sa misma mañana no era un acuerdo labor
caoba de Sebastian Cross. Él ni siquiera se dignó a levantar la mirada para darle los buenos días. En su lugar, deslizó un
cía capaz de congelar el aire de la oficina-. Hay una discrepancia de apenas el 0.4% en los balances de costos de transporte internacion
él le estaba pidiendo requería el trabajo de un equipo entero
lumen de datos y cruzar los b
errumpió él, fijando por fin sus ojos gris tormenta en ella. No había piedad en su mirada, solo un desafío cruel-
dormía conectado a los monitores médicos se sobrepuso a la figura intimidante del CEO. Recordó la última llamada del doctor Mateo: "Valeri
ro recorrer sus venas, Valeria dio un paso a
o, señor Cross -respondió con un
ión matemática que sorprendió a los pocos empleados que se atrevían a pasar cerca del área del Gran Jefe. No se detuvo a tomar agua, no miró el teléfono, no pestañeó. Su cerebro, entrenado bajo la presión de la supervivencia y respalda
a a medio teñir, Sebastian Cross no podía concentrarse. Intentaba revisar los contratos de
ontraba un dato complejo, la manera en que acomodaba un mechón rebelde de su cabello oscuro de
nteriores. Quería quebrarla. Necesitaba quebrarla porque su sola presencia saboteaba el control absoluto que tanto le había costado construir tras el accidente. Su voz seguía atorm
y nueve minutos, la puert
y colocó una sola carpeta,
or de duplicidad en los impuestos aduaneros de la terminal belga. He adjuntado
una mezcla de asombro e irritación. El trabajo era impecable. Era, de he
a satisfacción de un elogio-. Pero no se confíe. Esto fu
ias,
nicismo; no tenía apetito y tampoco dinero para gastar en los costosos restaurantes de la zona financiera. Caminó h
o en su bolso comenzó a vibrar. Al ver la pantalla, su c
? -preguntó con la vo
o a la unidad de cuidados intermedios hace una hora. Su saturación de oxígeno bajó drásticamente debido a u
n que teníamos hasta el viernes -e
de urgencia de diez mil dólares para liberar la importación del medicamento. Si no se refleja el pago ant
a -las lágrimas, contenidas durante todo el día, comenzaron a desbordarse por sus mejillas-.
mión. Buscando un lugar donde esconderse de las miradas del personal, Valeria emp
desgarradores, el llanto de una madre que sentía que el agua le llegaba al cuello y que no tenía a nadie en el mu
iez mil dólares hoy? -susurró entre dientes,
bía cerrado por completo. Un pequeño trozo de alfombra delsu oficina con la intención de entregarle un nuevo fajo de documentos imposibles para la ta
ña e incómoda opresión en el pecho. Sus ojos grises se oscurecieron. Aquella mujer, que hacía diez minutos
la cifra y el tono de pura agonía de su voz. Una voz que, de
/0/25478/coverbig.jpg?v=e5ff9684f33d66be4f93db664fba0da3&imageMogr2/format/webp)