manejaba millones con un parpadeo y cuyas decisiones hacían temblar los mercados financieros, continuaba de rodil
ris tormenta que lo escudriñaban con inocencia. Justo debajo del ojo izquierdo, en la delicada piel infantil, resaltaba un pequeño lunar negro, idéntico en posición y tamaño al que Sebastian ocultaba levemente bajo el ar
l mismo cargaba desde su infancia. Una punzada dolorosa y ardiente le atravesó las sienes, trayendo c
e de miedo, rompió el trance del magnate-. Mi
dad. Alargó los dedos, recogió el pequeño juguete de plástico y se lo entr
propia voz le sonó extraña, extrañamente rota-. ¿Cómo
e y le dedicó una
Y mi mamá es un
LE
puro y desgarrador que cortó el aire del
e hubiera convertido en una estatua de sal. Su rostro estaba tan pálido que rozaba la transparencia, sus labios temblaban incontrolablemente y las
bía corrido por los pasillos siguiendo el instinto de una madre, rezo tras rezo, solo para encontrarse con la e
sos frenéticos y tropezando con sus propios zapatos de oficina, Valeria acortó la distancia. Prácticamente se arrojó al suelo entre S
llozo, tomando al niño por los hombros y atrayéndolo con fuerza contra su pecho, esco
bra imponente y amenazadora sobre la mujer que temblaba a sus pies. Sus ojos grises se habían vuelto dos rendijas de acer
z peligroso que utilizaba cuando descubría una traición millonaria en la junta direct
hombre frente a ella rara vez poseía-. La persona que lo cuida se enfermó esta mañana. No tenía con quién dejarlo. El tratamiento médico de mi hijo depe
astian hacia una simple infracción del reglamento laboral de la empresa. Quería que pens
ss no era un hombr
madre- hacia el rostro empapado en llanto de Valeria. Las piezas del rompecabezas que lo habían estado atorment
Sus miradas evasivas. El pánico injustificado cada vez que él se le acercaba demasiado. Y ahora... este niño. Un niño de cuatro años, la edad
sentó en el pasillo. Los pocos empleados que asomaron la cabeza por los cubículos le
za hacia atrás para mantener el contacto visual. La mandíbula del CEO e
Y finalmente, volvió a clavar sus ojos grises en las pupilas dilatadas de su asistente. La duda ya no era una sospech
una vibración tan baja y gélida que pareció hacer temblar los cristales de los ventanales y la
ola con un dedo índice que temblaba impercept
so de una sentencia-. Te lo voy a preguntar una sola vez, y te sugiero que
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