Hace cuatro años, tras una noche de copas y un malentendido en un hotel de lujo, Valeria desapareció dejando al misterioso hombre de esa noche atrás. Ahora, es una madre soltera que hace malabarismos para pagar los tratamientos médicos de su pequeño hijo. Desesperada, acepta el puesto de asistente personal de Sebastian Cross, el arrogante y brillante CEO de Cross Industries. Al primer segundo de cruzar miradas, el mundo de Valeria se tambalea: Sebastian es el hombre de aquella noche. El problema es que él no la recuerda debido a un accidente posterior, pero se siente inexplicablemente atraído hacia ella (y extrañamente protector). Valeria debe ocultar la existencia de su hijo a toda costa para que el poderoso clan Cross no se lo arrebate.
El indicador digital del ascensor subía con una rapidez desesperante: 45... 47... 49...
Valeria apretó con tanta fuerza la carpeta de cuero raído contra su pecho que sus nudillos se pusieron blancos. Le faltaba el aire. La combinación del aire acondicionado helado y el sudor frío de su espalda amenazaba con hacerla colapsar allí mismo. Pero no podía permitirse el lujo de desmayarse. No hoy.
Si no salía de esa torre con un contrato firmado, la clínica privada cancelaría el tratamiento de Leo al final de la semana.
«Cincuenta mil dólares», repitió en su mente como una oración dolorosa. Esa era la cifra de su deuda. La vida de su hijo de cuatro años tenía un precio que ella, con sus tres trabajos de medio tiempo, jamás podría pagar.
Ding.
Las puertas de cristal ahumado se abrieron de par en par, revelando el piso superior de Cross Industries. Era un santuario de lujo minimalista: suelos de mármol negro, ventanales que abarcaban de techo a suelo con una vista imponente de toda la metrópoli y un silencio casi sepulcral que solo era interrumpido por el leve rastro de un perfume caro. Un aroma a madera de cedro, ámbar y algo frío... casi metálico.
A Valeria se le detuvo el corazón. Conocía ese perfume.
-¿Señorita Valeria Ramos? -preguntó una recepcionista impecablemente vestida, mirándola de arriba abajo con una ligera mueca de desdén al notar su traje de chaqueta sencillo y desgastado.
-Sí, soy yo. Tengo la cita de las diez para la fase final -articuló Valeria, forzando una voz firme que apenas reconoció.
-El señor Cross odia la impuntualidad. Tiene tres minutos. Pase por esa puerta.
Valeria tragó saliva, caminó con pasos vacilantes hacia la enorme puerta de caoba y tocó dos veces.
-Adelante -resonó una voz grave, profunda y carente de cualquier tipo de calidez desde el interior.
Esa voz.
Aquel tono bajo y autoritario provocó una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal. Valeria abrió la puerta, dio dos pasos hacia el interior y la imagen frente a ella hizo que el mundo entero se borrara de golpe.
De pie junto a la cristalera, de espaldas a la entrada y ajustándose los gemelos de plata de un traje de tres piezas perfectamente cortado, estaba él. El hombre de hombros anchos, porte imponente y una aura de peligro sumergida en elegancia.
Sebastian Cross.
El magnate más temido de la ciudad. El hombre que la prensa tachaba de implacable, frío y calculador.
Y el mismo hombre que, cuatro años atrás, en una habitación a oscuras del Hotel Grand Imperial, la había sostenido contra las sábanas de seda mientras le susurraba promesas febriles al oído.
Valeria sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Sus piernas amagaron con ceder. No puede ser él. Por favor, Dios, no puede ser él.
Sebastian se giró despacio. Sus ojos, de un gris tormenta tan desprovisto de emoción que daba escalofríos, se posaron en ella. No había en su rostro ni un solo rastro de reconocimiento. Ninguno. Solo una frialdad absoluta.
-Señorita Ramos -dijo él, caminando hacia su escritorio con elegancia depredadora-. Ha tardado doce segundos más de lo previsto. Si va a ser mi asistente personal, debe entender que mi tiempo vale miles de dólares por minuto. Siéntese.
Valeria contuvo un ahogo. No me recuerda, pensó, sintiendo una mezcla violenta entre un alivio aplastante y una extraña punzada en el pecho. Recordó las noticias de hace tres años: el terrible accidente automovilístico del que Sebastian Cross sobrevivió de milagro, el mismo que lo dejó en coma por semanas y borró varios meses de su memoria.
