricardo que se "deshiciera de la basura". Mateo yacía desangrándose, sintiendo la traición de todos, incluso la mía. La ironía es que mi meticuloso plan para su seguridad lo había llevado a este infierno. ¿Cómo era posible? ¿Cómo mi amor y mis precauciones podían terminar en esta agonía para el único hombre que amo? ¿Qué clase de monstruosidad permití que creciera a mi sombra? Pero entonces, Chucho mencionó el nombre: "David Rojas", y el itinerario falso que yo misma había creado. En ese instante, todo se detuvo. Mi corazón se partió al comprender la verdad. Mi hermano. Mi Mateo. Destrozado en el suelo de mi apartamento. Mi ira, contenida por tanto tiempo, despertó. El infierno, Ricardo, el infierno acaba de abrir sus puertas para ti.