“Después de tres años en una clínica psiquiátrica a la que mi esposo, Arturo, me internó, por fin escapé. Fui directo a la tumba de mi madre; la madre que le había donado su propio riñón para salvarle la vida. Pero su lápida ya no estaba. En su lugar, había un monumento para una perra llamada Princesa Peluchita. Mi esposo la había reemplazado con la mascota de su amante. Cuando lo confronté, él y su nueva mujer, Brenda, destruyeron mi reputación en internet, costándome cada oferta de trabajo. Luego, durante una cirugía de corazón crítica, Arturo -mi cirujano- se marchó, dejándome morir en la mesa de operaciones porque Brenda lo llamó con una falsa emergencia. Me dejó para que muriera, tal como había abandonado a mi madre en sus últimas horas. El hombre al que le había dado todo había intentado asesinarme. Pero no morí. Mi amigo de la infancia, Joel, irrumpió en el quirófano y me salvó. Cuando Arturo regresó, rogando por mi perdón, lo miré a los ojos y le solté la mentira que se convertiría en mi verdad. -Siempre amé a Joel. Tú solo fuiste una distracción.”