Él no sabía quién era ella. Él no recordaba esa noche. Y, sobre todo, él no sabía que tenía un hijo.
-Disculpe la demora, señor Cross -dijo ella, tomando asiento en la orilla de la silla de cuero, manteniendo la vista baja para evitar que sus ojos delatasen la tormenta que llevaba por dentro.
Sebastian abrió el expediente de Valeria sobre el escritorio. Recorrió las hojas con la mirada rápida.
-Su currículum es perfecto. Promoción de honor, manejo de cuatro idiomas, gestión de crisis... De las cien personas que aplicaron, usted es la única que respondió correctamente al examen de simulación financiera en menos de diez minutos.
-Aprendo rápido, señor. Y sé trabajar bajo presión.
-Eso espero. La última persona en este puesto duró cuatro días antes de sufrir un colapso nervioso -respondió él con indiferencia-. No tolero errores, no tolero excusas y no tolero la vida personal interferir con el trabajo. Pagamos el triple de la media del mercado, pero exijo disponibilidad absoluta. ¿Está dispuesta?
-Acepto cualquier condición -dijo ella sin dudar. El sueldo del que hablaba pagaría los medicamentos de Leo y la cuota de la clínica. No tenía alternativa.
Sebastian alzó la vista del papel. Por primera vez, fijó sus ojos grises directamente en el rostro de Valeria. Una pequeña arruga se formó entre sus cejas. Se quedó en silencio durante varios segundos, analizándola con una intensidad que hizo que a ella le quemara la piel.
Él sintió una punzada repentina en la sien. Una molestia extraña. Había algo en la forma en que ella articulaba las palabras, algo en el timbre suave pero firme de su voz que resonó en el fondo de su mente como un eco distorsionado. Un destello de calor en medio de su habitual vacío emocional.
-Tiene el trabajo, señorita Ramos. Empieza ahora mismo -sentenció él bruscamente, poniéndose de pie.
Valeria dejó salir el aire que tenía contenido.
-Muchas gracias, señor Cross. Le aseguro que no...
Antes de que pudiera terminar la frase, Sebastian rodeó el escritorio y se acercó a ella. Era absurdamente alto. La sombra de su cuerpo la envolvió por completo mientras estiraba la mano para entregarle un contrato impreso.
Pero en lugar de soltar el papel de inmediato cuando ella lo tomó, Sebastian mantuvo el agarre. Redujo la distancia entre los dos hasta quedar a escasos centímetros. El aroma a cedro y ámbar inundó los sentidos de Valeria, haciendo que su corazón martillara salvajemente contra sus costillas.
Sebastian inclinó ligeramente la cabeza, clavando su mirada gris en los ojos bien abiertos de ella. Su rostro reflejaba una confusión oscura, una duda persistente que se negaba a desaparecer.
-Señorita Ramos... -murmuró él, con una voz más baja, tan cerca que su aliento cálido le rozó la mejilla-. ¿Nos conocemos de alguna parte?
A Valeria se le detuvo la respiración. El pánico corrió por sus venas como veneno. Si él investigaba, si recordaba, si descubría a Leo y usaba su inmenso poder para quitárselo...
Tragó saliva, sostuvo la mirada del hombre más peligroso de la ciudad con la poca valentía que le quedaba y mintió sin pestañear:
-No, señor Cross. Nunca en mi vida lo había visto.
Corazón de Hielo: El secreto de la asistente
S. Mejia
Romance
Capítulo 1 La entrevista en el piso 50
13/08/2026
Capítulo 2 El infierno del primer día
13/08/2026
Capítulo 3 Un café y una mirada
13/08/2026
Capítulo 4 El detonante
13/08/2026
Capítulo 5 Dos gotas de agua
13/08/2026
Capítulo 6 La evasiva de Valeria
13/08/2026
Capítulo 7 La obsesión de Sebastian
13/08/2026
Capítulo 8 Un cabello en el abrigo
13/08/2026
Capítulo 9 Crisis médica
13/08/2026
Capítulo 10 El salvador anónimo
13/08/2026
Capítulo 11 Los tres días más largos
13/08/2026