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Escapando de la jaula: Me casé con su peor enemigo

Capítulo 9 

Palabras:587    |    Actualizado en: 31/12/2025

te

líquido que no hacía nada para caut

como para igualar el va

a luna que se filtraba por las persianas. El anillo yacía sobre el escritorio de caoba

uerta cruji

eda negra, lo suficientemente transparente como para insinuar el

rcándose contoneándo

voz era grava, ra

dose sobre mis hombros como pesos fríos-. Ella estaba enferma, Dante.

s manos por mi pecho,

su voz goteando una simpatía ensayad

ándome. Se inclinó, sus lab

s muñecas, d

. La es

ojos. Solo cálculo. Solo

de que esté

acercándose más. La seda de su bata se d

posaron en s

sa, sin

con

té, mi voz bajando a

Qu

se cayó de un árbol cuando tenía diez años. Necesitó doce p

padeó detrás de su máscara. Intentó zafarse. -Yo... me la

orra las cicatrices de

rás, apenas manteniendo el

dome de la silla como una pesadilla que despierta-

ó, retrocediendo hacia la

ó sus cadenas. El dolor seguía ahí,

bi

l aire-. Ve a tu habitación. Si intentas salir de la

or, solo está

un vaso de cristal y ar

e su cabeza. Huyó, cerrando la

a precipitarse, e

l tatuaje entintado sob

iento de Elena. El nombre

mbre. Había torturado a

ara

piel lisa y un coraz

comenzó a enroscarse en mis entraña

el te

jefe de seguridad-. Vamos a la

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Escapando de la jaula: Me casé con su peor enemigo
Escapando de la jaula: Me casé con su peor enemigo
“Mi esposo, el Capo de Monterrey, me agarró la mano con fuerza mientras entrábamos a la habitación insonorizada. No estaba ahí para salvarme. Estaba ahí para ver cómo el médico de la familia me destrozaba la mente. Una extraña llamada Sofía aseguraba que yo la había vendido a un burdel doce años atrás. Era mentira. Pero Dante me miró con ojos fríos como el mármol, creyéndole a la mujer que sollozaba en sus brazos por encima de la esposa a la que había jurado proteger. -Siéntate, Elena -ordenó. Me ató a la silla. Observó cómo me inyectaban fuego líquido en las venas para forzar una confesión. Me arrastró a las perreras, obligándome a alimentar a los perros que me aterrorizaban, y vio cómo me desgarraban la carne. Incluso me encerró en un congelador para "enfriar" mis celos. Lo que me rompió no fue el dolor. Fue escucharlo planear una Renovación de Votos con Sofía, con la intención de exhibirme como su Dama de Honor para enseñarme humildad. Entonces me di cuenta de que Elena Montenegro tenía que morir. Así que prendí fuego a la habitación del hospital. Dejé mi anillo de bodas en las cenizas y desaparecí en la noche. Seis meses después, Dante me encontró en París. Cayó de rodillas, suplicando perdón. Lo miré con ojos muertos y le entregué un cuchillo. -Mátate -dije. -Es la única forma en que creeré que lo sientes.”