“Hace cinco años, mi tutor, Fernando Garza, me envió un video de mi caballo de la infancia siendo llevado a un matadero. Luego me echó de su casa, rota y sin un peso. Esta noche, regresé a la gala anual de su familia, ya no como una protegida indefensa, sino como una mujer poderosa lista para mi venganza. Pero él y su prometida, Casandra, todavía me veían como la basura que habían tirado. Ella se burló de mí, preguntándome si me había quedado sin dinero, antes de "tropezar" y empapar mi vestido de seda blanco en vino tinto. Me miró con regocijo, esperando que la chica rota de hace cinco años se pusiera a llorar. Fernando solo observaba, con una sonrisa socarrona y aburrida en su rostro mientras me decía que me arrastrara de vuelta a la coladera de donde salí. Querían una reacción. Querían a la chica histérica que habían destruido. No tenían idea de que el recuerdo de la muerte de mi caballo había congelado todo dentro de mí, alimentando una rabia gélida que había hervido a fuego lento durante media década. Ni siquiera miré la mancha. En lugar de eso, con calma, tomé una botella llena de champaña de la bandeja de un mesero que pasaba. -No te preocupes -dije, mi voz peligrosamente serena-. Los accidentes pasan. Luego blandí la botella y la estrellé contra su cabeza.”